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Los Guerreros consiguieron la sexta corona de su historia tras empatar en el Nemesio Díez y rentabilizar el 2-1 (2-3 global) obtenido en Torreón 

TOLUCA.- Hace apenas medio año Santos estaba desahuciado, pero su transformación fue celestial. Fue líder gran parte del torneo, recuperó su mística en la Liguilla, eliminó a dos favoritos como Tigres y América, en la Final exorcizaron a sus demonios internos tras salir airosos de la cancha en la que habían perdido dos finales ante el Toluca. Los Guerreros repartieron el dolor ajeno de visita.

 

 

Los Diablos salieron con la idea de amedrentar al rival, de pegarle un tremendo susto, pero el ímpetu les llevó a dejar espacios en su cuadro bajo, entonces fueron exorcizados por unos Guerreros sigilosos. El central Carlos Izquierdoz se agregó al ataque y metió un pase a profundidad que Julio Furch recibió en los linderos del área de pierna izquierda y definió de derecha como auténtico billarista.

 

 

Después los mexiquenses fueron mejores y comenzó el espectáculo de Jonathan Orozco para detener disparos de media distancia con gran poder. Primero fue Sambueza al 37’ y después Antonio Ríos al 45’, ambos disparos fueron desviados por el arquero visitante por encima del arco cuando ya se coreaba el gol. El colmo llegó cuando Canelo, solo frente al arco, le entregó el balón al cancerbero albiverde al 59’.

 

 

Santos fue quirúrgico, jugó con los tiempos, las emociones y los momentos, nunca renunció al contragolpe, a balón parado puso una en el travesaño al 31’, mientras que Julio Furch y Djaniny Tavares fueron un auténtico peligro para la zaga escarlata.

 

 

El Toluca le puso dramatismo en los minutos finales, consiguió el empate parcial a través de Gabriel Hauche al 81’ y después dejó el corazón, las piernas, pero no tenía ideas. Centralizó el juego, todo fueron balonazos al frente que fueron un regalito para Izquierdoz y Alcoba, más la inspirada noche del mejor del encuentro: Jonathan Orozco que fue una auténtica muralla. Sexta llegada del Santos al olimpo, a lo más sagrado para ganar el duelo bíblico, pero sobre todo, para vencer a sus propios demonios. La tercera fue la vencida.

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