Paralelo al Río Magdalena, en un rincón del tercer Dinamo, corre un canal artificial construido tras décadas de ensayo y error. Bajo la superficie, miles de truchas crecen tranquilamente, mientras el bosque cubre la montaña y el aire huele a pino húmedo.
Estamos en Rancho La Rosita, propiedad de Cándido Estrada López, un jovial hombre en sus tempranos sesenta que tiene tantas anécdotas como peces en su criadero.
En medio de este paisaje, el lugar se ha convertido desde hace años en una parada obligada para quienes buscan comer pescado fresco en plena naturaleza y a precio justo.

Don Cándido nos recibe junto a su familia, quienes comienzan el recorrido por el criadero. La primera parada es la fosa donde se encuentran los peces listos para la venta, resultado de meses de alimentación, dedicación y trabajo diario.
El canal artificial, que tiene capacidad para producir hasta 50 mil truchas, es fruto de 40 años de observación y aprendizaje. Don Cándido recuerda que desde niño, cuando capturó su primera trucha en este mismo río, decidió que lo suyo sería la pesca, incluso si para lograrlo debía crear su propio espacio para criarlas.

El sistema fue diseñado desde cero y con puro ingenio de Don Cándido para simular el ciclo de vida del pez. El agua corre de arriba hacia abajo y en cada sección se encuentran truchas de distintas edades. En la parte final viven los ejemplares más grandes, que no están destinados a la venta, sino que funcionan como sementales para mantener la producción, mientras que al principio, se encuentran los peces destinados a la venta.
Entre las especies destaca una llamada “oro viejo”, criada especialmente en el lugar. Don Cándido se detiene, saca con cuidado uno de los peces y, como una padre a su hijo, lo muestra con orgullo.

El productor explica que el alimento que utiliza es de primera calidad. Al principio, cuando tenía pocos peces, intentó alimentarlos con lombrices criadas por él mismo, pero el sistema resultó insuficiente cuando la producción comenzó a crecer. Hoy utiliza pellets elaborados con proteína animal.
Todo este proyecto depende del Río Magdalena, el último río vivo de la Ciudad de México. Don Cándido lo sabe bien y por eso se declara un defensor de este cuerpo de agua. Durante el recorrido cuenta que cualquier problema río arriba puede afectar su trabajo.
Desde animales muertos hasta contaminación por descargas, todo repercute en el criadero. Si las condiciones del agua cambian, las truchas pueden enfermar o incluso morir.
“La pesca es la mejor actividad, te vuelve honesto y trabajador”, dice mientras su nieto, ya acostumbrado al oficio, maniobra con una red dentro de los estanques.

El recorrido termina, pero la charla continúa. Don Cándido habla de los apoyos que ha recibido a lo largo de los años y de cómo los ha utilizado para hacer crecer su patrimonio y generar empleo. Incluso cuenta que parte de su producción abastece restaurantes de la zona.
También menciona algunos proyectos que mantiene en mente, como empacar pescado al alto vacío o venderlo marinado, aunque reconoce que esos planes todavía tendrán que esperar.
Las historias pasan de temas ambientales a anécdotas policiales, e incluso relatos sobrenaturales que el productor ha vivido a lo largo de su vida. No falta material para la conversación.

El recorrido termina donde comenzó. Allí nos recibe su esposa, pieza fundamental del proyecto y encargada de la cocina. Pregunta si vamos a comer y ofrece lo más natural del lugar: trucha recién pescada.
Sin perder tiempo, el nieto recoge varios peces con una red y los prepara para la cocina. A continuación, una joven limpia cuidadosamente las piezas mientras el agua de manantial corre por el fregadero. Minutos después, las truchas desaparecen rumbo a los fogones.
Es lunes y el menú es sencillo: trucha al mojo de ajo. Los fines de semana, explica la familia, también puede prepararse empapelada, a la diabla, al ajillo o frita como chicharrón. El límite es la imaginación.

Mientras los platillos están listos, el tiempo pasa despacio. Desde la mesa se puede observar a las truchas nadar en los estanques. El sonido del agua y el bosque alrededor crean una escena casi hipnótica, ajena al caos cotidiano.
Por momentos es fácil olvidar que la Ciudad de México está a pocos kilómetros río abajo.
Finalmente llega la comida. La familia nos invita a sentarnos alrededor de la mesa, acompañada de tortillas calientes hechas a mano y una salsa roja que sería pecado no usar.

La carne del pescado es suave, fresca y llena de sabor. Basta un bocado para entender por qué este sitio ha ganado fama alrededor del mundo.
“¿Qué me falta?”, pregunta Don Cándido en medio de la charla, mostrando su plato con orgullo. La respuesta parece evidente: nada.
Aire limpio, agua cristalina y comida fresca. Puede parecer simple, pero en una ciudad grande y caótica como la capital, es justamente lo que ofrece Rancho La Rosita.

Precios y cómo llegar
Una pieza de trucha cocinada, al gusto, cuesta 200 pesos. Si uno opta por llevarla a casa, el kilo se ofrece en 250 pesos, ya limpia y fileteada, lista para poner en el sartén.
El acceso a los Dinamos tiene un costo de 25 pesos por automóvil.
Para llegar, es necesario tomar el único camino que recorre Los Dinamos y tomar la desviación a la derecha, justo en el letrero que reza "Rancho La Rosita", a la altura del tercer dinamo. Hay estacionamiento en el lugar. Los días más concurridos con fines de semana y festivos.
