¿Alguna vez has sentido que metiste la pata en algo importante? Yo sí, por ejemplo:
-Llevaba tres semestres estudiando la carrera cuando tuve la impresión de que no era para mí.
-Un día desperté convencida de que no llevaría a nada bueno seguir una relación de pareja que me estaba haciendo más daño que bien.
-Cuando empecé a estudiar finanzas personales, supe con certeza matemática que el seguro dotal para mi retiro que había contratado hacía cinco años era una mala decisión, ¡tan mala como perder un millón de pesos pasados los veinte años del contrato!
Equivocarse es totalmente natural: parte de crecer, aprender y ser humano. El problema es que rara vez nos enseñan cómo reaccionar cuando nos damos cuenta de que algo no está funcionando. Incluso carecemos de práctica para manejar correctamente los pequeños errores cotidianos. Por ejemplo, imagina que vas al cine y a la mitad estás convencido de que la película es terrible. El costo del boleto debe ser irrelevante, porque ya no se puede recuperar, y para decidir si salir o no de la sala solamente debemos tomar en cuenta los 60 minutos de tortura que nos esperan. ¡Pero no! Muchos nos quedamos a ver la película completa porque ¡el boleto salió muy caro!
La buena noticia es que meter la pata con estilo y cambiar de rumbo es muy fácil. Basta con entender la falacia del costo hundido y practicar el arte de no considerarlo a la hora de tomar decisiones.
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El costo hundido se refiere a costos en los que se incurrió en el pasado y que no pueden ser recuperados. Por lo tanto, si queremos tomar una decisión racional, estos costos no deben tomarse en cuenta, y solamente debemos considerar costos futuros evitables. Y esto aplica a todo tipo de inversiones, no solamente de dinero, sino también de tiempo, cariño, esfuerzo, etc.
Cuando supe que no me gustaba la carrera que estaba estudiando, no debía tomar en cuenta todos los semestres que ya había cursado, sino los que me faltaban, y los largos años de vida profesional que tenía por delante. Como no quería perder año y medio de colegiatura y de mi vida, perdí cuatro años y medio, porque me titulé pero me dediqué a otra cosa. Y por desgracia, este es un error de las mayorías pues, en México, más de la mitad de los egresados no ejerce su profesión.
Pero tomar en cuenta costos hundidos al decidir no es un error privativo de universitarios inexpertos. Me sorprende, por ejemplo, la cantidad de figuras públicas, entre las que se encuentran supuestos “expertos”, que aseguran que no se debió cancelar la construcción del aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco porque generó “pérdidas” millonarias. No puedo evitar sentir unas tremendas ganas de cachetearlos a todos ver si se espabilan un poquito.
Y es que, como ya vimos, no importa lo que costaron las obras hasta el momento de la cancelación, sino la verdadera viabilidad del proyecto. Si el lugar donde empezó a construirse el aeropuerto se inunda, o contaminará aún más el aire ya puerco de la ciudad, seguir construyéndolo significaría aumentar las pérdidas.
Entonces, ¿por qué cuesta tanto trabajo dejar de lado los costos hundidos, si es la forma más racional de decidir? Hay cuatro razones principales:
1. No nos damos permiso de estar equivocados
No es fácil aceptar nuestros errores o cambiar nuestra forma de pensar. Tendemos a considerar nuestras decisiones como parte de nosotros mismos. Para superar este obstáculo es importante darnos cuenta de que nuestras creencias no tienen por qué ser parte inseparable de quiénes somos, y cambiar de opinión concienzudamente es una fortaleza, no una debilidad. También es importante cada cierto tiempo hacer un recuento de nuestros errores, analizar los aprendizajes y perdonarnos por las consecuencias.
También es posible que tengamos que enfrentar el juicio de otros cuando cambiamos de parecer. El arrepentimiento es una emoción sofisticada, que no todos aprecian. Pero estar lleno de arrepentimientos puede generar una psique mucho más sana que no tener ninguno.
Para equivocarnos “con más estilo”, ayuda mucho tener un plan B desde que tomamos la decisión: si consideramos las opciones disponibles si no funciona algo, el golpe al ego es menor y las consecuencias del error se pueden minimizar. Un ejemplo de planes B son los contratos prenupciales, empezar los proyectos con una menor inversión (rentar en vez de comprar equipo, vender por Internet antes de abrir un local, etc.) y tener un colchón de ahorros para imprevistos.
2. Tenemos una fuerte aversión innata a las pérdidas
Repetidos estudios lo confirman: preferimos dejar de ganar que perder. Psicológicamente, nos pesa el doble perder 100 pesos que ganar 100 pesos. Este fenómeno tiene muchas implicaciones en la forma de manejar nuestras finanzas personales. Por ejemplo, mucha gente prefiere guardar su dinero en una cuenta bancaria, porque no sabe que tiene las pérdidas aseguradas por la inflación: entre 40 y 70 por ciento del valor de su dinero en diez años. Aún así, le aterra que una inversión conlleve ciertos riesgos de pérdida.
De este modo, los costos hundidos se ven como una pérdida que podría no tenerse si se sigue el curso, y las pérdidas a largo plazo o “invisibles” no se consideran. Cuando hice cuentas sobre mi seguro dotal, vi que perdería decenas de miles de pesos al momento de cancelar. Sin embargo, como el seguro contratado contemplaba veinte años de depósitos y no garantizaba rendimientos, calculé que al final perdería más de un millón de pesos. Incluso con los números enfrente me costó mucho trabajo cancelarlo y recibir solamente una fracción del dinero que había invertido.
Para que la aversión a las pérdidas pasadas no dirija el timón, es importante estar consciente de que se sentirá horrible perder aunque sea la decisión correcta. También ayuda tener muy presentes las pérdidas futuras o invisibles, no sólo de dinero, sino también de paz mental y tiempo.
3. No vemos las ganancias de las pérdidas
Cada vez que cometemos errores, aprendemos. Cada vez que tomamos un camino, adquirimos nuevas experiencias, conocemos gente, cambiamos. Cuando nos damos cuenta de que hemos metido la pata, debemos estar conscientes de todo lo que hemos ganado con ello. Hace unos años ignoré una notificación del SAT porque estaba declarando en ceros. Fue un curso muy efectivo de 10 000 pesos sobre la importancia de atender todas las notificaciones del SAT sin excepción. En la carrera que no me gustaba hice amigos y aprendí uno que otro truco que me ha servido. De las relaciones rotas he aprendido cómo hacer que duren. Lo importante es aprender la lección y seguir adelante. No quedarnos atorados porque hay costos hundidos.
Un truco que utilizo es ver el monto de la pérdida como si fuera el costo de un curso. Con el seguro dotal no perdí decenas de miles, sino que sirvieron para un curso llamado “no invertir en lo que no entiendes bien”. Creo que la lección quedó bien aprendida y no volveré a cometer ese error.
4. Somos demasiado resilientes
A muchos nos han educado con la frase: “Hay que terminar lo que se empieza”, sin enseñarnos también que la persistencia es un defecto cuando se persiste en el error. Es posible terminar como autómata esa carrera que odias, jubilarte en ese trabajo que te mata el alma, cumplir 50 años de infelizmente casado, y continuar con ese proyecto que te endeuda cada día más… y sí, en apariencia no estás perdiendo, pero ¿qué hay del costo de oportunidad? Mientras persistes en lo que te hace infeliz, te estás cerrando la posibilidad de estudiar lo que te apasiona, trabajar en lo que te gusta, vivir con quien amas y tener tranquilidad financiera. Y la vida es muy corta, los años pasan rápido, y un día podrías levantarte por la mañana para descubrir que nada en tu día te motiva a levantarte.
Es importante ser persistente en tus metas y resiliente, pero hay que tener flexibilidad: si tus metas estaban equivocadas, ¡cámbialas por otras! Tu misión en la vida no es licenciarte de abogado, trabajar en el bufete de tu tío, estar casado con Zutano, o rescatar el negocio de dulces. Las metas específicas son creaciones tuyas que en algún momento creíste que te darían lo que buscamos todos: bienestar, amor, salud, entusiasmo por las mañanas, paz. Si te equivocaste, no pasa nada. Borrón y cuenta nueva. Las únicas pérdidas que importan son las de aquí en adelante.
5. Tenemos miedo a la incertidumbre
En ocasiones, lo que nos hace caer en la falacia del costo hundido no es tanto el miedo a la pérdida sino el miedo a la incertidumbre. Nuestras decisiones nos marcan un camino claro, y esa claridad se pierde si echamos para atrás la decisión. ¿Qué habrá en el futuro si dejas a esa persona, ese empleo, esa inversión? La ambigüedad puede ser estresante, especialmente para personas con algún trauma en el pasado, pero tolerarla es indispensable para parar las pérdidas y seguir adelante.
Reflexiona: ¿Qué costos hundidos hay en tu historia de vida? ¿Lograste identificarlos en el momento?
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¡Nos vemos el próximo mes!
Con emoción,
Edith
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![La falacia del costo hundido: Cómo frenar las pérdidas y tomar mejores decisiones (Foto: Unsplash jason-mavrommatis CC [CC BY-NC-SA 2.0])](https://www.diariodemexico.com/uploads/s1/46/86/46/5/barco_5_650x365.jpeg?t=1793029170)