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Los partidos políticos ya no tienen la fuerza sobre la mayoría de la población. En el siglo pasado un partido político garantizaba el voto corporativo, aseguraba que todos sus miembros votarían por cierto candidato. Era claro que el triunfo del candidato se acompañaría de beneficios para quienes aseguraban la victoria. Era un buen arreglo: dar y recibir.

Este sistema corporativista permaneció en nuestro sistema político muchos años después de la Revolución Mexicana.

Conforme evolucionó el sistema democrático, las elecciones se volvieron más competidas e incrementó el número de partidos.

El candidato se volvió la figura política central, el eje de la campaña. Su personalidad y méritos políticos podrían lograr que la gente votara por él y que el partido pasara a segundo plano.

La primera prueba en México fue en 1988. Cuauhtémoc Cárdenas era conocido a nivel nacional por sus méritos, no su partido. El fue Gobernador de Michoacán con el PRI y compitió para la Presidencia de México con el PRD.

En el 2000, Vicente Fox, miembro del PAN, comenzó a auto promoverse para la candidatura presidencial y cuando el partido debía tomar una decisión sobre quien sería su candidato, Fox ya había asegurado el apoyo popular. El giro estaba dado: los candidatos iban por encima de los partidos.

En 2006 y 2012, se repitió la historia. En 2006, Andrés Manuel López Obrador (PRD) se impuso, hizo campaña y perdió pero continuó en campaña hasta 2012. Hoy creó un partido político (MORENA) para ser candidato en 2018.

El PRI hizo algo similar. Enrique Peña Nieto era gobernador del Estado de México y se posicionó para ser candidato presidencial. Triunfó en 2012.

La conclusión es: hoy un buen partido con un mal candidato ya no triunfa y un buen candidato con un mal partido tampoco. Sin embargo, la mezcla perfecta es un buen candidato y un excelente equipo de campaña.

No es necesario que el equipo pertenezca a un partido político pero si que esté completamente convencido del proyecto del candidato.