Por Aranxa Albarrán Solleiro / Confesiones de turista

Una mañana, la última de viaje en París, Karla mi compañera de llanto, de alegrías y también de momentos inciertos, me animaba a continuar cuando sentía que mis rodillas no podían más.

“Puis-je vous aider?” Retumbaban en los oídos cada que nuestros pies lánguidamente se detenían para desdoblar el mapa turístico que pretendía ser el guía ideal. Nuestro escaso conocimiento en el idioma, nos instalaba sin remedio un signo de interrogación en el rostro de los paseantes.

El primer punto de aquel día nos dio el privilegio de admirar la ciudad desde lo que se considera por los turistas, el mirador más indicado para empaparte los ojos con belleza francesa. Sin embargo, el sitio estaba atestado de gente, lo que me produjo un mareo y unas nauseas avasalladoras. Así, logramos pasar más de diez minutos en el templo del Sacre Coeur, el cual sin dudarlo es capaz de transportarte al cielo.

Al descender de ella, aterrizamos en un barrio que de inmediato me insertó un sentimiento de pertenencia, su ambiente latino me arropaba, su aire vivido, la alegría y color de sus calles monocordes a las pupilas de su gente parecía negar que me encontraba del otro lado del océano.

París me cerraba la boca a cada respiro, la urbe que menos anhelaba conocer por el simple hecho de creer pertenecer al grupo de los que se dicen ser “underground”. Un museo de Dalí se presentó ante nosotras, mi alma se iluminó como el poco destello de luz del cual nos regocijábamos esa mañana. El precio por otra parte, me parecía inaudito, más de quince euros la entrada y mi decisión se disputó entre comer o adentrarme en la dimensión surrealista, ganó, lamentablemente lo primero. Inhalé detrás de la puerta cuatro o tal vez cinco veces dándome así un consuelo.

Seguimos a la Rue de lo desconocido, donde la oscuridad parecía tan penetrante que difuminaba escalofríos en mi epidermis. Según lo que asimilaban mis ojos, se trataba de los barrios bajos de la ciudad, sintiendo una presión en el pecho, desdoblamos por tercera vez el mapa para tener certeza de que íbamos en el sentido correcto, hasta que una docena de fotografías de Brassaï se esparcían por mi cerebro delatando las calles que en ese momento se presentaban.

Una fotografía de una prostituta debajo de un faro dibujando su silueta evocaba mi mente. Brassaï estaba presente, más que nunca. El Boulevard de Clichy resurgía, cabarets de una y mil texturas y colores fluorescentes, trabajadoras sexuales que temprano se destinaban a limpiar los espacios que serían bien concurridos cuando el sol se desvaneciera.

Nuestros espíritus curiosos se acercaron con ojos sorprendidos ante un bourdelle que parecía el folclor de toda la ciudad. No pasaron siquiera diez segundos cuando el disparo de gritos de la Madame a cargo salía fusilante lanzando un “walk away!” Con poco de temor continuamos antes de que algún ejército nos violentara.

Dimos pasos con el corazón desbordado que nos guiaron a las aspas del molino afamado derivado de Tolouse Lautrec por su obra impresionista de la cual nació el espacio: el Moulin Rouge. Mi ilusión era ver los ojos de Karla invadidos de un fulgor maravilloso. Entramos como dos mujeres ingenuas y con un sentido de sorpresa cuando traspasamos las dos puertas de cristal que permiten el acceso.

Diez minutos nos bastaron, no contar con 300 euros para conseguir un boleto nos salvó posiblemente la vida. No obstante, más de cinco varones con sonrisas despampanantes sacaron de su cartera rebosante de billetes, el dinero exacto para pasar una noche en lo que parecía un encuentro celestial.

Para muchos, París puede parecer la ciudad más romántica, empero, su concurrencia y su sustento se debe en gran parte también al turismo sexual, del cual sin importar los hechos masivos de destrucción, se presenta latente ante el vislumbre de cualquiera.

París en medio de la tempestad de 600 millones de viajes en el mundo con el objetivo sencillo de tener relaciones sexuales, siendo penosamente el 3 % con tendencias pedófilas. La ciudad es indudablemente una festividad majestuosa para el turismo, pero dentro de todo blanco existe un negro de mujeres que son tratadas como objetos, de embarazos no deseados por violaciones y del derecho de evitar que un ser humano sufra el mismo daño que quien lo procrea.

El derecho al aborto, visto desde esta perspectiva es un respiro, un abrazo a aquellas que sin remedio, deben de gritar en silencio un auxilio. Sí, eso ocurre a más de 9 mil kilómetros. Sin embargo México, es el segundo lugar en el mundo con mayor porcentaje de turismo sexual y como paupérrima miseria, es infantil.

Imagen de omar.gonzalez

Omar González Zárate

Recuerdos, política y lo que surja.

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