Por Aranxa Albarrán Solleiro / Confesiones de turista

Diez de mayo de 2019, me encontraba a las diez de la mañana sentada en un autobús en dirección a Alemania, Colonia me esperaba. Me invadía un poco la nostalgia por estar por primera vez en esta fecha lejos de mi madre, sin embargo trataba de crearme en el imaginario que festejaríamos juntas y a pesar de la distancia, el regocijo y la victoria que era para mí visitar aquel país de grandes escenarios con relevancia histórica en el mundo. Me despedía de mi mejor amigo, agitábamos las manos, él desde la ventana del departamento de Stillorgan y yo al frente, en la parada de autobús.

Mi corazón tenía un latido suave pero fuerte al mismo tiempo. Mi prima, una mujer de la cual he tenido un respeto y admiración entrañable, había comprado mi boleto para que la visitara en su hogar ubicado en Aahen, una pequeña ciudad a una hora de distancia de la metrópoli de la cual el río Rhein es perteneciente. ¿El Rhein? ¡Claro! El que fue el escenario de la batalla de Arnhem durante la fallida “Operación Market Garden”, su puente sobre Remagen se hizo famoso también durante la Segunda Guerra Mundial cuando la Wehrmacht no pudo demoler el puente a tiempo, permitiendo sorprendentemente a las tropas aliadas establecer una cabeza de puente en territorio alemán.

Mis conocimientos de alemán adolecían de cualquier oración bien estructurada para comunicarme adecuadamente con alguien, solo sabía mencionar mi nombre, decir hola, adiós y por favor. En el camino, me encontré con Mihai, un chico moldavo en sus treintas con una sonrisa inacabable y una actitud optimista que incluso hasta la depresión se energizaba cuando lo escuchaba hablar. Su historia y esfuerzo por permanecer fuera de su país, le regalaba al mundo un ser de valentía y fortaleza, migrar de un país relativamente independiente de la presión Rusa que permaneció hasta 1991 y que al día de hoy es considerado uno de los países con mayor pobreza de Europa, no era un factor denostable sino todo lo contario, probablemente nuestra conexión instantánea se relacionaba con nuestra historia nacional. Compartimos desde Dublín hasta Colonía una charla exhaustiva hasta donde el inglés nos dio, como si fuera al parecer, un Ángel enviado por Dios.

“Willkommen zuhause. Köl Bonn Airport” se presentaba frente a mis ojos y me inyectaba una adrenalina especial. El sonido y la musicalidad del “Hallo” acariciaba mis oídos. Para muchos, los alemanes tienen la característica de escucharse enojados cuando hablan, no obstante para mí es todo un deleite, siempre me he considerado de gustos sofisticados o tal vez extravagantes. Mihai se esfumó de la manera en la que llegó a mi vida y comencé mi travesía.

Divisé a distancia una silueta entrando por la puerta D de llegadas del aeropuerto, el esposo de mi prima arribaba para llevarme al centro de la ciudad, el cual sería nuestra primera parada. Ahí justo en la estación del tren, nos encontramos con Renata, mi prima, nuestro abrazo con intenciones de ser perpetuado nos mantuvieron abrazadas por lo menos un minuto. Caminamos cruzando un mar de pasajeros, los mismos que se echan de menos. Se reflejaron destellante las columnas góticas de la Catedral, iniciada en 1248 y culminada en 1880, admiraba a los centenares de turistas que veían cautelosamente las fotografías de los niños jugando en los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Me atormenté y al mismo tiempo se iluminó mi espíritu al recordar la fortaleza humana.

Jóvenes disfrutando una cerveza en plena vía pública sin restricción y con risas acordes de la peculiaridad citadina. Salchichas cocinadas de mil formas al igual que las papas, cada Estado tiene su propio embutido y por lo mismo, su propio sabor. Italianos por doquier, Españoles retumbando en castellano y las casas de mil colores con la fecha de su construcción en sus fachadas, a manera de resistencia ante la devastación guerrillera.

Las cervecerías son el punto de encuentro favorito el “ein Bier, bitte” juega un papel fundamental para lograr una comunicación asertiva entre la población local y los foráneos. La producción de mostaza y chocolate se convierte en una actividad básica por su cercanía con Bruselas, la cual cruzamos sin sentirlo dos ocasiones. Y la gente, mucha gente, sonríe y saluda derrocando la idea errónea de ser rigorosa.

Alemania ha sido uno de los países más devastados por el virus, hasta hace poco comenzó su reapertura de espacios turísticos y culturales, como los museos. Ayer justo un año después de mis días en el país, el Instituto Nacional de Virología Robert Koch, anunció un aumento de la tasa de infección, pasando la considerada potencialmente peligrosa. El lamento es vasto pero la fortaleza para no dejar de pensar en que algún día volveremos a crear historias dentro de nuestro espacio físico y social, debe ser vista como nuestra vacuna principal.

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