Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad. (Albert Einstein) 

Por Omar González 

Alguna vez tuve retrasos con los pagos en una tarjeta de crédito. Mañana, tarde y noche recibía llamadas de quienes “amablemente” me invitaban a liquidar. Después de superar esas deudas, pensé que jamás en mi vida iba a dar justificación para que me estuvieran jodiendo por ningún otro motivo a través del teléfono, pero pagar a tiempo no es suficiente... Telcel se ha encargado de alterar mi tranquilidad y de llevar a mi poca paciencia al límite en las últimas semanas. 

Nunca me había preocupado por adquirir o comprometerme con un plan de cobertura amplia de llamadas e Internet para celular, no lo consideraba una necesidad básica, pero hace un año tomé la decisión de contratarlo.  No he sido moroso con mis pagos. Todo iba perfecto hasta que hace unos meses comenzó el acoso. 

Desde temprana hora, todos los días de la semana, timbraba mi celular.

“Buenos días caballero, le llamó del Centro de Atención a Clientes de Telcel, el motivo de mi llamada es para ofrecerle una renovación de su plan, donde tendrá el beneficio de...”, siempre hasta ahí los cortaba con un convincente: “No me interesa, gracias”. 

Tres veces al día, escuchaba el mismo “speach”, al grado del hartazgo. Bloqueé los números de donde regularmente llamaban, ellos me marcaban de otros. Mi malestar era tal que les menté la madre varias veces, pero ni eso resultaba, parecía que les gustaban mis insultos.  

Era tanta la insistencia, que finalmente, pensando (iluso) que iban a terminar las llamadas, acepté el ofrecimiento, con la única condición: “Está bien Ernesto, cambiamos de plan, pero, por favor, garantízame que me van a dejar en paz. Yo paso el viernes por mi chip, mientras, no quiero más llamadas”. 

¿Y adivinen qué pasó? Miriam llamó al día siguiente (martes) para preguntar si ya iba a pasar al centro de venta para hacer el trámite. Mi respuesta fue lo que había estipulado con Ernesto... hasta el viernes. 

Ese mismo día por la tarde, Issac me contactó para preguntar lo mismo. Ahora cuestioné, un poco molesto, que si no llevaban una bitácora donde se le diera seguimiento a los casos con los clientes. 

El miércoles otra ejecutiva me contacta para lo mismo, de nuevo les hice ver que su método de trabajo no era el adecuado. El jueves, estallé con Arturo al decirle que no era posible que no estuvieran comunicados y que ya no me interesaba el nuevo plan, le exigí me dejarán en paz. El joven de una manera “sutil” me amenazó diciendo que si no acudía por el chip el servicio lo suspenderían porque yo “acepté el cambio” y ellos no se hacían responsables. 

Entonces le mencioné que jamás les había firmado documento alguno y que si me quitaban el servicio iba a demandarlos ante Profeco. 

Confiado en que seguiría con mi plan anterior, el sábado por la tarde dejé de tener el servicio. Me dirigí a su local ubicado en una plaza comercial en la Avenida Félix Cuevas, colonia Del Valle, y en tono –lo admito- altamente “hastalamadre” les exigí que me reconectaran, no sin antes mandarlos a todos al “averno”. Hice un “panchote” digno de #LordMiServicio, pero logré tener de vuelta la conexión. 

Algunos amigos me han comentado: “eres un pendejo, te ofrecían un mejor plan, al mismo precio y te daban un smartphone”. Lo delicado de todo este lloriqueo, queja, berrinche, desahogo o como le quieran llamar, es que no importa lo que te quieran “regalar” a costa de la intromisión, el uso de tus datos personales, el acoso telefónico, la violación a tus derechos de privacidad.  

En un mundo donde ya somos adictos al celular, Telcel quiere que también seamos cautivos a la de a huevo a sus servicios.  Yo no quiero ser “territorio” de Telcel. 

La rola 

Les dejo esto de Molotov que dice: “porque somos más, jalamos más parejo, porque vamos siguiendo a una bola de pend...”.

Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

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Omar González Zárate

Recuerdos, política y lo que surja.

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