Porqué me quité del vicio

La Cruda de Monterrey: Análisis de la derrota de Tigres ante Chivas y la resaca social (Foto Mexsport)
La Cruda de Monterrey: Análisis de la derrota de Tigres ante Chivas y la resaca social (Foto Mexsport)

Domingo gris sobre Monterrey.

Aire denso, sudor viejo, latas vacías encima del fregadero, humo rancio pegado sobre cortinas baratas. Desde temprano surgieron caras largas dentro del vagón urbano, miradas perdidas rumbo al celular, silencio raro para una ciudad adicta al ruido, al claxon, al grito cantinero, al insulto futbolero lanzado desde cualquier esquina.

Tigres cayó frente a Chivas dentro del estadio tapatío; caída dolorosa, lenta, ridícula, casi teatral. Durante varios minutos apareció una ventaja mínima, raquítica, miserable, similar a una curita sobre fractura abierta. Guido Pizarro apostó por refugio, línea atrasada, piernas temblorosas, alma ratonera. Resultado final: desastre absoluto.

Ayer por la madrugada sonaron vasos rotos dentro de varios hogares regiomontanos. Algunos individuos terminaron dormidos sobre sillones ajenos; otros lanzaron improperios hacia primos, novias, suegras, compadres, vecinos. Varias amistades acabaron hechas ceniza digital mediante grupos familiares llenos de mensajes furiosos. Un sujeto, borracho hasta niveles bíblicos, intentó brincar una barda sobre avenida Leones; terminó abrazado contra un mezquite mientras lloraba por Nahuel Guzmán, figura ausente durante instantes críticos. Otro individuo juró jamás volver hacia cerveza alguna; promesa similar a dieta iniciada durante enero, destinada al fracaso antes del próximo viernes.

Por tal motivo abandoné semejante vicio.

Muchos años atrás todavía encontraba diversión dentro del ritual futbolero: carne asada, cumbia sonidera, humo proveniente desde carbón barato, apuestas absurdas, abrazos entre desconocidos. Hoy surge otra cosa: cansancio moral. Cada torneo deja saldo parecido a resaca emocional colectiva. Miles viven pendientes alrededor de once hombres persiguiendo balón caprichoso mientras corrupción, violencia, salarios miserables, políticos inútiles avanzan sin oposición. Resulta sencillo comprender tanta desesperación. Durante épocas miserables, cualquier triunfo deportivo sirve como parche sentimental.

Sin embargo, la noche del sábado ni siquiera apareció tal parche.

Guido Pizarro lució superado desde banca técnica. Mirada perdida, movimientos nerviosos, sustituciones tardías, nula visión ofensiva. Tigres retrocedió metro tras metro hasta terminar arrinconado como boxeador veterano durante último round. Chivas olió miedo. El miedo siempre deja aroma reconocible; parecido al sudor agrio surgido dentro transporte público durante agosto. Apenas llegó primer gol rojiblanco, numerosos aficionados felinos comprendieron el destino inevitable. Algunos apagaron la televisión. Otros buscaron refugio dentro del tequila. Varias parejas iniciaron discusiones inútiles alrededor de platos todavía llenos.

Monterrey amaneció crudo.

No hablo únicamente acerca alcohol. Existe cruda espiritual, deportiva, social. Cruda nacida tras décadas completas alimentando del orgullo industrial mientras la realidad urbana ofrece baches lunares, transporte insufrible, rentas delirantes, contaminación capaz, incluso, de volver gris una sonrisa infantil. El futbol sirve como válvula emocional. Cuando Tigres gana, numerosos individuos soportan la oficina tóxica durante lunes el infernal. Cuando Tigres pierde mediante actitud cobarde, toda frustración cotidiana explota sin control.

La noche del sábado varios regiomontanos fabricaron enemigos nuevos. Algunos terminaron peleando contra familiares americanistas; otros lanzaron insultos hacia seguidores rayados, felices mediante desgracia ajena. Desde San Nicolás hasta Guadalupe surgieron discusiones similares a debates parlamentarios dirigidos por simios armados con memes. Hubo puertas azotadas, vasos destruidos, relaciones sentimentales pendiendo desde el hilo microscópico. Todo debido a una pelota girando sobre el césped tapatío. El balón posee humor cruel.

A veces concede gloria inmerecida; otras ocasiones castiga soberbia, miedo, conformismo. Tigres jugó como conjunto diminuto pese a nómina gigantesca. Defensa atrasada, mediocampo cansado, delanteros aislados. Parecía plantel construido para sobrevivi unar tormenta nuclear dentro de un refugio subterráneo. Nadie buscó el segundo gol. Nadie intentó dominio real. Guido prefirió cuidar la ventaja microscópica mientras el reloj avanzaba con lentitud funeraria. Mala decisión. Dentro del futbol moderno, refugiarse demasiado suele terminar mediante el castigo inmediato.

Sin embargo, tampoco conviene dramatizar hasta nivel apocalíptico.

El deporte todavía enaltece el espíritu humano. Incluso dentro de la derrota surgen lecciones valiosas. Un niño presente anoche frente al televisor posiblemente aprendió acerca dignidad deportiva; tal vez descubrió la importancia del esfuerzo colectivo, del fracaso compartido, del orgullo mantenido pese dolor. Otro niño quizá vio llorar a su padre por primera ocasión. Tal imagen contiene poesía extraña: hombre adulto destruido emocionalmente por el resultado ajeno, aun así abrazando la camiseta auriazul como bandera sobreviviente tras la batalla perdida.

México atraviesa tiempos oscuros. Noticias diarias parecen redactadas por un guionista alcohólico obsesionado con la tragedia: desapariciones, corrupción, incendios, violencia política, inflación salvaje, influencers convertidos hacia gurús financieros. Dentro semejante paisaje, noventa minutos todavía permiten cierta evasión emocional. Por eso duele tanto una derrota absurda. No hablamos solamente acerca marcador; hablamos acerca de la ilusión colectiva aplastada durante una noche húmeda.

Mientras tanto, rumbo al mal llamado Mundial 2026, el panorama continental tampoco inspira tranquilidad. Estados Unidos aparenta enorme circo gobernado por un narcisista incapaz, incluso, de modular rabietas públicas. Discursos incendiarios, políticas migratorias crueles, paranoia permanente, divisiones sociales enormes. Lo único seguro allá resulta precisamente la inseguridad cotidiana. Aeropuertos militarizados, ciudadanos armados hasta los dientes, ansiedad colectiva escondida detrás de banderas patrióticas gigantescas. Numerosos empresarios mexicanos todavía venden el sueño americano como producto milagroso; sin embargo, varios migrantes únicamente encuentran jornadas eternas, alquileres imposibles, miedo constante.

FIFA sonríe feliz frente a montañas dinero. Directivos brindan mediante whisky carísimo, mientras ciudadanos comunes apenas sobreviven pagando boletos, plataformas digitales, paquetes turísticos absurdos. El Mundial 2026 llegará acompañado por el marketing insoportable, estadios relucientes, influencers fingiendo pasión deportiva. También llegarán redadas migratorias, sobreprecios hoteleros, explotación laboral, vigilancia tecnológica. El futbol moderno luce similar a casino elegante construido encima de un cementerio.

Aun así, seguimos mirando los partidos. Tal contradicción define la naturaleza humana.

Durante la madrugada del domingo observé la cantina semivacía cerca de la avenida Constitución. Tres aficionados tigres permanecían sentados frente a la mesa pegajosa. Ninguno hablaba demasiado. Uno mascaba hielo; otro miraba la repetición del gol rojiblanco mediante el celular roto; el tercero soltaba carcajadas extrañas, similares al llanto posterior hacia funeral.  El cantinero limpiaba vasos sin prisa mientras sonaba José Alfredo Jiménez desde una bocina reventada. En determinado momento alguien murmuró: “Todavía falta la Concachampions”. Nadie respondió inmediatamente. Después surgió un brindis triste, resignado, casi filosófico.

Sí, todavía falta la Concachampions. Ahí espera el Toluca dirigido por el Turco Mohamed, viejo conocido dentro de la selva futbolera nacional. Personaje astuto, irónico, sobreviviente nato. Numerosos aficionados felinos ya imaginan la revancha continental capaz incluso de lavar la vergüenza reciente. Otros prefieren no ilusionarse demasiado; la experiencia previa funciona como vacuna emocional. Sin embargo, el futbol vive precisamente gracias a tal esperanza absurda. Siempre aparece el próximo torneo, el siguiente partido, la nueva oportunidad destinada posiblemente hacia otra decepción monumental.

Por eso abandoné el vicio alcohólico. Resultaba innecesario añadir resaca química encima de resaca futbolera. Basta observar el rostro regiomontano durante el lunes posterior a una derrota importante para comprender la dimensión completa del desastre. Ojos hinchados, humor podrido, productividad inexistente. Monterrey funciona mediante la gasolina emocional llamada futbol; cuando el motor falla, toda ciudad tambalea ligeramente.

Tigres perdió. Guido Pizarro salió señalado. Chivas celebró bajo el cielo tapatío. Miles despertaron crudos, furiosos, derrotados. Aun así, mañana volverán a oficinas, camiones, fábricas, escuelas, carnicerías, talleres mecánicos. La vida continúa, terquísima, indiferente frente marcador final.

Tal vez allí reside la única victoria posible.

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