Por: Gerson Gómez

Desairadas y sin visitantes. Aroma a desinfectante y lamentos cansinos a toda hora.

Las capillas ardientes del IMSS, de la avenida Constitución en Monterrey, del FIBESO. Aquí se velan los difuntos sin tantos recursos, los caídos en desgracia. De cuota módica y de aportaciones sociales en las instancias de gobierno.

En la sala uno reposan los restos mortales de Rubén Hernández Mojica. Solo la viuda exhausta de la tragedia de la enfermedad terminal, enfisema pulmonar, su consternado hijo adolescente y el otro hijo, fruto de su primera relación. De mismo nombre, abogado robusto con anteojos enérgicos, quien descansa el ánimo y su humanidad en los sillones mullidos imitación de piel.

¿Vendrá Celso a despedirse de Mojica? Llevan varios años separados de su matrimonio laboral. ¿Enviará alguna corona para hacer mención al pésame? Cada año, cada momento de sus encuentros y desventuras de sus andares por el país y los escenarios. Las palizas en antros de mala muerte. Las borracheras en piqueras y con coronario infeliz.

¿Podrán hacer firmar el armisticio, las paces, en el momento decisivo de su cuerpo, aun cuando ya están cerrados sus ojos y oídos de forma permanente?

Mojica en la capsula mortuoria, de viajero incansable, luce como todo el rockstar del Vallenato después de la larga parranda. Como también lo hicieron con Diomedes Díaz, el músico colombiano preferido de Rubén y Celso, quien también ya falleció.

Elegante traje color perla de tres piezas, peinado inmovible y lustrado de color negro, la cadena larga de oro en el cuello, señal de poderío.

Sobre el ataúd, colocado el sombrero panameño de uso cotidiano para espantarse los calores y la rabia de la ciudad adolescente. Parece un hacendado cafetalero dormitando bajo el cristal le digo a su hijo Rubén.

Su rostro duro de los años al sol, el cabello teñido ocultando las canas, la afeitada al ras de todos los días.

Son pocas las voces escuchándose para quien vivió de cerca los escenarios, las derrotas iniciáticas y los fugaces años de bonanza.

Pasada media noche informan la intención de continuar ahí mismo la velada, después del cierre de las oficinas y de las puertas de acceso.

En el cielo de viernes, la luz láser del faro del comercio ilumina las partes baja de la Loma Larga, donde reposan los febriles actos de contrición de los deudos y las actividades recreativas de la Colonia Independencia, la Alfonso Reyes “La Risca”, y La Campana, el hogar de Celso Piña, donde Rubén Hernández Mojica transitó con regular libertad, con la venia de la familia Piña Arvizu, en uno de los ghettos mas peligrosos de Monterrey.

 

Los Campaneros

 

Antes de tomar las riendas artísticas del Celso Piña, del acordeonista virtuoso según las palabras del desaparecido cronista con don de ubicuidad, Carlos Monsiváis, en el anexo del disco Barrio Bravo, el personaje anegado en el cieno de la mediocridad regiomontana consecuencia de los excesos etílicos y de la fama efímera en sus presentaciones y el compadrazgo, Rubén Hernández Mojica, se ganó la vida en la talacha humilde y descarnada.

Nacido y criado entre las ámpulas de la segunda guerra mundial, en el populoso, conflictivo, volátil y ríspido barrio de la colonia Moderna cuna de leones del apañón, sibaritas obreros, mujeres envalentonadas con sus hijos en tropel, a un lado de las vías del tren a Tampico. Colindante a varias fundiciones relacionadas con mundo de la cerveza.

Los terrenos apenas fincados, entre montonales de desechos orgánicos, animales muertos y las altas temperaturas del noreste. Las casas humildes de madera lucen agónicas y desprovistas hasta de lo elemental como el agua, el drenaje y la luz. Pocas de material sólido con techo de lámina. Calles polvorientas y privadas peligrosas, escondrijos de carteristas y líderes sociales en ciernes. Con inmigrantes desahuciados de sus comunidades agrícolas, trabajadores de primera generación de San Luis Potosí, la Huasteca Tamaulipeca y la zona tropical de Veracruz probando suerte en la fiebre del empleo industrial.

En la parte norte de Monterrey, se puebla con fábricas  y desvencijadas vecindades, loncherías prostibularias y vagabundos por cientos.

Para sobrevivir se debe trenzar en la lucha física. Quien se rinda naufraga en los vicios a la mano.

El joven Mojica le da salida a la energía juvenil, para obtener el respeto de los mayores, los gandayas aleccionadores y los crápulas impositivos, quienes ya han tratado de apañarlo varias veces. También ganar dinero para ayudar a la numerosa familia.

Entrena en varios de los más emblemáticos gimnasios boxísticos. Le detectan habilidades naturales con un jab poderoso, de cloroformo para quien lo recibe descuidado.

 

La cumbia Satanás.

 

Todos los martes y jueves, después de las ocho de la noche, los operadores, los insaculados de llevar la contabilidad del cartel del noreste, tienen unas horas libres de sus actividades delictivas.

Cuentan con el favor de los jefes para distender el animo y la tristeza en los antros dominados.

Se lanzan a escuchar el regio vallenato en La Pantalla o el Internacional, en la parte céntrica de la ciudad. Cruzan en los hombros las bolsas mariconeras, esas alforjas donde guardan la contabilidad de los negocios alineados y de las cantidades por recibir por el cobro de piso.

Además de la pistola matapolicias, el teléfono y la radio frecuencia, por si llegara a ofrecerse enviar un mensaje de auxilio a los superiores en sus lugares de reposo.

Disfrutan de caguamas heladas. Entran a los sanitarios y se dan un pase detrás de los cortineros.

Los músicos en vivo les dedican las melodías sugeridas a voz en cuello. La cumbia pegadora en el mero corazón. Las acompañantes, las bailarinas de diez pesos la pieza, les pagan el consumo y hasta los alimentos de los negocios aledaños.

Es bueno tener contar con alguien para cuando se ofrezca el favor certero.

Ellos van gozando cada segundo, las contadas respiraciones liberadoras, de los pocos meses de dispendio vital. En la ráfaga certera de plomo y de cuentas por cobrar, regresivo el reloj biológico de sus cabezas. La fecha de caducidad puede ser esa misma noche.

Disfrutan del vallenato ardiente. Del acordeón, la guacharaca y la caja, en las caderas refrigerantes del vapor de la canícula.

Graduados en la Universidad Pontificia de la vida, en las calles sabrosas de Colonia Independencia (Indepenguepa-guepa) y del inescrutable Cerro de la Campana (Los Campaneros.com), los músicos de vieja escuela, los adoradores de los sonideros como el Señor Dueñez, Gabriel, los de la ruta del trasiego de Colombia-Miami-Nuevo Laredo-Reynosa, tienen en Celso Piña y La Ronda Bogotá, el compa, el cacique, el mero mero, la figura emblemática, don vergas: el tlatoani de la acordeona.

En el Internacional o en La Pantalla trabajan los músicos desertores de la Dinastía Piña. Ahí se ganan la vida exponiéndola al gusto y al capricho de sus adoradores. Interpretando las versiones clásicas de los Corraleros del Mahahual, Andrés Landeros y Leandro Díaz, entre la juerga, la verbena, la parranda y el plomo latente de la contra.

 

Güerito, Güerito, dile a Celso que la grabe.

 

Al desparecido y tradicional Café Brasil se asistía solo por el gusto de la nada. De perder el tiempo, sin rendir cuenta o pleitesía. Refugio de periodistas de medio pelo, de aprendices de reporteros deslucidos, de fotógrafos oportunistas, de músicos hambrientos de fama inmediata y de políticos con necesidad de chismorreo.

Oficina de relaciones públicas para Rubén Hernández Mojica. Entre la mesa y el vapor de la cafetera, los tragos de cerveza a cualquier hora.

A espaldas del Grupo Reforma, de la calle Washington y Zaragoza, el Café Brasil por la noche fluye en ebullición.

Rubén usa un auto rojo naturalizado de los Estados Unidos, carros chocolates les nombraron los diputados federales al momento de frenar la importación en tropel por las aduanas del norte del país. La única parte en buen estado del carro es su estéreo y las bocinas. Lo demás está chocado o empastado.

-Vamos al auto, quiero mostrarte una canción, me dice.

Salimos entre la bruma de tabaco y la necesidad de aire nuevo. De la guantera extrae el casete Sony. Lo coloca en el tocacintas. La canción de un trovador de la Calzada Madero. Solo la voz y la guitarra acústica. Sin más acompañamiento.

La letra habla de amor y desamor. De una forma franca de tristeza endémica. Rubén luce emocionado. Lo entiendo. La melodía es poderosa.

-Güerito, güerito, dile a Celso que la grabe, es un hitazo-, me lo pide como súplica. Como si pudiera convencer a su artista. La melodía del trovador Chago Díaz, músico de cantinas, será parte del disco más poderoso de Celso.

Tanto como para que Enrique Bunbury y Paulina Rubio también la incluyan en sus producciones. Aunque no sea conmigo, será el parteaguas de Celso con Rubén Albarran de Café Tacuba, pero también la oportunidad para los herederos de Chago Díaz, ganen un poco de plata. Como nunca la obtuvo en vida.

 

  La música es el idioma de Dios.

 

Bocanada tras bocanada de cigarro Fiesta en su empaque clásico (Rigo Domínguez parafraseaba sua-ve-cito, en la melodía promocional), don Isaac Piña, el padre de Celso, nacido en el poblado de la Villa de Santiago Nuevo León, se sienta en medio del patio con vista al centro de la ciudad de Monterrey desde el Cerro de la Campana. Bebemos cerveza helada en lata.

Bajo la sombra tenue del árbol frutal. Saborea el tabaco, tiene más de setenta años consumiéndolo. Delgado y correoso, bigote delimitado en una línea somera, el cabello teñido y voz cascada, recuerda los años laborales en el Hospital Infantil de la colonia Ancira., donde pasó la mayor parte de su vida trabajadora.

Pasó de ayudante general a ayudante especializado, de recoger los desperdicios a darles mantenimiento a los equipos. Fue quien les inculcó el gusto por trabajar a los muchachos, como les llama a sus hijos: Celso, Lalo, Quique y Rubén, todos miembros activos y originales de la Ronda Bogotá.  

Cada uno de sus hijos varones pasa todos los días a darle la vuelta a él y a su mujer, Doña Mary Arvizu, mujer discreta, aperlada y originaria de un poblado en San Luis Potosí, conocida y respetada por sus vecinas, de formación política y militante del frente de izquierda Tierra y Libertad.

Fue doña Mary Arvizu, quien organizó a los vecinos en los años 60 a desmontar los terrenos invadidos colindantes a la Colonia Independencia. Mucho antes de la formación de FOMERREY (Fomento Metropolitano de Monterrey) para frenar las invasiones a los predios sin dueño visible.

 Los delimitaron como Dios les dio a entender. Con palos o alambres de púas . No pidieron permiso al gobierno municipal, mucho menos al estatal. En la revolución social, la cuota se acepta como viene.

Para cuando aparecieron los legales poseedores de los terrenos, las más de sesenta familias ya se habían asentado. Se negoció directamente en el Palacio de Gobierno.

Se les indemnizó a los propietarios y a los posesionarios se les pudo escriturar la tenencia de la tierra. Fueron construyendo con el material llevado en tropel por el ejercito de burros, animales nobles y abundantes aun ahora, para subir por todas aquellas escalinatas y callejuelas escondidas. Donde los autos no acceden, lo hacen los borricos.

Fincar en el cerro les volvió callosas las manos de por si ya gastadas. Cargaron con sus enceres desde la colonia Nuevo Repueblo. Ahora ya contaban con su hogar.

Doña Mary es mujer incisiva, de muy pocas palabras, siempre da en el blanco. De mucho respeto en la comunidad. Ninguno de sus hijos se atreve a contradecirla. El matriarcado de la permisividad les ha logrado conservar la fortaleza de sus relaciones afectivas de Issac y Mary. Incluso en la disolución de los vínculos matrimoniales de la mayoría de sus hijos, por lo apretado del trabajo artístico o por simple desaliento.

Todos los muchachos volvieron al seno del hogar de forma esporádica o permanente. Ahí tienen el cuarto de ensayo y sus habitaciones de soltero. Donde descansan de los afanes. En donde se recluyen bajo el cuidado de su madre.

Doña Mary Arvizu interrumpe de forma fugaz la entrevista con su marido: “Platícale Isaac, lo güilo que es tu hijo”, nos dice mientras está al pendiente del ciclo de lavado.

Se refiere a Celso Piña. El músico del regiovallenato. El cacique del Cerro de la Campana. La punta del tren. El acordeonista de Hamelin. Quien hizo bailar a Gabriel García Márquez en el Museo Marco mientras interpretaba La Sampuesana. El socio de Rubén Hernández Mojica, su compañero de los años oscuros y en la diáspora de los medios de comunicación.

Por quien siempre me preguntan los Piña, cuando nos reencontramos en las presentaciones tumultuosas o en los escasos eventos sociales. De quien, por enfado personalísimo, no pudieron o no desearon despedirse, ni en el momento de su enfermedad o del fallecimiento.   

 

 

 

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Gerson Gómez

Crónicas gonzo desde la ciudad aromática a barbarie, a cabrito, carne asada y a cerveza.

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