“Un joven es siempre una incógnita. Matarlo es matar la posibilidad del misterio, todo lo que hubiera podido ser, su extraordinaria riqueza, su complejidad. José Soriano Muñoz, maestro de la Escuela Wilfrido Massieu” ― Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco 

Por Omar González 

Desde muy pequeño hubo una fecha que me quedó grabada gracias a mi padre. Sus memorias y vivencias de aquellos días de movimiento estudiantil y represión de las fuerzas del orden en 1968, me fueron narradas con tanta pasión y detalle que crecí imaginando como se desarrollaban las marchas, manifestaciones y protestas de los jóvenes en esa época. 

Mi padre no fue alumno ni de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ni del Instituto Politécnico Nacional (IPN), él es un aprendiz innato de la vida, adicto a la lectura y simpatizante de la política de “izquierda” nacional y mundial.  

Santiago González, en su juventud, viajaba por todo el país. Trabajaba de caddy en los clubes de golf de México, siempre andaba de gira, con sus propios y escasos recursos, recopilando testimonios vivenciales en todos los lugares que visitaba. 

Aquí en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, hace 50 años, le tocó la suerte de participar en memorables marchas como la del Silencio, el 13 de septiembre del 68. Me contaba que esa ausencia de voces estremecía las conciencias, también de la enorme respuesta de la comunidad estudiantil de la UNAM e IPN, de la sociedad civil... “Del pueblo”. Más de 40 mil personas tomaron la capital en completo silencio: “ese día las palabras acallaron a las bayonetas”. 

Para mi padre, el 2 de octubre de ese año, puso una cicatriz en su vida. La Masacre de Tlatelolco fue, para él, una reacción abominable y de temor del gobierno del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, ante la inconformidad del sector más pensante y rebelde de la sociedad: los estudiantes.  

“El gobierno tuvo miedo y no supo controlarlo. Se aproximaban las Olimpiadas, el mundo se daría cuenta de la animadversión del pueblo de México ante las autoridades. Los mataron, los asesinaron y los medios de comunicación se prestaron a tal atrocidad”, narraba mi señor padre. 

Cursaba la preparatoria, en el año de 1989, cuando se estrenó la película mexicana “Rojo Amanecer”, protagonizada por María Rojo y Héctor Bonilla. Yo tenía un compañero que era hijo de un militar. Mi padre nos invitó a ambos al cine. 

La cinta narra los hechos de ese fatídico día. Los abusos del “Batallón Olimpia”, de los efectivos del Ejército y fuerza pública tras el mitin realizado en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Al terminar la película, las primeras palabras de mi amigo fueron: “mi padre no estuvo ahí”. Yo pensé, ¿y si hubiera estado? Él sólo seguía órdenes. 

Al paso del tiempo intenté documentarme sobre este caso con la lectura de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska; Días de Guardar, de Carlos Monsiváis y Ahí viene la Plaga, de José Agustín, José Buil y Gerardo Pardo. En dichos textos nunca encontré la versión que algunos políticos y “líderes de opinión” han y siguen difundiendo desde aquel entonces: “había intereses políticos. Se aprovecharon de los estudiantes para desvirtuar al gobierno”.  

Después busqué el documental y testimonial recopilado por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM que lleva el nombre de “El Grito”, que por cierto estuvo “enlatado” durante años. Las imágenes, además de mostrar la gran organización de los estudiantes durante el movimiento, ponen en evidencia la represión de las autoridades, en particular la barbarie en Tlatelolco. 

Lo cierto es que algunos de los líderes de aquel movimiento estudiantil, al paso de los años, ocuparon puestos en el servicio público, otros se hicieron militantes de partidos políticos, pero eso no debe restarle crédito al original y espontáneo sueño de libertad de los jóvenes de aquellos años.  

A medio siglo de esa página negra de la historia en México, donde la cifra de muertos sigue siendo un enigma -algunos estiman que fueron 250-, hoy la voz del recuerdo sigue retumbando: “¡2 de octubre no se olvida!” “¡Ni perdón ni olvido!”. 

La rola  

Esta joya de Panteón Rococo fue lanzada a 30 años de la Masacre en Tlatelolco, si no la han escuchado, se las dejo: “Pobre de él, pobre de ella una bala los separó...” .

 

Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

 

2 de octubre, una herencia de mi padre

Imagen de omar.gonzalez

Omar González Zárate

Recuerdos, política y lo que surja.

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