Por Alejandro Ávila Peña
La infancia es ese territorio que todos habitamos alguna vez: un espacio hecho de anhelos, risas, lágrimas y descubrimientos, atravesado por una cualidad esencial —la inocencia— que con el tiempo se erosiona. Es también un recuerdo engañoso: parece cercano, pero se experimenta a la distancia, como fragmentos dispersos que sobreviven en la memoria. En ese periodo, ciertas rupturas —familiares, emocionales o sociales— irrumpen sin previo aviso y comienzan a agrietar la ternura, abriendo paso a una comprensión más compleja y, muchas veces, dolorosa del mundo.
Infancia en ruinas
La ópera prima de Ernesto Martínez Bucio, ‘El Diablo Fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)’, se instala justamente en ese punto de quiebre. A través de cinco miradas infantiles, la película aborda temas como el abandono, la precariedad y la salud mental sin recurrir a explicaciones evidentes. Ambientada en el México de los años noventa, la historia sigue a cinco hermanos que, tras la desaparición de su madre y la partida del padre en su búsqueda, quedan al cuidado de su abuela: una figura tan protectora como inquietante, que asegura tener contacto con el diablo.
Bucio construye un retrato de época minucioso, pero evita caer en la nostalgia complaciente. Los juegos en el patio, la televisión encendida o la vida en la calle no son simples guiños generacionales, sino elementos que contextualizan una infancia marcada por la ausencia. El trasfondo político, con ecos del programa Solidaridad durante el sexenio de Carlos Salinas, intensifica la lectura social: la precariedad que habitan los personajes se convierte en una respuesta silenciosa a un discurso oficial que prometía lo contrario.
La casa como memoria
Uno de los mayores aciertos del filme reside en su lenguaje visual. La cámara parece infiltrarse en la intimidad de los personajes con una sensibilidad casi documental. Hay encuadres que remiten a fotografías olvidadas, a álbumes familiares que resurgen con el paso del tiempo. La textura que evoca al VHS no solo añade una capa estética, sino que refuerza la idea de memoria: lo que vemos no es solo una historia, sino un recuerdo en proceso de descomposición.
La casa, epicentro del relato, se convierte en un espacio dual: refugio y amenaza. En sus pasillos conviven el juego y el abandono, la complicidad y el miedo. Bucio evita el dramatismo explícito; en cambio, deposita el peso emocional en los silencios, en las ausencias, en aquello que no se dice, pero se percibe. La falta de información sobre los padres, lejos de ser una debilidad narrativa, reproduce con precisión la experiencia infantil: los niños no comprenden del todo lo que ocurre, solo lo sienten, al igual que el espectador.
Entre lo real y lo imaginado
El elenco infantil sostiene la película con una naturalidad notable. Cada uno de los cinco hermanos encarna distintas formas de procesar la pérdida: desde la rabia hasta la negación, pasando por la ternura y el desconcierto. En conjunto, construyen un tejido afectivo donde el amor fraternal funciona como último bastión frente al abandono.
En paralelo, el personaje de la abuela introduce una dimensión inquietante. A través de ella, el filme explora la fragilidad de la salud mental, estableciendo un espejo entre la niñez y la vejez: dos etapas donde la percepción de la realidad puede desdibujarse. Lo que para los niños es autoridad, para el espectador puede ser síntoma de deterioro.
La figura del diablo emerge entonces como un eje simbólico fundamental. No es solo una presencia fantástica, sino una representación ambigua del consuelo y la amenaza. En contraste con la imagen idealizada del Papa Juan Pablo II, el diablo encarna una lógica más compleja: puede ofrecer refugio, pero también canaliza el dolor y la desesperación. Bucio no impone una lectura única; deja que lo fantástico se infiltre en lo cotidiano, generando un relato donde lo onírico y lo real coexisten.
‘El Diablo Fuma…’ es, en suma, un debut arriesgado y profundamente sensible. Aunque por momentos su ritmo puede resultar irregular y su narrativa esquiva, estas decisiones parecen responder a una intención clara: capturar la experiencia fragmentaria de la infancia. La película entiende que crecer implica perder certezas, pero también encontrar, incluso en la oscuridad, formas inesperadas de esperanza. La película llegará a las salas de cine el próximo 23 de octubre.
La película obtuvo el Premio GWFF a la Mejor Ópera Prima en la sección Perspectives del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale 2025), uno de los reconocimientos más relevantes a nivel mundial para primeras películas.