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Por Carlos Meraz

Su estilo podría definirse como neo-clásico, con reminiscencias del barroco y el renacentismo, pero la obra pictórica de Darío Ortiz es ajena a rótulos artísticos, proviene de sus sueños, de su vida y de su religión que rompe con la realidad, en una “construcción mental, una suprarrealidad o metarrealidad”.

El artista autodidacta colombiano de 50 años —uno de los principales exponentes de la pintura figurativa en América Latina— actualmente participa en la 58 Bienal de Venecia con la serie “Interesting Times”, con seis obras, y en julio próximo expondrá “La Escena Perfecta”, en el Museo Metropolitano de Monterrey, con 30 piezas.

AUTORRETRATO

Ortiz, radicado en México, desde hace seis años, suele ser creador y también protagonista en autorretratos —en gran parte de las veces como actor de reparto— de su obra plástica.

“Me uso como actor secundario de la obra, del performance. Nunca soy el escritor omnipresente, sino el constructor de historias en las que también estoy inmerso.

“La pintura siempre es un acto mental, donde quien manda es la voz interior. Es un juego casi de deidades, donde se reinventa la realidad. Por ejemplo, Macondo existe dentro de la geografía colombiana por que Gabriel García Márquez lo escribió con tal convicción, en ‘Cien Años de Soledad’, que nos hizo pensar que realmente existía. Esa es la magia del arte”, advirtió.

Ortiz consideró que el arte siempre “tiene que decir cosas” y no necesariamente habrían de ser tangibles y “la pintura figurativa ha caído en un momento servil de la realidad” con el hiperrealismo.

“El arte tiene que alterar, trastocar y no únicamente fotografiar una realidad mucho más compleja.

“Creo que no hay mejor vacuna contra la violencia que el arte”, sentenció.

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