Espada de Dos Manos: El presidente perverso

Por Marcelo Fabián Monges, escritor y periodista

Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

Cuando López Obrador anuncia un plan (algo que en realidad es en todos los casos una ocurrencia), hay que mirar dónde está la trampa, dónde está el embuste, dónde el resentimiento. Ya no digamos dónde está el negocio. Lamentablemente, pero muy lamentablemente para los casi 130 millones de mexicanos, quien dirige esta sociedad hoy y este gobierno es un señor perverso que gobierna a partir del resentimiento. Para la toma de decisiones tiene como criterio general en todos los casos satisfacer sus rencores, complejos y resentimientos primero. Después, en un segundo plano, cómo lo que va a hacer le va a servir para conseguir votos para afianzar la vía electoral mediante el clientelismo, la dádiva directa, la entrega directa de dinero. En tercer lugar, lejos, allá lejos, mira a quiénes sus acciones van a beneficiar, que a la hora de este rubro primero están sus empresarios amigos, después quienes lo han apoyado económicamente durante sus largos años de sus sucesivas campañas a la presidencia de la República, entre quienes está Manuel Bartlett, y varios gobiernos bolivarianos. En eso hay algo que hay que reconocerle a López Obrador, y es que es bien agradecido. A quienes durante las campañas presidenciales les han financiado eventos, camiones para transportes, o dinero contante y sonante, López Obrador los ha puesto en lugares clave del gabinete, para que puedan recuperar lo invertido, moverse con holgura y libertad, y hasta con impunidad llegada la necesidad. Este es el caso de Manuel Bartlett, de Marcelo Ebrard, y hasta de Evo Morales, quien no está en su gabinete como todos sabemos, pero salió corriendo en su auxilio. También mira a quiénes su política va a beneficiar en el plano internacional, con la intención de conseguir aliados tácticos en ese ámbito, con una estrategia copiada del chavismo, consistente en repartir dinero para conseguir aliados. Una estrategia sacada del manual chavista de operaciones, como tantas otras que emplea López Obrador, muchas de ellas impulsadas desde bambalinas por la operadora del gobierno de Maduro en México, Yeidckol Polevnsky. Dentro de esta estrategia se inscriben los 30 millones de dólares regalados para El Salvador, para hacer programas de empleo, los 30 millones de dólares regalados para el gobierno de Guatemala con el mismo fin y los 30 millones de dólares regalados al gobierno del dictador Daniel Ortega de Nicaragua.

Lo cierto es que las prioridades de los mexicanos de a pie, del ciudadano simple, de las personas enfermas, de los niños con cáncer, de la enorme mayoría de los mexicanos, para López Obrador están después, mucho después de todas esas prioridades enumeradas anteriormente. Se puede decir, casi sin exagerar, que las prioridades del ciudadano común mexicano para López Obrador salen sobrando.

Cuando López Obrador deja sin dinero a los enfermos, destruye el Seguro Popular, destruye el Aeropuerto de Texcoco, no está priorizando el bien de la nación, lo que está priorizando es la venganza, el resentimiento, formas de suplir su monumental complejo de inferioridad.

Destruir el Aeropuerto de Texcoco, o lo que se llevaba construido y frenar su realización, terminó costando más caro que construirlo. Lo hizo a cambio de discursos, lanzados con vehemencia, denunciado una corrupción que nunca pudieron comprobar. En el caso del Aeropuerto de Texcoco su inmenso dolor era que sería la obra más grande del sexenio de Enrique Peña Nieto. La obra insignia de un tonto, según los gritos enardecidos de sus seguidores. Una obra monumental que un tonto mucho más grande terminó cancelando. Una obra necesaria y fundamental que México ahora no tendrá, ni López Obrador hará ninguna igual o parecida en todo el tiempo que se quede en el gobierno, sea ese el tiempo que sea.  

Algo así como si un pretendiente corteja a una mujer guapa, y viene otro pretendiente y le regala una camioneta a la pretendida, López Obrador corre y le incendia la camioneta, diciéndole que fue comprada con corrupción, con dinero ilícito y con malas artes. Así funciona López Obrador. Así es el tamaño de su envidia, de sus complejos y de su perversidad.

Lo mismo ha hecho con el Seguro Popular. No le importó si el Seguro Popular era la posibilidad de tener un resguardo ante la enfermedad para más de 50 millones de mexicanos. Su problema es que era una creación de Felipe Calderón. Por lo tanto, había que destruirlo. Y como la clase política mexicana es muy buena para sacar beneficio de las tragedias, ahora a ver qué le sacan a la destrucción del Seguro Popular. Para empezar, hay que reemplazarlo por un nombre rimbombante, al estilo Hugo Chávez o Nicolás Maduro, así creó entonces el Instituto de Salud Para el Bienestar. Aunque no sirva. Aunque la solución real que se les ocurrió, como todo, es para la tribuna. La “gran idea” es que vayan todos, los más de 60 millones de mexicanos que quedan sin cobertura médica al abolir el Seguro Popular, al IMSS, y que allí se atiendan. Si hay presupuesto o no, ahí que se las arreglen. Entonces nació el INSABI, un monstruo sin manos, sin pies y sin ojos.

El director del INSABI, Juan Antonio Ferrer, y el resto de los funcionarios del gobierno vinculados al tema, no saben explicar cómo funcionará, ni cuáles son sus reglas de operación, ni cuáles los medicamentos que serán gratuitos. Menos lo saben los médicos en los hospitales, ni sus áreas administrativas. Y muchos menos lo saben los enfermos, las personas que asisten a los hospitales con un padecimiento, con una dolencia. Ese engendro llamado INSABI, un monstruo inservible, será el mayor error, el mayor desastre y el mayor crimen del sexenio de López Obrador.

La prioridad de López Obrador a la hora de tomar decisiones es la revancha, la venganza, poder calmar sus rencores. Entonces actúa desde la perversidad. Se equivocan quienes dicen: el presidente tiene buenas intenciones, pero el INSABI tiene poco tiempo funcionando. El presidente tiene buenas intenciones, pero no está bien informado. El presidente tiene buenas intenciones, pero sus colaboradores no le dicen en realidad cómo son las cosas.

Mientras López Obrador aduce que es una campaña en su contra, los niños enfermos con cáncer ahí están, y ellos en brazos de sus padres, con su enfermedad a cuestas, y sin medicamentos, andan protestando de un lugar ahora, llevando meses en esa situación. Han ido a Palacio Nacional, han ido al Senado de la República, han protestado afuera de los hospitales, frente a los medios de comunicación. Decir que todo eso es un montaje de quienes se ven perjudicados porque antes eran beneficiarios de la corrupción es una vileza más y una perversión más de López Obrador. En todos lados donde han ido a reclamar durante todos estos meses han encontrado lo mismo: indolencia, insensibilidad, inhumanidad y las mentiras de la 4 T. No han encontrado en ningún lado soluciones, personas, servidores públicos, Senadores ni Diputados que le llamen al presidente y le pidan que resuelva este problema. Ninguno se atreve. Al presidente no se le contradice de ninguna manera, como en las peores épocas del PRI. Menos a López Obrador, cómo creen.

Cuando un ciudadano común, un comunicador, un columnista, quiera analizar a López Obrador o a alguno de sus proyectos, no lo va a poder descifrar si no incorpora en la mirada su perversión. Analizar a un perverso no es fácil, porque la perversión no es una mirada normal, no es lo común, no es lo que acostumbran las personas normales, sanas mental y espiritualmente. El perverso mira desde otro lado. Mira riéndose de antemano y observando el daño que va a causar. Observa midiendo cómo va a perjudicar. La perversión es lo opuesto a la buena fe. Es todo lo contrario a las buenas intenciones. El perverso, como el envidioso, no puede declararse perverso o envidioso y decir abiertamente soy un monstruo. Por eso podemos ver a López Obrador una y otra vez en las conferencias mañaneras poner su cara de pobre hombre, su cara de cómo creen, sobre todo cuando tiene que abordar temas en donde tiene que esconder la intención oculta, algo que, lamentablemente, es absolutamente habitual.

El Psiquiatra Paul-Claude Recamier (20 de mayo de 1924-18 de agosto de 1996) - afirmaba que: “El perverso desarrolla una personalidad conflictiva, sus fantasías siempre son conscientes y siempre trata de dañar, humillar y vejar a otras personas.” Una descripción que le cabe a la perfección a López Obrador.

Recarnier sostenía que: “Cuando la víctima del perverso es sometida y humillada, este experimenta sensaciones de triunfo, dominación y superioridad. En definitiva, necesita sentirse vengador y no víctima”.

Si uno incorpora la perversión en el comportamiento de López Obrador es mucho más fácil comprender por qué destruyó la obra del Aeropuerto de Texcoco. Por ejemplo.

Hay estudios de psicología que señalan que: “Hay rasgos comunes en las personas perversas. Son personas que presentan rasgos marcados de agresividad y de egoísmo. Son, además, personas impulsivas, con rasgos pronunciados de inadaptación y con comportamientos egoístas que pueden llegar a ser agresivos”.

Los animales por ejemplo no son perversos. Cuando matan, incluso lo hacen para sobrevivir. La perversión implica un cálculo, una planeación previa que incluye disfrutar del resultado del daño provocado. Un animal no disfruta de haber matado a la presa, en todo caso disfrutará de lo que come. El perverso disfruta mientras planea y disfruta con el resultado. Es una forma de gozar con la maldad.

En psiquiatría se afirma que: “el aumento de la malignidad de estos sujetos se suele asociar a un aislamiento emocional, que va creciendo provocado por un resentimiento social o afectivo, odios, fracasos etc. Es un círculo vicioso que no para de retroalimentarse[1].

El perverso no habla de frente. No puede decir abiertamente sus intenciones. Si lo hiciera lo más probable es que nunca las lograría. Hitler no podía ganar el gobierno de Alemania diciendo que le haría la guerra a todo el mundo, o nadie en el mundo lo hubiera dejado ser presidente de Alemania si decía abiertamente que iba a exterminar a todos los judíos, los gitanos y los homosexuales en los campos de concentración. López Obrador no hubiera llegado nunca a la presidencia si decía abiertamente que destruiría a todas las instituciones que no se le sometieran, que le sacaría a muchísimas instituciones su presupuesto para hacer planes clientelares para quedarse indefinidamente en el poder, o que incorporaría a México al eje de la Revolución Bolivariana.

El perverso es un mentiroso nato. No tiene ninguna otra posibilidad de ser otra cosa. Porque es una forma de esconder su verdadero ser, sus envidias, sus frustraciones, sus malas intenciones.

López Obrador no puede decir desde el púlpito presidencial que los niños con cáncer en realidad no le importan en lo más mínimo. Como no le importan las personas que necesitan un tratamiento médico y se han quedado sin el Seguro Popular. No lo puede decir porque todo el mundo lo vería como un monstruo, entonces tiene que mentir, una y otra vez y culpar a quien encuentre en el camino, como lo ha hecho siempre. Una explicación del por qué López Obrador es puras excusas y cero resultados, y del por qué siempre ha sido muy bueno echando culpas y ahora que ya es presidente en vez de gobernar, en vez de ofrecer resultados continúa echándole la culpa de todo a los gobiernos anteriores es su perversión.

Incluso la máxima preocupación de López Obrador, que es el armado del aparato clientelar que jamás haya tenido México, para garantizarse un piso de más de 30 millones de votos, tiene su explicación en su perversión. Un gobernante sano, de buenas intenciones, que trabaja para dar resultados, confiaría en que la gente, la población en general, valoraría sus obras, los resultados, lo construido, lo obtenido. Y alguien que confía en esa siembra, y de verdad confía en la gente, no necesita el aparato clientelar más grande posible para comprar voluntades. Evidentemente, López Obrador no confía en lo más mínimo en los resultados que pueda conseguir, por eso es que la mayor disponibilidad de todo el dinero de los contribuyentes del país, lo está destinando a la compra directa de votos, a través de sus programas clientelares. Comprar votos es corrupción. Es decir, que desde ahí, está armando el aparato de corrupción más grande jamás construido en México.

Sin la incorporación de la perversión de López Obrador, no se entiende su no combate a la corrupción.

Pero si uno incorpora al análisis la conducta perversa de López Obrador desde sus campañas presidenciales, la promesa del combate a la corrupción y ahora el ejercicio de la corrupción a plenitud, se entiende perfectamente.

El perverso está maquinando cómo te va a engañar, en este caso, en el de López Obrador, desde sus campañas presidenciales, elaborando cómo se los va a joder a todos. Entonces teníamos un López Obrador en campaña que tuvo como principal bandera el combate a la corrupción y que sabía que era algo que le funcionaba a la perfección. Corrupción sobraba y sobra. La gente estaba cansada de la corrupción y de la impunidad. Conoce lo que la gente quiere, probablemente como pocos políticos. Pero mientras tanto, iba elaborando en el camino cómo ejercer su propia corrupción, la que lo lleva a haber criticado las partidas secretas por ejemplo y ahora tener él mismo la más grande de todas.

El retroceso en los mecanismos de transparencia se explica también por la perversión. Investido así mismo como dueño de la moral, con sus permanentes frases como “no somos distintos”, ahora reserva la información de todo lo que su gobierno hace mal y le conviene ocultar.

La mirada aguda para defenderse de un perverso y de los mecanismos para ocultar información debe concluir que cada que vez que este gobierno reserva información, es porque en ese tema hizo algo sucio y tiene todo para esconder.

El psicoanalista y terapeuta francés Jean-Charles Bouchoux, afirma en un tratado que escribió sobre el tema y que se convirtió en Best Seller, que los perversos son narcisistas.

Una descripción en psicología de los narcisistas dice que son personas cuyos síntomas “incluyen una necesidad excesiva de recibir admiración, indiferencia con respecto a los sentimientos de los otros, intolerancia a la crítica y sentimiento de que los demás le deben algo”.

Todo esto describe perfectamente a López Obrador. Indiferencia al sentimiento de los otros, si alguien lo duda, que les pregunten a los niños con cáncer, o a sus padres, o a las personas enfermas que han quedado sin cobertura médica. El narcisista padece, en diferentes grados, según los casos, de un sentimiento de “grandiosidad”. Eso explica perfectamente las permanentes comparaciones que López Obrador hace de sí mismo con Benito Juárez, o con cuanto prócer le queda a la mano, según sea el caso, habiendo llegado a compararse con el mismo Cristo más de una vez.

Pero volvamos a las características de la perversión. Jean-Charles Bouchoux afirma que, entre las mañas de un perverso, está la utilización de la desvalorización, la manipulación, y la necesidad de controlar al otro. Y afirma que lo hacen creando una esquizofrenia relacional.

La desvalorización López Obrador la utiliza permanentemente, a tal punto que lo único que cuenta y que vale es lo que vaya a hacer él, aunque a un año de gobierno no pueda mostrar casi ningún resultado positivo en ningún terreno. La manipulación es su arma preferida. La necesidad de control es llevada a tal extremo que quiere destruir a cualquier posible opositor, y a cualquiera que lo critique, incluyendo a los organismos autónomos que puedan servir de contrapeso. Y la esquizofrenia relacional explica su separación del discurso con la realidad. Mientras López Obrador vive en pejelandia o gansolandia, o como se le quiera llamar a su mundo paralelo, la realidad dista mucho de lo que él dice, quiere ver y proyecta desde el púlpito presidencial.

El psicoanalista francés destaca que es lo que los diferencia de un vulgar maltratador, y al respecto afirma que, el perverso aprovecha lazos naturales con sus víctimas que son muy difíciles de deshacer: un padre, una madre, una pareja, un jefe.

Un jefe dice Jean-Charles Bouchoux. Para el caso un líder. El presidente de la nación. “La esperanza de México”. No se diga más.

En su tratado, Jean-Charles Bouchoux señala los síntomas que sirven para detectarlos y dice: “El primer síntoma es: esta relación me hace sentir mal, no sé exactamente por qué, pero no la dejo, no huyo, ¿Por qué me quedo? Cuando una relación resulta tóxica, la dejamos. En ésta, persistimos, porque el perverso narcisista contagia a su víctima la angustia del abandono”.

Por supuesto que lo que está haciendo López Obrador genera una enorme angustia en la población. Nadie sano, nadie cuerdo, puede no angustiarse cuando ve que este gobierno está haciendo todo mal. Esa sensación es algo que López Obrador proyecta como si fuera bilis en polvo todos los días desde sus conferencias mañaneras.

Jean-Charles Bouchoux destaca, que “el perverso tiene un mal concepto de sí mismo y necesita a una víctima para limpiar su imagen. Se colará en ella a través de sus debilidades. Es la identificación proyectiva: atribuye a otro lo que no quiere ver de sí mismo; el otro lo permite, a través de la identificación introyectiva, de la que tiene que deshacerse cuando rompe. La naturaleza de esta relación es esquizofrénica.

Y acá viene una parte importante. El terapeuta francés dice cómo escapar de ellos. Y al respecto señala: Hay que escapar cortando toda la comunicación. El problema es que, a veces, utiliza un vínculo ineludible, como el de un padre hacia un hijo pequeño o un jefe hacia su subordinado.

Jean-Charles Bouchoux también destaca que no es posible huir de ellos sin sufrir. Y afirma que “la dificultad está en salir de la relación, pero una vez logrado desaparecen los síntomas que ha creado en la víctima”.

En este caso, la víctima de López Obrador es toda la sociedad mexicana.

El psicólogo y terapeuta francés también señala que no es posible curar a un perverso, “porque él jamás lo pedirá. Su meta es enmascarar sus locuras en otros”[2].

Así que para todos los que esperan que López Obrador cambie, que rectifique, que le informen bien, esperarán en vano.

Ah, por si nos faltaba algo, el Wall Street Journal publica que un informe de inteligencia estadounidense, señala que el gobierno de López Obrador tiene acercamientos con el gobierno terrorista de Irán. Y hay que tener en cuenta que el gobierno de Irán no es un gobierno terrorista nada más porque lo diga Estados Unidos, lo es porque se dedica a financiar y planificar el terrorismo a nivel mundial desde hace muchos años. Ellos fueron los autores de los atentados contra la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y del atentado contra la AMIA (Asociación Mutual Israelita) en 1994, el mayor atentado terrorista en el continente antes del de las Torres Gemelas.

Imagen de Marcelo Fabián Monges

Marcelo Fabián Monges

Escritor argentino, nació en la ciudad de Córdoba, 1964. Naturalizado mexicano. Ha colaborado en el Diario Página 12 de Buenos Aires. En México en la revista Mira (de Miguel Ángel Granados Chapa), en los periódicos La Jornada, Reforma y El Universal. Es autor del Proyecto de Convención contra los Golpes de Estado (2009). Es presidente de la Fundación Conciencia y Dignidad. Es autor de los libros: “A los 500 años de la ocupación de América” (1992), prologado por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. “Chiapas cuando la dignidad se levanta y camina” (1995), con prólogo de Osvaldo Bayer (autor de la Patagonia Rebelde). “Un llamado a la humanidad contra el exterminio de la especie” (2002), con reseña de Carlos Monsiváis, libro que comprende un compendio de propuestas en contra del neoliberalismo, el armamentismo y la guerra. “Lucila entre el mar y el fuego”. Novela. (2007) “Cuando Hablo con Vos”. Novela. (2011) “Divina Mar”. Novela. (2012) Trump La Resistencia. Ensayo (2017)

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