Por Alejandro Ávila Peña
En el campo yucateco, Lena (Ángela Molina), una mujer de 68 años que vive la viudez, ve alterada su rutina cuando conoce a León (Andrés Catzin), un anciano maya rodeado de misterio, cuya presencia parece estar vinculada con las fuerzas de la naturaleza y el ámbito espiritual. Aunque provienen de realidades distintas, entre ambos surge una relación profunda que atenúa la soledad y le otorga un nuevo significado a esta etapa de sus vidas. A partir de este relato, Germinal Roaux, a través de una composición casi poética en sus imágenes, labra una historia sobre el amor, la pérdida, la muerte, el deseo y lo que significa morir.
El director suizo, fiel a su formación como fotógrafo, propone una película rodada en blanco y negro que observa con sensibilidad el transcurso del tiempo, el deterioro físico y la vulnerabilidad del ser humano. ‘Cosmos’, filmada en la península de Yucatán, se erige como un drama pulido y contemplativo, de combustión lenta, donde la sencillez de la trama permite apreciar imágenes cuidadosamente elaboradas y un paisaje sonoro que respira vida: insectos, viento, pájaros y trenes lejanos construyen una atmósfera inmersiva.
Poesía visual
Germinal Roaux entrega en su nueva película una dualidad casi poética entre un mundo que ha muerto y uno que está próximo a nacer, contraponiendo el pasado con el presente a través de una exploración precisa sobre la raíz maya y la modernidad que poco a poco comienza a invadir el territorio. León, pobre en posesiones materiales, pero espiritualmente conectado con sus ancestros, está a punto de perder su hogar ante el avance de una autopista; Lena, en cambio, habita una casa amplia, acompañada solo por su perro, mientras enfrenta la etapa final de una enfermedad.
Desde los primeros minutos del metraje, los excesos visuales de Roaux enaltecen la obra como un fundamento sobre la identidad, la religión y la creencia de lo que es vivir. El cine de Germinal es contemplativo: planos abiertos, encuadres que expanden el paisaje más allá del marco, y una luz cambiante que se convierte en tercer personaje. El blanco y negro, lejos de ser un capricho estético, dota a la imagen de una cualidad atemporal, suspendida, que invita al espectador a completar el sentido con su propia mirada.
Relato poco convencional
La sobriedad del elenco es un engranaje clave para que la maquinaria del metraje funcione de manera catártica. Los silencios marcan el ritmo, llevando la película a espacios de intimidad y reflexión. Más que una estructura convencional, el relato avanza con una cadencia precisa que puede resultar densa para quienes no estén familiarizados con el cine contemplativo, pero cuya belleza visual recompensa la paciencia.
León es un hombre que parece pertenecer a un mundo que está desapareciendo; Lena representa a alguien afligida por el tiempo y por la cercanía de la muerte. A través de recursos metafóricos, como imágenes de fuego y naturaleza desbordada, Roaux sugiere que la vida y la muerte no son opuestos, sino partes de un mismo ciclo. El surrealismo impregnando en las imágenes vuelvan al metraje en un viaje hipnótico.
Sin embargo, el filme también deja entrever una tensión latente, la discrepancia de poder entre una mujer acomodada y un hombre indígena cuya generosidad espiritual parece, por momentos, casi demasiado pura. Podría señalare en este apartado que Roux quizás es demasiado dulce en mostrar una relación noble entre ambos a pesar de la clase social, pero es esa dulzura que hace que el filme sea irresistible y una experiencia encantadora pues, a través de estos bellos encuadres, Germinal construye la nobleza como parte esencial del ser humano.
Más que un romance explícito, ‘Cosmos’ examina el vínculo del amor como lazo fraternal entre desconocidos que se acompañan para soportar el miedo y la pérdida. La amistad al final de la vida se convierte en refugio y en acto de resistencia frente a la soledad.
Sin embargo, aunque ‘Cosmos’ destaca por su lirismo y sensibilidad, la relación entre Lena y León deja una leve tensión crítica pues, él parece funcionar más como catalizador espiritual para la transformación de ella que como un personaje con conflicto propio plenamente desarrollado pues, al final pareciera que el propio Roaux lo desplaza más como una pieza vehicular que como un personaje central de lo narrado. La película insinúa una desigualdad social y cultural interesante, pero la diluye en favor de una armonía casi mística que, por momentos, roza la idealización.
A lo largo de sus 152 minutos, la película se consolida como una experiencia sensorial y reflexiva. No es una obra que busque respuestas definitivas, sino que invita a sentir. Roaux no teje una historia para descifrar, sino para habitar. ‘Cosmos’ es un cuento filosófico y esperanzador, un manifiesto del cine como vehículo para reconciliarnos con la muerte y, sobre todo, para recordar que incluso en el umbral del final, el amor en su forma más pura y cotidiana sigue siendo la esencia de la vida humana.
