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Como abogado, el bien o fin fundamental que debe perseguir el ejercicio de la abogacía es la justicia. Pero entendida no tanto como un valor superior o ideal, sino como un bien real, humano, cotidiano; como una justicia del caso concreto. Tangible, incluso, en el cambiante y complejo mundo que hoy vivimos.

Bien dicen mis maestros –vivos y muertos– que la realización de semejante obra exige el respeto a los principios esenciales de la profesión. Entre ellos podemos destacar el secreto profesional, la lealtad, la independencia, el desinterés y la confianza en el abogado.También cobran un papel insustituible las virtudes de la prudencia, probidad, rectitud, lealtad y veracidad.

Además, como nunca antes, la defensa de los derechos humanos –en México, particularmente– representa un reto enorme para los abogados; en particular porque dicha protección abarca el amplio mundo de acción de los seres humanos (la empresa, industrias y negocios incluidos, por supuesto).

El peso y la responsabilidad de proteger, respetar y remediar los derechos humanos –por ejemplo– obligan a la empresa mexicana a desarrollar estrategias y prácticas que funcionen para promoverlos, defenderlos y hacerlos valer a lo largo y ancho de su organización, sin importar si sus operaciones son nacionales o internacionales.

Además, para conocer la veracidad de los hechos –triste y dura realidad– los “simples” abogados cada vez importan menos (me refiero a los que ejercen sin actualización, sin un código de ética, sin pertenecer a un colegio, sin un conocimiento de principios antes que de normas). En la arena judicial, al momento de demostrar la verdad legal, ahora son más útiles los genetistas, los economistas, los físicos, los químicos, los biólogos, los administradores...

De ahí que los tribunales deban tomarse en serio la necesidad de que los jueces puedan echar mano del conocimiento de otros profesionistas para que les expliquen –y les ayuden a comprender– cómo funciona en lo técnico (en lo científico, incluso) el asunto que juzgarán.

Al final, la suma de nuestros actos éticos será la estrategia de gran calado que nos ayudará a construir una mejor sociedad, así como un país más justo, más próspero, más competitivo y en paz.

* El autor es abogado, periodista y consultor de empresas. También es miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados (BMA) y profesor de posgrados en Alta Dirección en la UNAM, EBC, ICAMI y HC Escuela de Negocios.