Reseña ‘Familia en renta’: Un fundamento sobre la soledad
Por Alejandro Ávila Peña
Este fin de semana llega ‘Familia en renta’ un relato conmovedor que evidencia el negocio de las familias de alquiler en Japón, y como la soledad es también un comercio.
Mitusyo Miyazaki, mejor conocida como Hikari, es una directora japonesa que debutó en la industria en 2019 con ’37 segundos’; su primer largometraje en su carrera como realizadora. Este debut fílmico le otorgó varios reconocimientos por el buen trabajo que realizó, es por ello que la expectativa por un nuevo filme de la cineasta era alta.
Tuvieron que pasar más de 5 años para que viera a la luz una nueva película de Hikari; siendo ‘Familia en renta’ la nueva historia de la japonesa que, este 8 de enero se encontrará disponible en todas las salas de México.
La cineasta regresa con una historia que, si bien no reinventa el drama contemporáneo, reafirma su interés por los personajes marginados emocionalmente y por los vacíos que deja la soledad. ‘Familia en renta’, parte de un concepto social real para articular un relato sobre el amor, la pertenencia y la fragilidad de los vínculos humanos.

Un relato emocional
La soledad es una de las condiciones humanas a las que el ser humano suele enfrentarse en distintas etapas de su vida; una de las cosas que se ha dicho a través de los años es que, el individuo es un ser social por naturaleza, pero esto podría interpretarse como algo obligado pues, se ha comprobado que las personas no resisten a un estado de soledad en un tiempo prolongado.
Es así que las relaciones humanas que se van tejiendo a lo largo de los años (amigos, familia, pareja) van construyendo un vínculo emocional que adormece a ese estado desolado por el que el humano pasa. Es así que, cuando algún vínculo se rompe o alguna figura familiar no está presente en nuestra vida, es que se da este quiebre emocional proveniente de dicha ausencia.
Es ahí cuando este tipo de agencias entra en juego para adormecer dicho dolor y de forma artificial ignorar el mal presente. Hikari traduce esta idea a imágenes desde el inicio del filme, contraponiendo espacios habitados por familias y parejas con la vivienda solitaria del protagonista. Philip, interpretado por Brendan Fraser, es un actor estadounidense varado en Japón que busca una oportunidad para rescatar su carrera.
Fraser entrega un personaje contenido y profundamente humano: roto por el pasado, introvertido y marcado por una tristeza que se expresa más en sus silencios y gestos que en los diálogos. Su actuación destaca por la honestidad emocional y por la manera en que transita, gradualmente, de la desesperanza a una tímida posibilidad de redención.
El resto del elenco acompaña con solvencia. Shannon Gorman, como Mia, la hija ficticia de Philip, aporta ternura y credibilidad al conflicto emocional, mientras que Akira Emoto encarna a un cineasta japonés enfrentado al peso del tiempo y de las decisiones no resueltas. A través de estos personajes, la película evidencia cómo los vínculos creados bajo un contrato terminan desbordando lo profesional y adquieren una carga afectiva genuina.
Brendan encarnando a este personaje está estupendo; con una sinceridad que se nota en cada poro de su piel, el actor entrega a un personaje roto, fragmentado por el pasado y que refleja la soledad a través de sus gestos faciales. Fraser sabe manejar muy bien las emociones, el tipo tiene un don para quebrarse de forma natural que, con tan solo poner sus ojos llorosos el sentimiento llegará al espectador.

La soledad como mal silencioso
La película entiende la soledad no solo como una ausencia física de compañía, sino como un vacío emocional que se acumula con el tiempo y que termina por deformar la manera en que los personajes se relacionan con los demás. Hikari sugiere que este aislamiento no surge de forma abrupta, sino que se construye lentamente a partir de pérdidas, silencios prolongados y vínculos que se desgastan.
En este contexto, la soledad se convierte en un mal silencioso; no se manifiesta de forma escandalosa, pero condiciona cada decisión de los personajes, llevándolos a aceptar relaciones artificiales con tal de no enfrentarse al peso de estar solos.
Así, ‘Familia en renta’ plantea que el verdadero conflicto no reside en la ausencia de personas, sino en la incapacidad social y cultural de procesar el dolor que deja esa ausencia.
Si bien ‘Familia en renta’ no ofrece una propuesta narrativa innovadora y recurre en ocasiones a un sentimentalismo predecible, su mayor fortaleza radica en la reflexión ética que plantea. La cinta cuestiona la moralidad de lucrar con el dolor emocional en una sociedad donde la terapia aún es vista con recelo y donde mantener la armonía social suele ser prioritario. Visualmente, Hikari retrata Japón de forma delicada y contemplativa, alternando entre la frialdad urbana y el espacio onírico de los paisajes naturales.
‘Familia en renta’ destaca por una fotografía sobria y cuidadosamente compuesta que refuerza el estado emocional de sus personajes. Hikari utiliza encuadres amplios y planos fijos para subrayar la sensación de aislamiento, especialmente en los espacios urbanos, donde los rascacielos y departamentos impersonales empequeñecen a los personajes dentro del cuadro. En contraste, los paisajes naturales, bosques húmedos y zonas rurales, son filmados con una estética más contemplativa y luminosa, funcionando como un respiro emocional dentro del relato.
En última instancia, ‘Familia en renta’ funciona como un espejo incómodo sobre la condición humana. No es una obra imprescindible, pero sí una experiencia honesta que invita a reflexionar sobre la soledad como un mal silencioso y sobre la facilidad con la que, en ocasiones, se opta por reemplazar el afecto antes que enfrentar la herida que deja la pérdida.