“La invasión de los ladrones de cuerpos”: paranoia colectiva y el suspenso de la UACM

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Hay películas que no envejecen. No necesitan efectos digitales ni presupuestos millonarios para mantenerse vigentes. Podrían rehacerse hoy con tecnología deslumbrante y maquillar lo impecable, pero seguirían siendo versiones —quizá más espectaculares— de obras que lograron mucho más con recursos mínimos.

Ese es el caso de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), dirigida por Don Siegel y basada en la novela de Jack Finney. Con un presupuesto modesto, la película construye un clima asfixiante de paranoia colectiva. La premisa es sencilla y perturbadora: unas semillas provenientes del espacio generan vainas que replican cuerpos humanos mientras estos duermen. Al amanecer, la copia ocupa el lugar del original.

La verdadera fuerza del filme no reside en la ciencia ficción, sino en la sospecha constante: cualquiera puede haber sido sustituido. El vecino de siempre, el amigo cercano, el colega de trabajo. La normalidad, cuando es impostada, se vuelve inquietante.

La cinta original fue leída en su momento como una alegoría de la Guerra Fría y el clima de persecución ideológica promovido por el macartismo en Estados Unidos. El miedo a la infiltración y a la deshumanización recorre la trama.

La metáfora cinematográfica encuentra eco en los pasillos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). El conflicto laboral que mantiene a la institución al borde de la huelga no solo se disputa en las mesas de negociación, sino también en el terreno simbólico.

Según denuncian trabajadores, mientras más de 200 plazas de base permanecen vacantes, la administración ha recurrido al llamado Capítulo 1000 para contratar personal bajo el esquema de “servicios profesionales”.

El efecto es doble: por un lado, se precariza el trabajo; por otro, se proyecta hacia el exterior la imagen de que la universidad opera con normalidad. Una normalidad que, vista de cerca, puede resultar inquietante. Como en la película de Siegel, la pregunta no es solo quién está presente, sino quién ha sido reemplazado.

Otra situación inquietante fue lo ocurrido en algunos planteles, donde ciertos grupos, aunque sin éxito, intentaron confundir a los estudiantes y a la comunidad para tomar la universidad antes que los trabajadores, con el fin de que, en caso de que estallara la huelga, la administración pudiera declararla inexistente. ¿Serán esas personas, como en la película, enviados de la administración? La pregunta queda en el aire.

En la UACM, la huelga permanece en suspenso. Las demandas continúan sobre la mesa. El desenlace aún no está escrito. Pero si algo enseña la película de Siegel es que la simulación puede sostenerse solo mientras exista voluntad para mantenerla.