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Por Romeo Valentín Arellanes

México.- Es sólo una hipótesis: entre los siglos VIII y X hubo un gran periodo de estiaje en el sureste y centro del país, tan fuerte, que los toltecas, los mayas y otras culturas unieron sus plegarias para solicitar el favor de todos los dioses posibles. Probablemente rezaron juntos en los cenotes sagrados de la Península de Yucatán.

Lo que es un hecho, aclaró el arqueólogo Guillermo de Anda Alanís, en entrevista para Diario de México, es que la gran sequía ocurrió y hay evidencia de que las culturas del centro del país influenciaron a los mayas.

Las ofrendas recién halladas en la cueva de Balamkú (dios jaguar) en el acuífero subterráneo debajo de la zona arqueológica de Chichén Itzá, aportarán evidencias para respaldar ésta y otras teorías, así como determinar las fechas de inicio, desarrollo y caída de dicha ciudad prehispánica.

Se trata del descubrimiento arqueológico más importante de los últimos 50 años en la zona, aseguró el investigador del INAH, no sólo por la gran cantidad de piezas- más de 200 entre las que hay 150 incensarios con la figura del dios Tláloc- sino por su perfecto estado de conservación tras mil años de aislamiento.

Hallan más de 100 incensarios de Tláloc en cueva subterránea

 

“Los incensarios contienen una gran cantidad de información científica pues conservan muestras del material que fue quemado, de lo que se ofrendó a los dioses”, lo que es oro puro para los investigadores. “Imagínate todo lo que nos puede contar, es como si el tiempo se hubiera detenido en la cueva”.

Explicó que las edificaciones mayas están estrechamente ligadas con los ríos subterráneos, cenotes y cuevas, por ejemplo, el templo de Kukulkán en Chichén Itzá, está construido en medio de cuatro cenotes sagrados que representan los puntos cardinales y es posible que justo debajo de la pirámide haya otro cenote.

“Para los antiguos mayas, las cuevas y cenotes representaban el inframundo, el corazón de la tierra, eran el sitio donde había surgido la humanidad, donde surgió la vida, para ellos la lluvia no venía del cielo sino del inframundo”. Balamkú, dijo, comprueba la importancia que tenían las cuevas para los mayas. “En ellas iban a rogar por agua y lluvia, la cueva de Balamkú también nos está diciendo que hay una influencia muy fuerte del centro de México”.

De Anda recordó que la civilización maya adoraba al dios Chaac como patrono de la lluvia y el agua, y los incensarios encontrados en esta y otras cuevas subterráneas representan al dios Tláloc, oriundo del centro del país.

Hay quienes sostienen que se trata de representaciones de Chaac, pero al estilo de la zona central, señaló. Si embargo, De Anda defiende la hipótesis de que es el mismo Tláloc que adoraban los mexicas y toltecas y, que probablemente durante la gran sequía, los mayas en su desesperación pidieron auxilio también a este dios importado.

Los análisis que se practiquen a las piezas y a los residuos permitirán establecer con precisión la antigüedad de las cerámicas y su procedencia geográfica, arrojarán luz sobre las relaciones de los mayas con los toltecas y otras civilizaciones.

Explicó que la idea de su equipo de investigación es dejar las piezas en el santuario “que es a donde pertenecen”, pero tomarán algunas muestras para hacer pruebas de ADN y carbono 14 en la Universidad Estatal de California.

El resto de la investigación se hará con equipos de alta tecnología, fotografías, imágenes en tercera dimensión y realidad virtual. Arqueólogos bajo el agua Guillermo de Anda está acostumbrado a trabajar con traje de buzo y la ropa llena de lodo, pues su especialidad es la arqueología subacuática, lleva alrededor de tres años como director del proyecto del Gran Acuífero Maya, aunque reconoció que el hallazgo de Balamkú es producto de varias décadas de trabajo.

Encontrar la entrada de la cueva no fue un hecho fortuito, sino producto de la observación e investigaciones. Buceando en un cenote notaron determinadas irregularidades en ciertos puntos cuando subía y bajaba el nivel del agua, a partir de ahí localizaron la entrada. Tarda aproximadamente cuatro horas en llegar hasta las ofrendas, es un espacio reducido, sin oxígeno, al que llegan arrastrándose, pero “vale la pena”.

 

 

 

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