Por Gerson Gómez Salas

En la segunda planta todos bailan bien machín. 

La nube de humo de los cigarrillos jamás escapa. Tampoco lo hace el sudor en sus rostros. Los danzantes mueven las caderas al son huasteco, al regiovallenato, al sonido de la banda en el tinglado.

Pasan las incontables horas de la madrugada. En La Roca, frente a la alameda central de Monterrey, el sábado se desplaza con sus vestiduras de ropa de segunda mano.

Las mujeres agrupadas en pequeñas comunas. Emigraron del árido campo a la polucionada ciudad. Estacionaron la dinámica social del mal comer a la ingesta tres veces al día.

Reencontraron a la familia avecindada en la periferia. Donde caben dos bien lo hacen cuatro, seis, ocho o hasta diez.

El cortejo en el día libre incluye barra libre de cerveza. Las tinajas de metal les recuerdan las fiestas en el pueblo. Serranía en el altiplano mexicano. Sin cover de ingreso van y vienen en los tres pisos de la edificación.

Karla conversa con su madrina Brenda. Observa al grupo de desconocidos. Brinda con la mirada. Se cuidan del hartazgo. De las necesidades del Señor, la Señora y de los hijos de los dueños, de las residencias donde prestan sus servicios domésticos.

Karina discute con el mesero el cambio pendiente. Ileana se vino de Sinaloa a Nuevo León. Es más alta, mejor proporcionada en su cadera y pechos. Tolera el pisto como le llama a la cerveza.

Le chistan al bebedor social. Preséntame al de barba. Al primo. Aquí todos somos parientes. De noche los gatos pardos aúllan a la luna. Encadenados en una interminable razón sexual.

Trémulos infiernos instantáneos. Belinda ya se amachinó al modesto albañil. Brava le muestra la prueba de embarazo positiva. Hoy también le van a poner en el Oasis. 

Desde ciudad Tula, la güerita pecosa da sorbitos como besos inquietos a su cerveza. Inalcanzable a sus veinte y tres años sueña con casa como la de la Señora. Auto último modelo. Servidumbre de tres turnos para cada uno de sus caprichos. 

Vamos a blanquear la piel. Por eso batea a los morenos, al 99.9 de quienes la invitan a echarle al taconazo. Al príncipe azul con harto dinero en la cartera, para llevarlo a conocer a su familia hasta Tamaulipas.

Decanta los prodigios de su sonrisa. Los sabrosea al compás de una cumbia con huapanguera. Lleva calzón nuevo por si la ocasión lo amerita. El sostén le hace juego. Hasta se pasó el rastrillo en las axilas. El cabello púbico recortado el mínimo.

A Tula volverá triunfante. Desde su salida, apenas terminada la secundaria, le contaban de Monterrey como el Disneylandia de los trabajos mejor pagados. 

Hoy por ejemplo ya rayó. Hizo fila en telégrafos. Le mandó el giro para los gastos de la casa. Apoya a su hermana menor. No te vengas a la ciudad, le dice, mejor vete a Victoria para continuar estudiando.

No le gustaría saberla batallando. En una ciudad tan grande y tan sucia. Porque a la prieta, como le dice de cariño, le van a cargar la mano donde entre a trabajar. Solo por el color de piel y su forma tan curiosa de hablar tan bajito, de vergüenza, de timidez, para hacer nuevos amigos. 

Aquí todos hablan como enojados. A puras maldiciones. Te madrean si haces algo. Y si no lo haces, también te joden mucho la vida.

Especial

Importante: Este contenido está redactado en sentido literario y es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

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Gerson Gómez

Crónicas gonzo desde la ciudad aromática a barbarie, a cabrito, carne asada y a cerveza.

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