Mundial 2026: la FIFA y la metáfora de una “Casa tomada”

Renace el Estadio Azteca; así quedó tras la remodelación Foto: Cortesía
Renace el Estadio Azteca; así quedó tras la remodelación Foto: Cortesía

Por Aarón Cruz Soto

“Han tomado la parte del fondo”, escribe Julio Cortázar en “Casa tomada”, ese relato donde una presencia indefinida avanza poco a poco sobre una vivienda antigua hasta expulsar a sus habitantes sin necesidad de mostrar el rostro. El cuento nunca explica quién ocupa la casa ni bajo qué autoridad lo hace. Solo deja claro que el desplazamiento es gradual, silencioso e inevitable.

La metáfora parece escrita para describir la llegada de la FIFA a las ciudades sede del Mundial 2026: Primero se entregan los estadios. Después, las calles alrededor. Luego aparecen los corredores comerciales exclusivos, las restricciones publicitarias, los operativos especiales de seguridad y las zonas blindadas para patrocinadores. La FIFA desembarca con manuales, protocolos y exigencias que transforman temporalmente el espacio público en un territorio administrado por reglas privadas.

No se trata de una invasión estridente, sino de una ocupación perfectamente organizada. Como un ejército moderno, la FIFA no necesita tanques para imponer condiciones; le bastan contratos, derechos comerciales y cláusulas de exclusividad. Cada sede se convierte en una especie de enclave donde la autoridad local retrocede para que la maquinaria del espectáculo funcione sin interferencias.

México, Estados Unidos y Canadá aceptaron esas condiciones al recibir el Mundial más grande de la historia, con 48 selecciones y millones de visitantes. El premio es enorme: turismo, inversión, atención mediática y prestigio internacional. Pero también lo son las concesiones. Las ciudades deben adaptar infraestructura, modificar normativas y garantizar espacios limpios de competencia comercial para proteger las marcas asociadas al torneo.

En “Casa tomada”, los hermanos abandonan habitaciones enteras sin oponerse demasiado. Se repliegan. Cierran puertas. Quizá lo más inquietante no sea la ocupación, sino la naturalidad con la que se acepta. Los protagonistas de “Casa tomada” nunca enfrentan aquello que los desplaza; simplemente retroceden.  Algo similar ocurre con las sedes mundialistas y en particular en la Ciudad de México: plazas públicas cambian de función, vendedores desaparecen temporalmente y ciertas zonas urbanas dejan de pertenecer por completo a sus habitantes cotidianos.

La FIFA ocupa sin quedarse; administra sin gobernar formalmente. Sin embargo, durante unas semanas, su poder resulta más visible que el de muchas autoridades locales. El lenguaje mismo lo revela: “perímetros de seguridad”, “zonas exclusivas”, “última milla”, “anillos de seguridad”. La Ciudad de México adopta la lógica de una plaza sitiada por la organización del espectáculo global.

Y aun así, pocos se resisten. Como los personajes de Cortázar, las ciudades aceptan el avance porque el Mundial representa una promesa de celebración. Nadie quiere ser quien cierre la puerta a la mayor fiesta del futbol.

Cuando termine el Mundial y las luces del espectáculo se apaguen. Puede ser que las capital descubra que cedió más que el Estadio Azteca o avenidas: entregó partes enteras de su vida cotidiana para sostener una fiesta global administrada desde fuera. Y acaso, como en el desenlace de “Casa tomada”, llegue el momento de mirar atrás demasiado tarde, cuando ya no quede más remedio que abandonar el espacio ocupado.

Entonces vendrá el silencio. Las calles volverán a abrirse, las vallas desaparecerán y los patrocinadores desmontarán sus territorios temporales. Pero algo habrá cambiado. Como los hermanos de Julio Cortázar, la Ciudad de México quizá salga “con lo puesto”, resignada a haber cedido la casa sin oponer resistencia.

Archivado en