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Este domingo se llevará a cabo uno de los encuentros más importantes del balompié nacional y también considerado como de alto riesgo: el equipo representativo de la máxima casa de estudios, los Pumas, y el cuadro más querido y también más odiado, como lo es el América.

La rivalidad nació hace mucho tiempo y aunque usted no lo crea, tuvo origen en un asunto fuera de las canchas. Resulta que luego del Mundial de Inglaterra en 1966, los Millonetas, como se le conocía en esa época al equipo de Coapa, sacaron la chequera y pagaron un dineral para hacerse de los servicios del ariete de los Pumas, centro delantero de la Selección e ídolo nacional Enrique Borja García.

Al Narizón nadie le preguntó y él en principio se negó a irse del Pedregal, aduciendo que lo habían vendido “como un costal de papas”. Se dice que hubo presiones de todo tipo y hasta alguna intervención presidencial para que Enrique se enfundara en la camiseta amarillo canario, donde tendría una destacada actuación.

Con el tiempo, Universidad adquirió poderío económico y logró parar cuadros tremendamente competitivos, lo que lo llevó a jugar varias finales.Una de las más esperadas la jugaron ante las Águilas y en un encuentro donde los errores hundieron a los felinos, el Ame levantó el trofeo de campeón.

Unos años después, llegaron a la final ambos cuadros y tras empatar tanto en el Azteca como en Ciudad Universitaria tuvieron que, por reglamento, dirimir la supremacía en un tercer encuentro a jugarse en el estadio Corregidora de Querétaro.

El árbitro designado para la ocasión fue Joaquín Urrea, quien estuvo acompañado en las bandas por Antonio R. Márquez y Marcel Pérez Guevara.

El nazareno avecindado en Morelos fue protagonista importante con sus marcaciones y la fanaticada auriazul lo culpó de todos los males pasados, presentes y futuros. Pumas perdía su segunda final consecutiva con el odiado adversario.

Para la temporada 90-91, todavía con el formato de los torneos largos, llegaron por tercera ocasión al partido grande estos formidables rivales. En ambos equipos había talento a raudales, pero contrastaba la experiencia americanista con la juventud universitaria.

En las bancas estaban como entrenadores don Carlos Miloc, recién fallecido y el querido Doctor Miguel Mejía Barón. El partido de ida lo había ganado el América 3-2 y existía el criterio del gol de visitante para el caso de empate.

La vuelta se jugó en C.U. y al minuto 4 se sancionó una falta a favor de Pumas; se perfiló Ricardo Ferretti y metió un fierrazo al puro ángulo, imposible de detener pese a la estirada del meta Adrián Chávez. A ese gol se le conoce como el Tucazo.

Luego de un juegazo, donde América pudo ganar en el último suspiro, Universidad logró vencer a los fantasmas. Se lo platico porque yo estuve ahí.