Por Aranxa Albarrán Solleiro / Confesiones de turista

Resembla a Inglaterra al caminar cerca de él, el clima parece trasladarnos sin remedio a calles de la gran ciudad de Manchester o Liverpool, vendedores gritando por todos lados “¡lleve, lleve la bandera de los diablos!” Mientras niños, papás, mamás y grupos de hinchas se postran alrededor de lo que asemeja a una bombonera y evoca también al estadio Alberto J. Armando, el cual resguarda cada semana a la escuadra fervorosa y alentadora de masas argentinas: Boca Juniors. Colores rojo escarlata se disuelven por todas partes, pareciera verdaderamente un infierno total, un espacio donde la tragedia, la injusticia y la pobreza se diluyen en el aire. Nada puede estar mal estando en territorio toluqueño, aquí, se gane o se pierda, el pecho de cientos se ensancha y todo envuelto en aquel recinto que con remodelaciones de estilo futuristas, es culpable del empoderamiento de su gente apasionada y enamorada. Nemesio Díez se llama desde hace 65 gloriosos, penosos y majestuosos años.

“¿Qué hacen los toluqueños cada mañana de domingo?” Me preguntó hace poco un amigo proveniente de Moldavia. “Depende”, le respondí. Si el equipo de la ciudad juega en el estadio, probablemente encuentres a la urbe más tranquila del globo terráqueo desde las doce del día hasta las dos de la tarde. Los seguidores del balompié se reúnen en sus casas o se desplazan al Nemesio Diez, el estadio del equipo. Es una ola intensificada de emociones, todo se convierte en un arcoíris de sentimientos, de gritos, cantos y por qué no, de mentadas de madre para los del equipo contrario.

El único recinto futbolístico de México que no cuenta con una explanada con estacionamiento, aunque desde hace dos años ya se tiene uno exclusivo para los aficionados. Swings de banderas rojo con blanco y un diablito en medio, son ondeadas con entusiasmo. “¡Yo sí le voy, le voy al Toluca!” resuena al unísono de las voces de jóvenes que desde nacidos se tatuaron, aunque en el imaginario, los colores de su equipo, el que les heredaron sus padres y sus abuelos. La gente corre de un lado a otro como si se estuviera viviendo un estruendoso sismo. Por única vez, los ciudadanos se vuelven uno solo, mientras vengas vestido de rojo, serás respetado e incluso cuidado.

El sustento de las paredes que han vivido dos Copas del Mundo, 1970 y 1986 en los cuales equipos como Italia, Suecia, Bélgica y Paraguay fueron dichosos de pisar su pasto para intentar destacar con sus habilidades y alcanzar la copa que todo el mundo en esos momentos deseaba. Jugadores como Enrique Borja, Héctor Pulido y Aarón Padilla magnificaron el césped con sus mejores jugadas mientras alentaban la efervescencia social que tuvo la dicha de presenciar su actuación.

Nueve campeonatos toluqueños han sido vividos en su interior, se han dado vueltas alrededor de la cancha con el mejor equipo de toda su historia. Se ha llorado y se ha sufrido. Unos han convulsionado al dar todo por defender su lado de la portería que siempre masifica la ansiedad y el nerviosismo cuando el equipo enemigo se destina a disparar el balón hasta el fondo de la red. Lesiones de todo tipo, rupturas y expulsiones que emergen un ruidoso “¡cuuleeroo!” en las gradas que soportan fuertemente los saltos y la avalancha de mujeres y hombres que se descontrolan eufóricos cuando la estrella de sus jugadores anota un gol.

“Señores yo soy del rojo desde la cuna” resuena con eco por cada una de las columnas que simulan ser palcos para los afortunados. El minuto setenta es destinado a causar euforia que irremediablemente aturde con una emoción desbordante cada recoveco del colosal estadio, los treinta mil asientos se sumergen ante el fervor de los asistentes. Se ponen de pie las zonas: sol, palcos, sombra general y preferente, y en conjunto se canta con la enjundia de la que el equipo carece algunas veces. La mejor afición podría tenerla el Toluca, le falta creérsela no solo de parte de ellos, sino por sus jugadores y muchas veces, su directiva.

Los ojos del moldavo se desorbitaron, sacudió la cabeza de arriba a abajo y me dijo: “¿sol, sombra, palcos o preferente?” 

 

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