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Por: Teresa Cabrero

Tras 18 años de sacrificio y envío de dinero a su familia en México, Calixta Pérez hoy tiene que empezar de cero nuevamente.

Originaria de Hueyapan, Morelos, Cali (como es cariñosamente conocida) no supo nada de su hija, mamá y hermanos por varias horas después del terremoto que azotó su tierra natal, toda comunicación se cayó y la angustia de saber si vivían o no, se volvía cada momento más insoportable.

Fue hasta las 8 de la noche que Cali recibió noticias de que el hijo de una amiga había visto caminando entre los escombros a su mamá y a su hermana, el calor del alivio subió por su espalda pero se desvaneció pronto al pensar en su hija, nieta, hermanos y sobrinos, de los cuales no tenía noticias.

Esperanzada por la buena noticia, pasó la noche en vela esperando a que la llamada entrara con cada intento que hacía. Más de 15 horas pasaron en angustia, hasta que finalmente en la mañana siguiente logró pasar la llamada a la única línea de la familia, y su corazón descansó cuando escuchó la voz de su hija Verónica al otro lado de la línea.

Por primera vez escuchó de viva voz que todos sus familiares habían salido con vida, a pesar de que el pueblo quedó en ruinas. El pesar de no estar cerca de su hija cuando más la necesita llegó hasta lo profundo de su corazón. Para ella, como para muchos, el precio más caro de vivir en el exilio es dejar a su hija sin madre ni padre y no poder estar a su lado en los peores momentos. Escuchó con ese pesar el relato de su hija, cómo apenas pudo cargar a su nieta de un año y salir corriendo, para ver como delante de ellas se derrumbaban las casas de adobe de sus vecinos.

Hoy Cali tiene que asumir la pérdida de los ahorros de toda su vida, ve destrozada la casa que se tardó 18 años en construir para su familia y su regreso a Morelos. Sin embargo, el espíritu que la impulsó a venir a EU sigue igual y dice estar agradecida por que su familia está sana.

Ahora redoblará sus esfuerzos para seguir adelante.

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