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Espada de Dos Manos

Marcelo Fabián Monges / Escritor y periodista.

Todos hemos visto los desastrosos resultados de la “operación militar” realizada para capturar a Ovidio Guzmán López, hijo del Chapo Guzmán.

Sí López Obrador tuviera mayor poder de síntesis para describir lo que hicieron, podría resumir toda la ineptitud y el desastroso operativo en algo así como: “Fuimos a la guerra, pero nos rendimos para salvar vidas”.

Nadie sensato, que esté cuerdo, va a la guerra para salvar vidas.

En todo caso, se va a la guerra dispuesto a matar o morir. Es decir, todo lo contrario de lo que hizo en gobierno de López Obrador en Culiacán. En un Estado de Derecho, lo que se procura es detener a los criminales de acuerdo a la Ley. Esto significa cumplir la orden de un juez para llevar adelante una detención, tratando de evitar matar al delincuente, a no ser que este se resista y esté en peligro la vida de los miembros de las fuerzas de seguridad que actúan en dicha operación.

Todas estas cuestiones, por demás elementales, parece ignorarlas por completo el gobierno de López Obrador, comenzando por el propio presidente, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y el secretario de Seguridad Ciudadana, Alfonso Durazo.

En un Estado de Derecho no se va a matar o morir. En un operativo como ese, se va a detener al o a los delincuentes, con una orden judicial. Que tampoco llevaban. Lo que significaba que aun cuando hubieran detenido al hijo del Chapo, como lo hicieron y se lo hubieran llevado para encarcelarlo, el arresto era “ilegal” y por violación al debido proceso lo tendrían que haber liberado de todas formas.

Todo esto, cuestiones elementales para alguien medianamente informado, no digamos para alguien que conozca la Ley, al menos a la hora de actuar, parecen ser todas cuestiones absolutamente desconocidas para el gobierno de López Obrador y los integrantes del Gabinete de Seguridad.

A esto hay que agregarle cuestiones que son absolutamente inaceptables. Como el hecho de que López Obrador sea un Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, que en grandes periodos de tiempo, está completamente incomunicado y no disponible en caso de emergencia. Cuando digo grandes periodos de tiempo, me refiero a muchas horas, en las que permanece como esta vez, en zonas de la sierra de Oaxaca o lugares remotos, donde no hay telefonía celular, y tampoco telefonía satelital, porque el gobierno de López Obrador, al menos hasta la fecha no la conoce.

Muchas horas, en cualquier situación límite, son enormes periodos de tiempo.

Lo que sucedió en Culiacán el día 17 de octubre es el resumen de todo lo que ha hecho hasta ahora el gobierno de López Obrador, la síntesis de todas sus improvisaciones, de todas las ocurrencias, de todos los desvaríos, de todas las irresponsabilidades que han cometido desde que asumió el 1 de diciembre de 2018, solo que confrontadas todas contra una fuerza armada organizada, y resuelta a no rendirse. El resultado es atroz, es el fracaso del Estado mexicano frente al crimen organizado.

Y al estilo clásico del relato lopezobradorista, el presidente ha intentado todo para vestir el fracaso del operativo en Culiacán para capturar al hijo del Chapo, en una “acción humanista”, en un enorme acto de compasión.” Lo cual lo deja aún mucho más mal parado todavía.

Esa posición deja en claro que López Obrador no es alguien apto para gobernar el país. No entiende cuáles son las obligaciones del Estado ni de él como presidente.

No entiende que con compasión no va a terminar con la violencia ni con el crimen organizado. Confunde el trabajo de presidente con una labor pastoral, que podría ejercer sin problemas desde cualquier iglesia, pero que no puede ser la base de su trabajo como presidente de la República.

Como presidente de la República tiene obligaciones para con todos los mexicanos, como la de brindarles seguridad. Si no puede llevar adelante esta encomienda, propia de las funciones elementales del Estado, debería renunciar. Si está incapacitado para hacerlo por falta de ánimo, de preparación, de carácter, de disposición o de valentía simplemente, no está capacitado para el cargo. La respuesta al crimen organizado no puede ser desde el Estado, ni abrazos, no balazos, ni pedidos de misericordia, ni la proclamación de la compasión. Al parecer, López Obrador está muy lejos de poder entender esto y las consecuencias entonces serán que no en mucho tiempo el crimen organizado habrá crecido en el país como nunca antes, haciendo aún mucho más profunda la crisis de inseguridad y de derechos humanos que se vive en México.

Por otro lado, tenemos al López Obrador Comandante en Jefe del Ejército. Un Comandante en Jefe que al parecer no participó de la planificación del operativo, que culpa al ejército de haber realizado mal la planificación, y no tiene la determinación de castigar de acuerdo al código militar a los responsables del fallido operativo para detener al hijo del Chapo Guzman.

Digamos, por un lado los culpa en público, para quitarse de encima la responsabilidad que le compete, pero por otro lado, no es capaz de tomar medidas reales con los responsables del ridículo operativo que hicieron en Culiacán.

Tanto López Obrador, como el inepto secretario de Seguridad Alfonso Durazo, como todos los que participaron en la planeación y ejecución del operativo para detener al hijo del Chapo ahora se asombran de la reacción del cártel de Sinaloa.

Ahora se sabe que tomaron como rehenes a soldados, a familias de militares, que si no entregaban al hijo del Chapo habría centenares de muertos.

En realidad lo que están tratando de asimilar es que los integrantes del cártel de Sinaloa ahora tienen la disposición de librar una batalla infernal antes de que detengan a uno de sus líderes.

¿Y esto por qué? Porque en esto parece que el único que no aprende que la improvisación no los llevará a ningún lado es el gobierno de López Obrador. Que sigue y seguirá creyendo que la realidad se resuelve con discursos de su líder máximo.

Al contrario del gobierno de López Obrador, los integrantes del cártel de Sinaloa, saben, que aun cuando tengan tratos con determinadas autoridades, los pueden traicionar. Y saben, después de lo que le sucedió al Chapo Guzmán, que si los detienen les puede pasar lo mismo que al Chapo, terminar prácticamente lapidados en una cárcel de Estados Unidos. Entonces tienen una disposición previa, una determinación, y un plan “A” y seguramente varios planes “B” y “C”, al menos.

Para haberse ido a tomar de rehenes a las familias de los militares tienen que haber tenido un plan previo al operativo. No es algo que se decida en medio de las balas. Ni tampoco es algo que va a decidir un improvisado. Todas estas cuestiones que el gobierno de López Obrador no es capaz de calcular, ni de medir, antes de actuar.

La desolación del ciudadano mexicano de a pie, común, no tienen comparación, al ver que el gobierno de López Obrador no tiene la menor idea de qué hacer para tener una estrategia de seguridad racional, y en los hechos no tiene la menor idea de cómo actuar, y solo atina a tratar de resolver todo con discursos desde un gran escenario, el de las mañaneras, desde donde pretende López Obrador dictar la realidad.

 

 

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