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Reseña | Callum Turner está en busca de un nuevo amor en 'Solo por una noche', una comedia de amor ingeniosa y divertida

Escena

'Sólo por una noche' es una comedia romántica en una Nueva York futurista donde las relaciones fuera del matrimonio solo son legales 12 horas al año.

'Solo por una noche' llega esta semana
'Solo por una noche' llega esta semana

Por Alejandro Ávila Peña

Las comedias románticas, a lo largo de los años, han sido aventuras llenas de ingenuidad, de encanto y de una perspectiva de las relaciones afectuosas un poco ensoñadoras. Jugando de esta manera con el amor ideal, la media naranja y partiendo de que cada persona está destinada a encontrar el amor de su vida. Es así que, en los últimos años, a través de una perspectiva más cómica, con situaciones absurdas que funcionan como espejos incómodos de experiencias personales, las romcom han sido una maquinaria de historias divertidas, empalagosas, pero, sobre todo, complacientes.

El género no ha pretendido ser una reinvención del amor, o incluso del propio cine, sino que más bien ha pretendido ser un entretenimiento que se sienta fresco, divertido y que entretenga por al menos unos cuantos minutos. En la última década, uno de los cineastas que se ha erigido como uno de los creativos más innovadores del género es Will Gluck, quien, en 2010, conquistó a la audiencia global a través de la espléndida ‘Se dice de mí’, cinta protagonizada por una magnética Emma Stone, quien protagonizó una de las romcom más aclamadas de inicio de siglo. Hace 3 años, Gluck entregó la divertidísima ‘Con todos menos contigo’, una comedia romántica caótica, con excesos cómicos y con una aventura que atrapó a millones de personas.

Una noche para encontrar el amor

Tres años más tarde, el director estadounidense regresa a la pantalla grande con una nueva película, siendo de igual manera guionista de esta. ‘Sólo por una noche’ es un combo de diversión, romance y excesos mundanos que van desde el sexo, la pasión, el placer y el satisfacer los deseos carnales más profundos.

La historia nos sumerge en un Nueva York futurista, en donde la sociedad ha decretado que las relaciones legales fuera del matrimonio solo son legales durante 12 horas por un día en el año. Es así que los protagonistas Owen (Callum Turner) y Allie (Monica Barbaro) se aventurarán en una noche para poder reencontrar a la pareja ideal con la cual complacer sus deseos sexuales y, si tienen suerte, encontrar al amor verdadero durante el proceso.

Bajo esta premisa es que Gluck construye una aventura que se siente ágil, frenética y, en todo momento, una sucesión de eventos que va de menos a más. La manera en la que se presenta el futuro de esta sociedad es una de las cosas más interesantes que propone el cineasta junto al coguionista Travis Braun. Pues no presentan un mundo necesitado de amor, con individuos que buscan forjar una relación de amor verdadero, sino que, todo lo contrario, presentan personajes con el simple deseo de tener relaciones sexuales para complacer cierto gusto.

Es aquí donde esta romcom presenta algo novedoso, pues no se trata solo de una comedia romántica, sino más bien de una disección de lo que las personas buscan cuando quieren estar con alguien. La película plantea una sociedad en donde el sexo dejó de ser un acto íntimo para convertirse en un acontecimiento colectivo, casi deportivo, que sucede durante una noche específica. Y, paradójicamente, al convertirlo en algo permitido solamente durante unas horas, termina haciendo que el deseo se vuelva todavía más grande.

Es una idea bastante interesante porque permite que Gluck juegue con una especie de sociedad en donde la sexualidad está regulada, pero al mismo tiempo completamente normalizada durante ese pequeño periodo de libertad. El problema es que el director parece tener miedo de profundizar en las consecuencias de este mundo. La película presenta las reglas suficientes para que entendamos el concepto, pero no las desarrolla lo suficiente para que este universo tenga verdadero peso dentro de la historia.

Una idea interesante que se queda en la superficie

Es por ello que, en gran medida, los personajes presentados en su mayoría son personas superficiales que tienen esta ansiedad de saciar un deseo muy natural en las 12 horas establecidas. Partiendo de esto, el realizador se permite elaborar una serie de circunstancias para fabricar risas efectivas que, en hora y media de duración, diviertan al espectador. Desde robar un condón, fiestas eróticas y propaganda sexosa, es que el realizador quiere construir un mundo que divierta en cada instante, desde su arquitectura visual hasta en los remates de los chistes propuestos.

Y es aquí donde la película funciona mejor. ‘Sólo por una noche’ tiene una enorme capacidad para generar situaciones absurdas, incómodas y ridículas sin detenerse demasiado a explicar lo que está haciendo. La comedia avanza con una velocidad que hace que el espectador se suba a este caos y simplemente se deje llevar. La cinta sabe que su premisa es absurda y decide explotarla desde el humor, desde los encuentros accidentales y desde una sucesión de situaciones que llevan a Owen y Allie de un lado a otro de Nueva York.

Lo cierto es que, si bien la idea de la película es interesante, y hasta podría decirse que es de las romcom con la narrativa más innovadora de los últimos 10 años, lo cierto es que la ejecución de la misma deja mucho que desear. La película tiene un concepto que podría haber servido para hablar de la represión, de la necesidad de conexión humana, de la gratificación inmediata e incluso de la manera en que las aplicaciones y las nuevas formas de relacionarnos han convertido el romance en una especie de mercado. Sin embargo, Gluck prefiere quedarse en la superficie.

Como si de una unión entre ‘La Purga’ y ‘Cuando Harry conoció a Sally’ se tratara, ‘Sólo por una noche’ parte de un concepto que pudo haber dado para más; al principio hay bases sólidas que indican que la película se va a adentrar en un camino más carnal, pero la comedia se queda en lo superficial y no se arriesga por explotar este concepto.

El mundo mostrado es una celebración de 8 millones de personas que podrán tener placer sin ser castigados; es aquí cuando entra el director de fotografía Yaron Orbach, quien, a través de un estilo nocturno, hipnótico y vibrante, moldea una Nueva York para que luzca electrizante, íntima, pero a su vez con un toque urbano retro.

La cámara adentra al espectador por cada una de las calles de la Gran Manzana, llevándolo a clubes con luces neón, a los vagones fríos de NY y también a espacios cerrados donde el deseo y el placer están a la orden del día. Hay una sensación constante de estar recorriendo una ciudad que durante unas horas se transforma por completo y que permite que todos sus habitantes se comporten de una manera diferente.

La fotografía termina siendo uno de los elementos que mejor construyen este universo, porque aunque la película no profundiza demasiado en la distopía, visualmente sí consigue darle una identidad. Los encuadres nocturnos, las luces y los espacios urbanos convierten a Nueva York en un personaje más de esta aventura.

La cámara opta por una aproximación de planos medios para poder capturar la química de ambos actores, pero es aquí cuando ‘Sólo por una noche’ plantea algo interesante. Y es que la historia no sigue las convenciones de una historia de amor común, pues la historia de los coprotagonistas se irá construyendo a partir de encuentros sutiles y espontáneos, como si el destino quisiera unir el camino de ambos.

La química de sus protagonistas

El personaje de Owen es dueño de una pizzería que, en busca de celebrar la noche con su novia, decide preparar una velada especial, pero, para su sorpresa, esta le pedirá tener una relación abierta las próximas 12 horas para experimentar el placer con otras personas. Es así que Owen emprenderá una travesía para divertirse las próximas horas.

Callum Turner interpreta a un personaje genuino, dulce y caballeroso, pero es de decir que la actuación del británico no logra dibujar todas las emociones del personaje en su actuación. Turner, por momentos, se siente bobo, muy contenido y forzado en cada uno de sus ademanes románticos; esto resta al metraje al tener un protagonista que, si bien está construido de manera acertada, es la interpretación del actor quien resta el peso emocional del personaje.

Por su parte, Monica Barbaro hace un trabajo más preciso y atinado; la actriz divierte desde cada detalle sutil, ya sea a través de una mirada magnética o de un gesto torpe. Monica logra entregar una actuación que es el principal combustible del filme para que el desarrollo de la historia no se sienta como un caos.

A pesar de que considero que la película no termina de construir de manera sólida el vínculo amoroso entre ambos, sí existe una química que permite que el espectador quiera seguirlos durante toda la noche. Y esto es importante, porque en una película que depende tanto de los encuentros accidentales, de los malentendidos y de los momentos en los que los protagonistas están a punto de encontrarse, si los actores no funcionaran juntos, la película simplemente se caería.

El problema es que la cinta consigue vender mucho mejor la idea de que ambos son personas interesantes que se están conociendo que la idea de que realmente están construyendo una historia de amor. Es decir, funciona más como una aventura de dos personas que recorren Nueva York intentando encontrar aquello que necesitan que como una historia romántica tradicional.

El mayor error de ‘Sólo por una noche’ es que no ofrece nada de lo planteado. La película deambula por una sociedad donde todos buscan sexo y, al final, los realizadores no ofrecen ninguna imagen erótica, carnal ni sexosa durante la hora y media del metraje. Incluso resulta paradójico que una película que construye toda su premisa alrededor del sexo termine utilizando la ausencia de este como uno de sus principales recursos.

En su lugar se adentran en querer forzar una comedia romántica que no tiene espacio en la relación de los dos protagonistas; y es que, a pesar de la buena química de ambos actores, hay cierta sensación de vacío en la construcción del vínculo afectivo de ambos.

La película quiere decir que, en un mundo donde todos tienen acceso al placer inmediato, lo verdaderamente complicado es encontrar a alguien con quien exista una conexión real. La idea no es mala, incluso podría decirse que es bastante pertinente para una época en donde las relaciones parecen estar cada vez más condicionadas por la inmediatez, pero el problema vuelve a ser el mismo: la cinta plantea mucho más de lo que realmente desarrolla.

En última instancia, el metraje intenta ser una fábula y partir de una reflexión donde lo importante no es el placer, o esas ganas excesivas del deseo, sino que lo determinante en una relación es la empatía, el escuchar y el vínculo forjado a través de las experiencias compartidas, lo que hace que el amor perdure. Esto último planteado llega de una manera forzada que no convence y que no es coherente con el mundo y premisa que se propone desde un principio.

‘Sólo por una noche’ es una comedia romántica que tiene ganchos perfectos para hacerte reír que, si no exiges una compleja narrativa y dejas a un lado el mundo propuesto, pasarás un buen rato con chistes efectivos, una fotografía que consigue darle personalidad a la ciudad y dos protagonistas que logran sostener la película a pesar de las limitaciones de su historia.

Es una cinta que pudo haber sido mucho más arriesgada, mucho más carnal y mucho más profunda, pero que termina optando por ser una comedia romántica sencilla disfrazada de una distopía sexual. La premisa promete una película que cuestione el deseo, el sexo y las relaciones humanas, pero la ejecución termina llevando todo hacia un terreno mucho más seguro.

Y quizá ahí está la mayor contradicción de ‘Sólo por una noche’: una película sobre una sociedad que durante 12 horas pierde todas sus restricciones, pero que cinematográficamente nunca se atreve a perder las suyas. Aun así, si dejas a un lado el mundo propuesto y no exiges una compleja narrativa, pasarás un buen rato con chistes efectivos, una aventura caótica y una pareja protagonista que consigue mantener viva la función, aunque la reflexión final se sienta vacía y sin rumbo.

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Alejandro Ávila Peña