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Por Carlos Meraz

“Qué triste fue decirnos adiós...”, esa frase del inicio de su icónico tema El triste, bien podría ser su epitafio para la última morada de un inmortal. Del príncipe que cantaba como rey, que bebía como cosaco, que de su existencia hizo una tragedia griega, que igual en vida tocó el cielo y deambuló por el purgatorio, que hizo suspirar y llorar a varias generaciones de mexicanos con una voz fuera de serie, curtida y destruida por el alcohol, que fue gavilán o paloma: José José.

Con un portentoso rango vocal, con tesitura de barítono e impecable interpretación melodramática, supo estremecer al más fuerte, sacarle lágrimas al más macho y hacer cantar al más reacio. En su voz las canciones se hicieron himnos, loas al dolor y la bohemia, consuelo para el perdedor y soundtrack del desamor. La mejor compañía para el hombre abatido por la ausencia del ser querido, de esa belleza que se nos presentó encarnada en mujer y que inevitablemente entendió la diferencia entre amar y querer.

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José Rómulo Sosa Ortiz pasó de ser el incondicional cantante de serenatas de la colonia Clavería para erigirse en un monarca de la interpretación de la balada, un “Príncipe de la Canción” que tan solo con pisar el escenario de un centro nocturno, como El Patio, lo hizo una catedral de la música romántica y que con su voz puso en órbita a más humanos que la misma NASA, encumbrándose como nuestro crooner, nuestro Sinatra.

Alguien que vivió al límite, con el acelerador pisado a tope, que nunca supo dónde estaba el freno y, sin embargo, sobrevivió pero no sin pagar la factura de su principal activo, su joya o su don: una voz destruida, un andar descompuesto y un carisma inmaculado pese a una era de vida disoluta que envidiaría cualquier rockstar mexicano.

El triste se fue a los 71 años, pero como verdadero artista de estirpe o mejor dicho de probado linaje en la música hispanoamericana deja su tesoro materializado en canciones. Una voz que desde que ejecutó El triste —el 25 de marzo de 1970 en el II Festival de la Canción Latina, que más tarde se llamaría Festival OTI—, a sus tiernos 22 años ataviado con su saquito que recordaba a El Principito (de Antoine de Saint-Exupéry) se coronó como el nuevo soberano de la música popular, ante la mirada atónita y la ovación de sus incrédulos colegas presentes (Angélica María, Marco Antonio Muñiz y Alberto Vázquez), que se veían ampliamente rebasados por un novel intérprete fuera de serie que hizo llorar como Magdalena hasta al mismísimo autor de la melodía, Roberto Cantoral.

Nadie que se jacte de ser mexicano puede decir que nunca lo escuchó, que no tarareó sus canciones o se percató que su voz suena omnipresente desde Tijuana hasta Mérida. Y más ahora que el hombre se hizo leyenda y que, como en los duelos de las cortes monárquicas, el pueblo rinde culto a su “príncipe” atormentado, desde con brindis hasta con borracheras de antología, aunque siempre el mejor tributo será aclamarlo de pie antes de que José José pida un aplauso para el amor. ¡El príncipe ha muerto, viva el príncipe!

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