Por Francisco X. López

El 25 de mayo de 2010, el mundo de la historieta perdió a uno de sus pilares y la sociedad mexicana en general se quedó sin su su mayor cronista, retratista y analista: Don Gabriel Vargas Bernal.

Autodidacta y emprendedor, desde niño se dedicó al dibujo, primero como caricaturista y luego como historietista. Llegó a publicar en Excélsior y Novedades al mismo tiempo, tanto en la edición matutina como en la vespertina, además de realizar trabajo para revistas femeninas y de moda.

Su estilo de dibujo era un premio al lector observador, que encontraba en sus ilustraciones referencias a los detalles más pequeños de la vida cotidiana y a los acontecimientos que afectaban a las clases trabajadoras. Llegó a conocer tan bien la idiosincrasia y el lenguaje del México popular, porque se la pasaba recorriendo las plazas, mercados y carpas, observando y escuchando a la gente, lo que le permitió crear un vocabulario único, el cual no sólo identificaba a sus personajes, sino también formó parte de la cultural popular durante décadas. Nombres, palabras, expresiones e imágenes que aún hoy documentan a una sociedad que pasó de la esperanza al desconsuelo y del humor al cinismo.

Una apuesta le hizo crear un personaje femenino que fuera tan popular como sus otras obras y al final este personaje, Borola, le hizo alcanzar la inmortalidad.

Más allá de su talento como dibujante, el verdadero legado de Gabriel Vargas está en la forma en que preservó el devenir de México y sus habitantes, creando personajes arquetípicos en los cuales no hay un solo habitante de este país que no se reconozca a sí mismo, a sus familiares o a sus conocidos en alguno de los Burrones.

Otro aspecto que no se menciona a menudo, es la capacidad que tuvo para crear un universo, donde todas sus habitantes se relacionaban de alguna manera y tenían su propia historia. En La Familia Burrón no hay personajes incidentales, cada uno tiene sus alegrías y tristezas, sus triunfos y fracasos, sus secretos e ideologías. Adentrarse en las aventuras de esta familia es como ser otro inquilino del Callejón del Cuajo.

Reconocido y aplaudido por el público y por sus pares, fue objeto de múltiples homenajes y reconocimientos en vida, además de haber sido entrevistado por un gran número de medios nacionales y extranjeros. Incluso su obra cuenta con una sala especial en el Museo del Estanquillo.

En este siglo se ha cuestionado y debatido mucho el mérito y alcance de su obra, pero quien se anime a leer de nuevo las historias de Doña Borola y Don Regino, encontrará que no somos tan distintos a nuestros padres y nuestros abuelos. La misma sátira e ironía de esas páginas se puede aplicar a los que vivimos en la actualidad, en lo político, lo económico y lo social, la diferencia estriba en que Gabriel Vargas era un caballero y plasmaba sus ideas de una forma decente y educada. Ahora somos blanco de hordas de seudo comediantes vulgares y albureros.

Diez años han pasado del fallecimiento de Don Gabriel y aún continúa vigente mostrando el reflejo de nuestro México.

Imagen de francisco.lopez

Francisco Xavier Lopez Martinez


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