La salida de San Pedro Garza García hacia Monterrey siempre ha sido una pista de Fórmula 1 patrocinada por el ego. Ahí nadie maneja; todos compiten. El reglamento vial es una novela de ciencia ficción. Las direccionales son adornos de lujo. El claxon, un instrumento de percusión urbana. Y cada conductor lleva dentro un pequeño dictador tropical convencido de que el carril izquierdo es herencia familiar.
Eran casi las seis de la tarde, la hora santa del tráfico regio. Hora en la que los godínez liberados salen disparados como becerros financieros rumbo a sus privadas, sus carnes asadas o sus divorcios silenciosos.
Yo venía manejando a la defensiva, o eso creía. Porque manejar a la defensiva en Monterrey es como ir vestido de monja a un table dance: tarde o temprano alguien va a empujarte contra el pecado.
La fila avanzaba con esa elegancia del drenaje tapado. Metro por metro, bumper con bumper, respirándonos la deuda automotriz unos a otros. Y ahí apareció ella: camioneta enorme, blanca, de esas que parecen refrigerador con placas, altiva y polarizada hasta el alma. Una de esas trocas que anuncian: “mi autoestima consume mucha gasolina”.
Ella manejaba a la ofensiva, como si la avenida fuera territorio ocupado militarmente. No daba paso, no cedía espacio; cerraba huecos con precisión quirúrgica. Parecía portera argentina defendiendo un penal.
Yo apenas intenté incorporarme con un movimiento suave y diplomático, pero la señora aceleró con la furia hormonal de quien descubre a la amante en Navidad. Y sucedió el cataclismo: un insignificante rozón, una caricia metálica entre mi defensa y su camioneta miope. Un roce microscópico, el equivalente automotriz a pisarse los tenis en el antro.
Pero en Monterrey un rayón mínimo se convierte en atentado internacional. Ella frenó de golpe y se bajó con tacones de guerra, lentes enormes y una bolsa más cara que mi seguro de cobertura amplia. Tenía esa energía de coach motivacional recién divorciada.
—¿ESTÁ VIENDO LO QUE HIZO? —gritó como si yo hubiera tumbado la Macroplaza. Yo miré la camioneta; ni siquiera estaba rayada, el polvo había cambiado de lugar. Era un Picasso abstracto hecho con tierra del Periférico, pero ella seguía respirando como toro de lidia.
—¡ME PEGÓ! —La palabra “pegó”, dicha con tanto dramatismo, parecía denuncia penal o canción de Paquita la del Barrio. Yo sonreí porque hay accidentes que se arreglan con dinero y otros que sólo necesitan terapia.
—Mire —le dije—, llévelo a lavar, aspirar y que le pongan polish. Ella me observó desconcertada; esperaba guerra y encontró spa automotriz. Saqué un billete de quinientos pesos, el nuevo tratado de paz del noreste mexicano.
Ella dudó porque en el fondo sabía que aquello no era accidente, sino maquillaje vial, pero también sabía que la dignidad tiene precio y curiosamente costaba exactamente quinientos pesos. Mientras negociábamos, atrás de nosotros el tráfico comenzaba a tocar claxon como orquesta de metales desafinados. Un señor en un Tsuru nos mentó la madre con la pasión de un poeta urbano y un motociclista pasó entre ambos autos como espermatozoide financiero buscando fecundar el caos.
Ella seguía indignada diciendo que me le cerré, una teoría interesante viniendo de alguien que manejaba como terrateniente medieval. Pero sonreí otra vez porque hay gente que confunde conducir con conquistar territorios.
En Monterrey todos creen que el otro conductor quiere humillarlos; nadie da el paso, nadie permite entrar y cada incorporación es una invasión napoleónica. Manejan con hambre emocional, como si perder un metro de carril les quitara masculinidad, patrimonio o followers.
Ella tomó los quinientos con elegancia de secuestradora amateur. Al guardarlos, respiró y la tormenta hormonal comenzó a disiparse. Entonces vi su rostro relajarse un poco y descubrí que debajo del enojo había mucho cansancio. Tal vez oficina, hijos o la vida misma.
Y ahí entendí que el tráfico regio no lo provocan los carros, lo provoca la frustración. La gente maneja como vive: acelerada, desconfiada, ofendida y a punto del colapso nervioso. Un semáforo basta para sacar traumas familiares y un claxon revive heridas de secundaria. Manejan a la ofensiva porque sienten que el mundo entero quiere quitarles algo: el espacio, el turno o el último poco de control.
Ella encendió la camioneta y lanzó una mirada filosa. Antes de que subiera, le dije: —Maneje más amable... y sonría, se va a arrugar muy pronto. La frase cayó como piedra en alberca de lujo. Se quedó quieta, ofendida y sorprendida.
Y luego, apenas apenas, sonrió con una sonrisa mínima y peligrosa, como anuncio de tequila premium. Subió a la camioneta, arrancó y esta vez me dio el paso.
Ahí entendí todo: manejar a la defensiva no significa dejarte aplastar, y manejar a la ofensiva tampoco te convierte en reina del asfalto. Al final, todos vamos rumbo al mismo tráfico existencial, encerrados en cajas metálicas pagando mensualidades absurdas mientras envejecemos sobre Gonzalitos, Morones Prieto o Constitución.
La diferencia está en cómo llegas: mentando madres o sonriendo, aunque se te arrugue el alma primero.