Por Aranxa Albarrán Solleiro / Confesiones de turista

Suena el despertador, por primera vez no es la alerta para no perder un vuelo que le llevará a destinos inciertos. La primera escala se convierte en una visita al baño, todo está bien, los turistas compañeros se transforman en gotas intensificadas y bien formadas por aquellos destellos de vapor formados por el agua caliente.

El sonido de la cafetera se convierte ahora en un poderoso llamado de acercarse al tedioso check-in donde se pesará por segunda vez las maletas y continúe el viaje. Una taza de café cargado, acompaña a las horas de espera para abordar, las cuales regularmente se convierten en lamentos y nos recuerda lo presos que somos de itinerarios ajenos, y a momentos, nos hace dudar de nuestra libertad.

Identificación en mano, lo portamos como un dispositivo que nos dará el acceso a la última parada de nuestro vuelo, podría tener una duración de dos, tres o tal vez trece horas -si no es que más-, para llevarnos a nuestro último destino. Si es corta la distancia, el entretenimiento podría reducirse a una serie de comedia de capítulos cortos que se reproducen en un abrir y cerrar de ojos. Si por el contrario, el traslado es largo, entonces deberemos tener un poco de paciencia con una película de más de dos horas para que lleguemos al aterrizaje hambrientos de todo lo posiblemente comible.

“Te invitamos a dar un recorrido virtual en 360 ° por nuestro Museo de Louvre”, todo se ha vuelto alcanzable, nunca podríamos haber estado mejor. “¿La Gioconda vista a través de mi pantalla de 40 pulgadas en HD y en 360? Gratis, sin la maldición de tener que pagar 15 euros por un boleto que solo me permite el acceso a las más mínimas salas, donde las aglomeraciones son inevitables y cualquier recoveco con ventilación parece un sueño distante.”

Con la curiosidad más desbocada, recorre de tres a cinco espacios culturales. Con el corazón palpitando por evocar aquella sensación que se dibujó en el alma la primera vez que acceso. Le menciona a sus hijos: “me deslumbra, sin duda, saber que conocí las maravillas que cual hábil tallador barajé ante mis ojos. Aquellos días en museos de Venecia, Roma, Londres y París. Apenas logro reproducir las ciudades, recuerdo el ruido de cada uno de mis pasos sobre el mármol destellante, las conversaciones que cual melodía se disuelven en cada una de las salas, es un festival de acentos: francés, alemán, español, portugués, japonés, ruso y seguramente chino. El aire de embriaguez, de un regocijo que me invadió cada una de las obras de arte que presencié. Y sin embargo, el cansancio que me produjeron esos días, me agobiaron lo suficiente al menos, para no querer levantarme al día siguiente, mis piernas y las plantas de mis pies, me suplicaron descanso absoluto pero por salud cultural, nunca les hice caso.”

Se recuesta en su sillón, la mirada de los vástagos se desorbita. “Nosotros hemos hecho lo mismo desde hace tantos años, ¿entonces también esto es viajar?” La imperiosa necesidad de

hacerlo todo a través de tecnología que a momentos nos vuelve inservibles y otras tantas nos engrandece.

“Pague su boleto para visitar la exposición de Van Gogh, Dalí, Warhol, Kahlo, entre muchos otros” extrae con desespero de la cartera una tarjeta de crédito que lo han llevado al paraíso unas doscientas veces en su vida, le da “click” a ese botón que permitirá ver antes que nadie, una exhibición de pinturas creadas por magos artistas. Se disponen todos en la sala, botanas por un lado y lentes 3D por el otro, se adentran a una dimensión inimaginable, el turismo se hace, uno se desplaza a diversos destinos y sin la necesidad de tener que lidiar con filas agonizantes donde uno se desviste a la velocidad de la luz, para ver si la pantalla lanza un rojo de peligro o un verde de liberación.

Los museos pequeños, por lo pronto, seguirán esperando puesto que la tecnología 360 queda en anhelos inalcanzables, tan inalcanzables como tener un aforo completo. Una familia en la sierra se pregunta “¿qué se sentirá subirse a un avión, papá? Si tuviéramos un celular, te lo diría, dicen que uno busca cosas por ahí y rápido las encuentra.”

Plataformas hegemónicas se enriquecen con la venta de lentes que te permitirán sentirte en el lugar que refleja una pantalla que se piensa perfecta, mas no asequible para todos. Y es así, la evolución turística por fin ha llegado.

Confesiones en: Twitter: @aranx_solleiro, Instagram: @arasolleiro y [email protected]

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