Por Michelle Cortina
En los últimos años, la escena musical ha encontrado un espacio para albergar a agrupaciones que rompan con lo convencional y se adentren en universos sonoros que les permita experimentar sin límites creativos existentes. Es así que en un panorama donde lo predecible suele dominar, Gilla Band lleva más de una década insistiendo en lo contrario: incomodar, tensar y empujar el sonido hasta el límite. En entrevista para el Diario de México, el grupo compartió el estado actual en el que se encuentran. Desde Dublín, el cuarteto ha construido una identidad que no busca encajar, sino desbordarse.
Su reciente paso por la Ciudad de México, el pasado 18 de abril como acto de apertura para The Flaming Lips en el Pabellón del Palacio de los Deportes, reafirmó esa esencia. Desde el escenario, la experiencia se sintió inmediata, casi física. La respuesta del público entregado y presente terminó por moldear la intensidad del show. “Eso cambia completamente cómo se percibe la música”, sugieren, dejando claro que en vivo no se trata de replicar, sino de transformar.
El reencuentro con el público mexicano, tras varios años de ausencia, no se sintió ajeno. Más bien, natural. Hay algo en esa conexión que no necesita demasiada explicación: sucede. Y aunque evitan hablar de influencias directas, reconocen que cada lugar deja una huella, no como referencia explícita, sino como una especie de atmósfera que eventualmente se filtra en su proceso creativo.
Identidad que no busca encajar, sino desbordarse
En estudio, Gilla Band construye universos minuciosos, casi quirúrgicos. Pero en vivo, ese control se diluye. O mejor dicho, se reemplaza. La precisión no desaparece, simplemente convive con lo impredecible. “La estructura siempre está ahí”, pero lo que ocurre encima puede mutar. Es en ese espacio donde su música encuentra sentido: una tensión constante entre lo que se sostiene y lo que parece a punto de colapsar.
Esa dualidad también se refleja en el uso del silencio. En medio del ruido abrasivo, las pausas no son un descanso, sino una herramienta. Generan expectativa, incomodidad, anticipación. Sin ellas, todo perdería peso.
Más que buscar una conexión directa con el público, la banda parece interesada en provocar una reacción. Lo demás, la catarsis, la identificación llega como consecuencia.
Un universo anormal
A la distancia, Most Normal (2022) se percibe como un documento encapsulado en su propio contexto. Un registro de un momento específico que hoy pueden observar desde fuera. Con el tiempo, algo cambió: quizá menos urgencia, pero más claridad. No hay un quiebre evidente en su proceso creativo, sino transformaciones graduales, casi imperceptibles.
Sobre la idea de normalidad —concepto que atraviesa su trabajo— la respuesta es ambigua. O más bien, irrelevante. Lo “normal” no parece ser una medida útil dentro de su universo. Su proceso creativo tampoco responde a una lógica de construcción tradicional. Más que añadir, se trata de quitar: reducir las ideas hasta que solo permanezca lo esencial.
En ese ejercicio, las texturas juegan un papel central. No parten necesariamente de imágenes, sino de sensaciones físicas, de intuiciones difíciles de nombrar. Lo mismo ocurre con la repetición: puede desgastar o intensificar, dependiendo de cómo se articule.
Caos preciso
En cuanto a temas contemporáneos como la inteligencia artificial, su postura es clara, incluso escéptica. No les interesa particularmente. La comparan con la primera vez que alguien usa una calculadora: puede parecer impresionante al inicio, pero en el fondo cumple una sola función. No transforma su manera de hacer música ni redefine su idea de lo “normal”.
Si su sonido tuviera un equivalente en el cine, sería algo tenso, fragmentado, con cambios abruptos y una narrativa poco convencional. Una experiencia más que una historia lineal.
Lejos de establecerse, Gilla Band sigue en movimiento. Exploran nuevas texturas, empujan hacia territorios electrónicos, pero sin una dirección fija. Porque, al final, no hay un destino claro. Solo el impulso constante de seguir haciendo ruido, de seguir afinando ese caos preciso que los define. Es así como una de las bandas más provocativas de la industria, sigue moviéndose en una industria progresiva, destacando por su orignalidad y compromiso de seguir esculpiendo un ruido controlado.