Por Alejandro ávila Peña
El mundo de las artes plásticas está de luto tras la partida de uno de sus pinceles más vibrantes y transformadores. David Hockney, el artista británico que definió la estética de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, falleció este viernes a los 88 años en su residencia de Normandía. Su representante, Erica Bolton, confirmó que el deceso ocurrió en paz el 11 de junio de 2026, dejando tras de sí un legado incalculable marcado por la curiosidad insaciable, el uso audaz del color y un optimismo inquebrantable.
De los cielos grises de Yorkshire a las piscinas de California
Nacido en la ciudad industrial de Bradford en 1937, Hockney pronto escapó de los cielos plomizos de su infancia para buscar la claridad del sol. En 1964, se mudó a Los Ángeles, donde encontró una luminosidad que no existía en el Reino Unido y que transformaría su carrera para siempre. Fue allí donde creó sus icónicas series de piscinas, imágenes que hoy son sinónimo del pop art británico y que capturaron la esencia del estilo de vida californiano con colores eléctricos.
Su impacto comercial fue tan masivo como su prestigio crítico. En 1972, su obra "Retrato de un Artista (Piscina con dos Figuras)" se subastó por 90 millones de dólares, convirtiéndolo en el artista vivo más caro en una subasta en aquel momento. Sin embargo, Hockney nunca se dejó seducir únicamente por el mercado; su verdadera pasión era la exploración de la mirada, moviéndose con fluidez entre el dibujo, el grabado, la fotografía y el diseño escénico para grandes teatros como el Metropolitan Opera de Nueva York.
Un visionario digital sin miedo a la tecnología
Lo que diferenciaba a Hockney de otros grandes maestros era su mente inquieta y su total falta de prejuicios ante el progreso. Mientras otros se aferraban a las técnicas tradicionales, él experimentó con máquinas de fax, cámaras Polaroid y, más recientemente, con dispositivos de Apple. Su iPad se convirtió en su paleta favorita en la última década, permitiéndole pintar paisajes y bodegones con una inmediatez y frescura digital que sorprendió al mundo académico.
Incluso en su vejez, se mantuvo activo y físicamente enérgico. Desde 2018, acostumbraba nadar media hora cada mañana para mantenerse en forma, a pesar de su sordera crónica y de ser un fumador empedernido que defendía el hábito como un símbolo de la libertad personal. Para él, el arte y la vida eran inseparables, una filosofía que resumía en su frase característica: "Ama la vida".
Identidad, naturaleza y el refugio final en Normandía
Hockney fue también un pionero en la representación de la identidad. Fue quizás el primer artista en retratar la vida gay masculina con absoluta naturalidad, sin dramatismos, en una época en la que la homosexualidad aún era ilegal en su país natal. Sus retratos de amigos, familiares y sus inseparables perros reflejan un círculo íntimo vivido con total libertad.
Tras pasar décadas en Estados Unidos, regresó a Inglaterra para redescubrir los paisajes de su juventud antes de mudarse, en 2020, a una granja en Normandía. Allí encontró refugio durante la pandemia, periodo que dio lugar a su última gran exposición, "Un año en Normandía". Con sus características gafas redondas, su gorra y su eterno cigarrillo, David Hockney se despide como un patrimonio nacional británico cuya visión alegre seguirá iluminando los museos del mundo.