Ir al contenido principal
Estadio Azteca Foto: Archivo
Estadio Azteca Foto: Archivo

En la vida hay muchos suplicios. Parte del arte de vivir consiste en aprender a superarlos o, al menos, a convivir con ellos. Sin embargo, hay uno para el que nadie me preparó: vivir junto al Estadio Azteca durante las obras del Mundial.

Sí, ya sé que oficialmente ya no se llama Estadio Azteca. No importa. Para mí, para millones de personas y para buena parte de esta ciudad, seguirá siendo el Azteca.

Por fin se jugó el primer partido de la gran fiesta futbolística. Para muchos fue motivo de celebración. Para quienes vivimos cerca del estadio, en cambio, significó el final de casi un año de obras, caos y promesas incumplidas.

Desde el principio quedó claro que el objetivo era facilitar la llegada de los aficionados al estadio, no mejorar la vida de quienes habitamos la zona. Los beneficios para los vecinos fueron, en el mejor de los casos, un efecto secundario.

Hubo días en que un trayecto habitual de hora y media se convertía en una odisea de tres horas y media. Vivimos inundaciones, manifestaciones, bloqueos, accidentes y construcciones eternamente inconclusas. Durante meses, el Tren Ligero fue sustituido por camiones RTP rebasados por la demanda. Salir de casa requería planeación militar; regresar era una apuesta. Más de una vez resultó más práctico perder el tiempo en cualquier otro punto de la ciudad que intentar volver a casa.

Poco a poco, la ciudad entera pareció concentrarse en los alrededores del estadio. El tránsito se volvió impredecible. Las calles dejaron de pertenecer a quienes viven en ellas para convertirse en corredores de acceso a un espectáculo que todavía ni siquiera comenzaba.

Cuando anunciaron las obras, las autoridades insistieron en que no eran únicamente para el Mundial. Nos dijeron que serían mejoras permanentes, infraestructura para el futuro, inversiones que beneficiarían a la comunidad durante décadas. Era el argumento: sufrir hoy para vivir mejor mañana.

Nunca les creí.

Y, a estas alturas, creo que tenía razón.

La vida en las colonias sigue siendo prácticamente la misma. Arreglaron algunas banquetas. Colocaron lámparas donde ya había lámparas. Supongo que eso cuenta como progreso. O quizá sea una metáfora involuntaria de nuestros gobernantes: iluminar lo que ya estaba iluminado mientras permanecen en la oscuridad los problemas de siempre.

Lo que sí cambió fue nuestra rutina. Nuestras familias pagaron el costo de la obra todos los días. Conocí propietarios de casas alrededor del estadio que pasaron meses viviendo entre polvo, ruido y taladros. La modernización prometida llegó acompañada de molestias muy reales y beneficios difíciles de encontrar.

Todo esto me recordó el título de un libro de Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. No por su contenido, sino porque las obras del Mundial terminaron afectando precisamente esos tres ámbitos.

Afectaron a las familias, que vieron alterada su vida cotidiana durante meses. Afectaron a la propiedad privada, cuyos dueños tuvieron que soportar el deterioro de su entorno inmediato. Y afectaron nuestra relación con el Estado, que una vez más tomó decisiones en nombre del interés colectivo mientras los costos recaían sobre un grupo reducido de ciudadanos.

Ahora que el Mundial ya está aquí, solo queda esperar que la derrama económica de la que tanto se habló exista realmente. No espero que llegue a quienes soportamos las obras durante meses. Tampoco espero que transforme nuestras colonias.

Pero después de todo este tiempo, uno aprende que las expectativas son peligrosas. Y que, a veces, la esperanza no es lo último que se pierde.

Es lo primero.

 

Sobre el autor

Captura de pantalla 2025-08-06 a la(s) 9.17.04 p.m..png
Aaron Cruz Soto