Poesía para los que esperan 

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“Esta perra soledad / ladra / muerde / sin bozal ni cadena / ni alguien más / que se entere”: Julio Ramírez nos advierte sobre la soledad en su nuevo poemario Ladrido de ángeles, donde retoma elementos poéticos e imágenes que lo han acompañado a lo largo de su obra. Dicen por ahí que Julio es un poeta “del alba”, y este poemario no es la excepción.

“Desde hace muchos años / escribe en servilletas / habla con nadie / entre cigarros y yernos / un trago de café y una cerveza / atizan bien la luz / cuando hace falta / nada es el alba / sin estas buenas pláticas”. El poeta una vez me contó, en su taller, que su oficio no era labor de cobardes, que no tenía miedo de señalar incluso las situaciones más íntimas, donde la voz poética se queda a reflexionarse. Ese ejercicio de no escatimar fuerza en el yo lírico, en Ladrido de ángeles, se muestra de inicio a fin: no tiene piedad con la soledad ni con la necesidad de nombrarla.

El poeta conoce la noche, la celebración de la vida y la soledad que siempre aparece en cualquier fiesta: “Admiro a los que viven / esperando la celebración / del día siguiente / y dejan pasar la fiesta de la vida / amo a los que pasan lista / sin estar en la cartilla / de invitados”. Conoce también, al igual que Rubén Bonifaz Nuño, a “los que fueron invitados / una vez (…) y fueron puntuales; y en una puerta / ya mucho después de entrados todos / supieron que no se cumpliría / la cita, y volvieron despreciándose”. De esa soledad en las celebraciones creo que, como dice el poeta, “las reuniones multitudinarias / sirven para estar solos”.

“Nada es la sonrisa sin los ángeles: el vidrio es la mejor contribución del fuego / copas vacías / en alas que son para dormir”. Julio lo sabe: el vidrio es la compañía de los que esperan el alba y nos lo recuerda a lo largo del libro. Sabe que no hay nocturno sin la refracción del vidrio. “Y se miró en el agua del arroyo ahora que no era el de entonces / los ojos y la mirada cambian / como las fechas en los calendarios / llega tarde a la cita (nunca ha encontrado a nadie) / de nada sirve el tiempo / si no mira el reloj”. El poeta tiene la certeza de que la experiencia del tiempo es también la experiencia de la pérdida.

Ladrido de ángeles se levanta como un libro sobre la espera y la conciencia de la soledad. Julio Ramírez explora ese territorio donde la fiesta y el silencio conviven, donde la celebración de la vida también revela sus huecos. Su poesía vuelve una y otra vez al alba, a esa frontera entre la noche y la claridad donde el poeta se mira a sí mismo y reconoce el paso del tiempo. En estos poemas, la soledad no es solo un tema, sino una condición inevitable de la experiencia humana: el lugar desde donde se recuerda, se celebra y también se pierde. Así, nos deja una poesía para quienes permanecen despiertos hasta el alba, para quienes saben que, incluso entre multitudes, siempre hay un momento en que cada uno debe enfrentarse a su propia noche.