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Las pulsiones secretas

 

 

Por Mijail Lamas

La poesía de Alí Calderón desde Imago Prima (2005), su primer libro de poemas, logró captar la atención de los lectores gracias a una voz que reescribía y parodiaba registros muy identificables de la tradición poética mexicana (Ramón López Velarde, Octavio Paz y Renato Leduc), contrapunteada con matices barrocos que se contrastan con cierta economía oriental y la otra mordaz e irónica del epigrama latino a lo Marcial, pero sobre todo con reminiscencias muy claras al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.

En Ser en el mundo (2007), su segundo libro, la voz traza una búsqueda del poema amoroso que mezcla el tono conversacional con una sintaxis más ágil e inestable, por momentos inconexa y trepidante. Los poemas no se someten de forma tan recurrente a la brevedad como en el primero, sino que avanzan en evoluciones fragmentadas y discontinuas hacia textos que crecen imitando el libre fluir del pensamiento. 

Toda esta inquietud formal tiene su correlato con la escritura ensayística y editorial del autorLa generación de los cincuenta (2005), Del poema al transtexto (2015), Reinventar el lirismo (2015)—; además, es fundador de la revista electrónica Círculo de Poesía. De este modo, su temperamento lo ha puesto en el centro del debate sobre el desarrollo del género lírico en el tiempo actual y estas mismas indagaciones críticas, a su vez, pueden rastrearse en su más nuevo trabajo poético.

En Las correspondencias (Visor Libros México, Círculo de Poesía 2017), Alí Calderón se propone una lectura de la realidad que desborda sentido a partir de constantes dislocaciones formales, ya que no se plantea una recuperación de la sentimentalidad en el poema sino la reproducción de una nueva forma de sentir, como lo afirma Mario Bojórquez en su clásico ensayo “La poesía del resentimiento”. Calderón presenta una “realidad total y fragmentaria” donde está en constante intersección con el discurso de la historia. Ahí, la realidad se samplea constantemente, alternando variaciones, es por ello que el habla coloquial está constantemente interceptada por formas del habla culta, el lenguaje literario del siglo XVI o el descort a la manera de la poesía provenzal en el que se insertan palabras de otros idiomas que denotan una fuerte congestión anímica, producto, en este caso, no solo del estado sentimental del yo lírico, sino también como reflejo de la simultaneidad de los procesos digitales.

“Luis me dijo que no que lo veía

como un caso perdido

Pasa una vespa y gritos más gritos un motor

Enviar mensaje enviado

Dudé mucho al escribir este mail

Se acostaba con otro

Una cruz de madera

que al tocarla se despostilla

Sotto questo altare

Folco Portinari

construi la tomba

di famiglia

L’8 giugno 1291

vi fu sepolta

Beatrice Portinari

Afuera los motores de las vespas

Gritos la gente que se increpa

Caga catzo putana

Dio Cane”

 

Los procedimientos de esta deliberada experimentación están al servicio de una novedosa denotación del pathos que hace convivir estrategias estilísticas que podrían parecer antagónicas: por un lado, el coloquialismo de la poesía conversacional; por el otro, las recurrencias retóricas predilectas del neobarroco, como la paronomasia y la aliteración, la incorporación de léxico culto, la acumulación de adjetivos o infinitivos —que por momentos recuerda a la poesía de Abigael Bohórquez— y que avanza en versos de métrica impar a los que se suma la desarticulación sintáctica y acumulativa que genera una constante tensión dramática.

“…soy apenas los despojos

de un miedo que me lacra y trisca y lepra

al viento frágil flama que oscurece

o consume el susurro en luz ceniza

andadura y camino hacia la x

troverme so far y ostro en apunto

mutis hambre gozo gozne de la destrucción

Porque en sentido estricto nunca nada

fue tan todo jamás sino en mi ausencia…”

Si con algunos de estos procedimientos que abundan en isotopías del significante, el neobarroco pugnaba por una aniquilación del sujeto de la enunciación lírica (como una característica fundamental heredada de las vanguardias), en este libro ese yo lírico se reafirma mediante la multiplicidad o el desdoblamiento. Se ancla en el poema mientras más se fragmenta.

Todas las características enumeradas anteriormente hacen recordar lo que Stephen Burt declara sobre los “poetas elípticos” los cuales: “rompieron la sintaxis pero la reensamblaron”, además de “adaptar las rupturas de los poetas del lenguaje a los objetivos tradicionales de la lírica (dándole un sitio al yo y a sus sentimientos)”.

 Otro de los atributos que más llaman la atención de este libro son las constantes intersecciones temporales que se dan en diferentes poemas, donde el tiempo lineal del discurso histórico se intercepta con el tiempo discontinuo del presente del yo lírico. Por lo que en esta simultaneidad de tiempos acompañamos a Gonzalo Pizarro a través de la jungla y al yo lírico por las calles de Bogotá mientras mira sus actualizaciones de Facebook; o bien, el tiempo de los sacrificios aztecas se mezcla mediante la sintaxis y el léxico de las Crónicas de Indias con escenas de la actualidad atroz de las masacres del narcotráfico. De este modo, el poeta crea un montaje a partir de una acumulación de tiempos como en un collage móvil o a la manera del video que superpone escenas aparentemente no están relacionadas.

En Las correspondencias, Alí Calderón logra, a la manera que Baudelaire lo planteaba en su famoso poema homónimo, relacionar aquello que parece inconexo y que tiene una pulsión secreta que todo lo relaciona para crear nuevos significados. Si la imagen del mundo se ha quebrado, como afirma Octavio Paz, el yo lírico toma sus fragmentos, sus veloces esquirlas y, al unirlas de nuevo, produce con ellas un nuevo sentido. Para hacerlo, echa mano de las posibilidades que le brinda la poesía del lenguaje y de aquella que busca poblar de sentido su decir, para cuestionarse sobre el significado del ser en el escenario de un cambio profundo de la sensibilidad de nuestro tiempo, que nos exige reinventar el lirismo.

 

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