Por Alejandro Ávila Peña
El cine es uno de los artes más imaginativos y sensibles que han existido, capaz de forjar historias que conmueven e invitan a soñar al espectador. A través del adecuado manejo de la luz, los cineastas dibujan escenas memorables que quedan grabadas por transmitir emociones como alegría, tristeza o esperanza. Cada ejercicio audiovisual dialoga inevitablemente con el tiempo, el vehículo para que los relatos superen las barreras que este pone. Este desafío temporal lo asumieron Miguel Schverfinger, Bárbara Enríquez y Francisco Ramos al momento de adaptar ‘Cien Años de Soledad’, la obra escrita en 1967 por el colombiano Gabriel García Márquez. Considerada inadaptable por su complejidad, el equipo asumió en plena pandemia el reto de materializar este universo para Netflix. En la Cineteca Nacional de Chapultepec, compartieron reflexiones de este proceso.
El tiempo esculpido: El lienzo del montaje
Para Miguel Schverfinger, editor de la serie, el tiempo es la materia prima. Señala que “la herramienta principal del cine, es el tiempo”, comparándolo al color en la pintura o la música. El montaje debió encontrar la forma cinematográfica de captar la circularidad de los Buendía, cuyas generaciones repiten nombres y destinos. Destaca que el cine permite que múltiples tiempos convivan para explorar la fragilidad de la realidad. El episodio final representa la culminación de este esfuerzo: una maquinaria de hora y media que no requiere preparar una continuación. El cierre definitivo otorgó al equipo una "libertad" estructural única para jugar con el ritmo sin las ataduras de entregas anteriores. Así, mediante presagios y el futuro como visión del pasado, la serie incorpora elementos narrativos para que el ciclo se entienda de forma comprensible.
Nacido para morir: La arquitectura de Macondo
Construir un pueblo que ya habita en la mente de millones de lectores fue un reto monumental. Bárbara Enríquez, diseñadora de producción, confiesa que la enorme expectativa pesaba: “no podemos hacer el macondo de cada lector, eso es imposible... la consigna es, vamos a armar el macondo de Gabriel García Márquez”. La solución no fue plasmar visiones individuales, sino investigar pueblos del Caribe donde creció el autor. El equipo diseñó un pueblo históricamente correcto, pero concebido bajo una premisa trágica: nació para ser destruido. Los sets de la casa Buendía y el pueblo se edificaron listos para inundaciones y huracanes. Enríquez detalla que, para el paso del tiempo, colocaron capas físicas en el suelo: desde losetas hidráulicas en la base hasta tierra en la superficie, permitiendo revelar u ocultar épocas durante el rodaje.
Un abismo de osadía y colaboración
Esta escala de producción dejó un legado industrial sin precedentes en la región. Francisco Ramos, vicepresidente de contenido de Netflix, resalta el talento local, señalando que "lo que no hemos tenido en la industria audiovisual es a los medios, pero no el talento". La filmación de cuatro años sirvió como una escuela acelerada donde asistentes maduraron el equivalente a décadas de carrera. Ramos describe el proceso creativo como un acto de valentía colectiva: “te lanzas al vacío y asumes que tus compañeros te van a sujetar”. Además, Enríquez destaca el valor de realizar una producción artesanal frente a las tecnologías digitales, recordando que "ahí están las manos de miles de seres humanos" dándolo todo en cada detalle.
La condena del ciclo: Un legado de rigor y sueños
El clímax de la segunda temporada desata el destino inevitable de Macondo. La decadencia del hogar Buendía se acelera tras inundaciones, guerras y pestes. Cuando Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia conciben al vástago con cola de cerdo, la premonición de Melquíades se cumple de forma devastadora. Aureliano comprende que los pergaminos relatan tanto el pasado como el presente, fundiéndose las épocas en un instante definitivo. Al final, todo inicio resulta ser la sentencia absoluta de su final. Al cerrar la charla, los creadores resumieron lo aprendido. Enríquez se lleva un "orgullo absoluto". Schverfinger, buscando el pensamiento crítico, enfatiza el "rigor" y desea que la obra permita al público "re ver el mundo con otros ojitos". Por su parte, Ramos concluye con una frase que encapsula el espíritu del show: "la capacidad de soñar".
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