Reseña ‘Un Simple accidente’: Un accidente que revela un mal cotidiano

Un simple accidente reseña

Por Alejandro Ávila Peña 
El año pasado marco el regreso de uno de los cineastas más aclamados de los últimos tiempos; Jafar Panahí, el arquitecto de la imagen contemporáneo que a través de su inventiva artística y de su lente único, ha construido historias postmodernas únicas en su estilo, innovando siempre en la forma de contar una historia, pero siempre mostrando una humildad en cada fotograma.  

‘Un simple accidente’ se coronó con la palma de Oro den el festival de Cannes el año pasado, siendo una de las películas favoritas en la actual temporada de premios. 

La normalidad como disfraz de la violencia

‘Un simple accidente’ confirma a Jafar Panahi como uno de los grandes cronistas morales del cine contemporáneo. Ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2025, la película parte de un hecho trivial, el atropello accidental de un perro en una carretera, para desplegar, con precisión quirúrgica, un retrato inquietante de la violencia estructural que atraviesa la sociedad iraní. 

A través de este metraje es que Panahi levanta la voz por un tema que azota la sociedad a la que pertenece; usa el cine como medio para evidenciar un mal que, debido a los años, se ha vuelto normal, y esto mismo se logra retratar a través de la cinta. 

Lo cotidiano se convierte pronto en amenaza cuando uno de los personajes es identificado como un antiguo torturador del régimen, transformando el relato en un thriller opresivo donde el pasado irrumpe sin permiso. Es en este momento en el que la tensión y el drama comienza a dar forma, a un relato que por momentos coquetea con el humor, pero, nunca se olvida de su principal propósito, ser una radiografía del totalitarismo. 

Con poco, puedes contar mucho 

Con una puesta en escena austera y casi claustrofóbica, Panahi demuestra que no necesita grandes recursos para construir tensión; una furgoneta, unos pocos rostros y silencios cargados de sentido bastan para explorar la culpa, la memoria y el trauma. 

El director evita el sentimentalismo y la revancha fácil, apostando por un humor seco que desnuda lo absurdo de las normas impuestas y revela cómo la represión contamina incluso los gestos más íntimos.

Las actuaciones por parte del elenco son excepcionales; la química entre cada componente actoral se siente orgánica, mostrando compartir el mismo dolor que han experimentado en el pasado. A través de los diálogos es que Panahi comienza a construir el contexto narrativo por el que atraviesan los personajes; tomándose el tiempo necesario para ir tejiendo una narrativa que adentra al espectador en el dolor y el resentimiento. 

Lo destacado del filme es la profundidad en la que el realizador se adentra; siendo una historia que, a pesar de ser un drama, no se siente romantizado o con gran enfásis en el mismo; si no que, el problema narrativo se siente orgánico y el resentimiento de los personajes no es artificial, sino que natural. 

Panahi también se toma el tiempo por mostrar la ternura e inocencia que habita en las personas, al retratar personajes que, a pesar de haber sufrido, no se dejan consumir por la venganza; el agobio del dolor no los asfixia pese a los actos, una parte humana, noble, yace en ellos y muestra de ello es la duda presentada al principio sobre si realmente actuar con venganza o no.

Esta toma de decisión en pro de la venganza se deja mostrar de nueva cuenta en la recta final del filme; que si bien el resultado deja a reflexionar, es notable la forma en la que Jafar construye la imagen de la agonía, de la ira y de la redención. 

El filme no se siente como una película dramática que exagera en el sentimiento, es más un fundamento genuino sobre lo que ocasiona la opresión de un régimen; el último minuto de la cinta, es evidencia de la virtud fílmica que posee el iraní a la hora de crear tensión en el espectador, pues con solo un simple sonido le basta, para tener al filo de la butaca a todo el auditorio. 

Más que una historia de venganza, la película es una reflexión ética sobre las cicatrices invisibles que deja el autoritarismo. 'Un simple accidente’ no solo se mira,  se enfrenta a través de sus personajes.

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