Por Alejandro Ávila Peña
Con una historia emotiva, encantadora e introspectiva es que ‘Las Ovejas Detectives’ (adaptación de la novela de Leonie Swann) se posiciona como una de las propuestas más frescas y divertidas que llegan a la cartelera mexicana. Bajo la dirección del espléndido Kyle Balda (Minions), este relato se construye como una conmovedora historia familiar que aborda la muerte no desde un punto trágico, sino como una disección de los vínculos afectivos que se forjan en vida y de la importancia de creer en lo que uno ama, y no en lo que se nos exige creer.
La historia se centra en el noble pastor George Hardy, interpretado por Hugh Jackman, quien posee una granja habitada por una peculiar comunidad de ovejas a las que, cada tarde, les lee relatos policiacos. El giro dramático ocurre cuando, una mañana, las ovejas encuentran a su dueño muerto en el césped. A partir de ese momento, se detona una investigación para descubrir quién es el responsable de la muerte de su entrañable cuidador.
Fábula, noir y humor: un equilibrio inesperado
A partir de esta premisa se elabora una historia que mezcla drama, investigación policial y un humor familiar que vuelve al relato accesible para todo público. La producción, aunque modesta, aprovecha un pueblo pintoresco y un entorno rural envolvente donde las piezas del misterio comienzan a encajar con ritmo preciso. El eje central recae en el grupo de ovejas de Hardy, lideradas por Lilly, “la oveja más lista del mundo”, cuya fascinación por el género policial se convierte en motor narrativo. Podría decirse que por momentos la película suele recordar a la célebre ‘Knives Out’ debido a la intriga policial que hay en el relato, pero, el sentido de humor le da una frescura al filme que por momentos la vuelve más entrañable. Lilly es un personaje con miedos, inseguridades y demonios internos, lo cual la vuelven en alguien real y entrañable; lo ingenuo del personaje hace que se vuelva en alguien encantadora, haciendo que por momentos, la película recuerde a clásicos como ‘Babe el puerquito valiente’ o el tierno oso ‘Paddington’. De esta manera, el metraje se enmarca como la película familiar mejor lograda este año y en mucho tiempo, debido al profundo corazón que hay en cada escena.
A su alrededor gravita un reparto coral que refuerza la intriga y la textura emocional del relato: Emma Thompson aporta una presencia sobria y magnética; Nicholas Galitzine encarna con soltura a uno de los forasteros clave en la investigación; Nicholas Braun construye un oficial entrañable desde su torpeza; Molly Gordon suma vulnerabilidad y carácter; mientras que Olivia Colman y Jim Broadbent enriquecen el universo con apariciones que elevan el tono entre lo excéntrico y lo humano. Esta diversidad de registros permite que la cinta respire como un auténtico relato detectivesco, donde cada personaje es una pista emocional.
El duelo como lenguaje: memoria, pertenencia y esperanza
Lo que dota de verdadera personalidad al relato son las ovejas, pues desde su perspectiva se abordan temas complejos como la memoria, el duelo, el sufrimiento emocional, la trascendencia espiritual, el miedo y el sentido de pertenencia. Todos estos ejes se trabajan con una precisión notable: no desde un tono aleccionador, sino mediante momentos emotivos que funcionan como un espejo para el espectador.
El guion de Craig Mazin —reconocido por su trabajo en Chernobyl— es uno de los grandes aciertos del metraje: logra equilibrar con destreza el humor absurdo con una reflexión existencial profunda, sin subestimar nunca a su audiencia. Su escritura encuentra un punto medio entre la fábula y el noir, permitiendo que los temas más densos se filtren con naturalidad a través de situaciones entrañables y, por momentos, inesperadamente divertidas.
La película es consciente de la complejidad de hablar sobre la muerte, por lo que recurre a la fantasía como un puente sensible. Ideas como que al morir “uno se convierte en una nube con forma de oveja” no trivializan la pérdida, sino que la resignifican desde la ternura. Este enfoque le permite desmarcarse de otras propuestas del género y construir una identidad genuina.
Un relato cálido que perdura más allá del misterio
Aunque George Hardy aparece poco en pantalla, Hugh Jackman dota cada escena de una calidez singular que evidencia lo noble y bondadoso de su personaje. Su legado emocional se convierte en el eje que articula tanto la investigación como el crecimiento de los demás personajes.
La película combina humor absurdo, misterio y una fábula con tintes mitológicos en una estructura que logra conectar con públicos de distintas edades. Esa dualidad —entre ligereza y profundidad— es la que permite que el relato trascienda su propia premisa y se convierta en una experiencia emocionalmente resonante.
La pérdida no se esconde: atraviesa cada escena como una presencia constante. No solo se trata de la muerte física, sino de pérdidas simbólicas: la memoria como refugio, la ausencia de una figura paternal, el miedo a quedarse solo. Sin embargo, la película nunca se instala en la oscuridad; son precisamente esas grietas las que permiten que florezca la esperanza.
Con una dirección cuidada, un elenco entrañable y una historia introspectiva, Las Ovejas Detectives se consolida como una de las propuestas más bellas del año: un relato donde el misterio importa, sí, pero donde lo verdaderamente inolvidable es la forma en que nos recuerda que incluso en la pérdida puede existir comunidad, sentido y, sobre todo, amor.
