Por Omar González 

“Mira que la vida no es eterna, en cualquier momento nos olvida”. (Caifanes / El Silencio) 

 

Para muchos nos es verdaderamente difícil aceptar nuestra realidad. Desde que tenemos uso de consciencia cuestionamos la fisionomía y entorno social con la que nos tocó andar por esta vida: el prieto quiere ser güero; el chaparro aspira a ser alto; el pobre, rico; el fresa quisiera tener barrio... Y nos pasamos los días aparentando para quedar bien ante los demás. 

La edad nos va llevando a situaciones irreversibles que tratamos de ocultar, pero no todo con pintura y maquillaje saca el golpe de los años. Es el caso de los machos alfa que se niegan a llegar a viejos y cuando comienzan a salir las primeras canas buscan el tinte “para caballeros” que pueda cubrir lo inevitable. 

Se tiñen cabello, barba y bigote para lucir jóvenes, tratando de bajar sus más de 40 años de vida a 27, aunque en su rostro se presenten algunas arruguitas, ojeras, manchas y secuelas de los años que no cuadran con sus cabellos pintados. Salen a los antros “a ligar“ a chavitas de 23 a 30 años, en busca de una añorada juventud. 

 

También abundan a quienes la calvicie les empieza a cobrar factura y se empeñan a luchar contra ella. Después de comprar toda clase de remedios anunciados, se percatan que emprenderán una lucha interminable. Algunos no se dan por vencidos y se inyectan cabello para engañar a su estima, aunque su apariencia sea más falsa que las promesas de campaña del “Peje”. 

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O aquellos que presumen de ir al “gym” para mantener su cuerpo sano y atlético, pero utilizan ese tiempo para ejercitarse en postear imágenes ridículas en redes sociales de sus amigos los tenis: “Hoy mi acompañan mis leales Adidas ZX 500 RM para hacer spining”. ¿A poco no es una lindura este grado de idiotez? 

Estos “jóvenes millennials” (eso dicen ser) son de los que todo publican en su Facebook: “Para no estar gordito, me comeré una ensaladita de lechuga, pepino y queso panela”, y todavía preguntan: “¿ustedes gustan?”. Luego se acercan a los obesos –como un servidor- a recomendarles que coman sano y hagan ejercicio, que sigan su ejemplo. ¡Patrañas! Puro “poser” para sus seguidores en redes, autoestima baja y necesidad de likes, “súper”, “qué lindo” y “sigue así”.   

Los veganos que, de igual manera, cantan a los cuatro vientos de lo saludable que es vivir sin comer carne. Todo el día comen frutas, semillas y verduras. Son duros críticos de los mortales que comen hamburguesas, costillas, pollo o pescado. Lo peor es que –he sido testigo de varios casos- sufren en ocasiones de descompensación nutricional que los lleva al borde del desmayo. Sí, son delgados, pero ¿sanos?  

Sería irresponsable criticar a la gente que busca cuidar su salud en su forma de alimentarse y ejercitarse, lo que pongo al escarnio son las formas, la frivolidad, la necesidad de hacerse notar, el protagonismo de algunos. Si yo decido ir a un gimnasio... ¿necesito decirle a todo mundo las rutinas que hago? ¿Es indispensable que me aplaudan y me den like? Entonces, ¿lo hago por salud o por ego? 

Todo este tema salió a relucir porque en la semana, mi hijo “El Puma” hizo un comentario que me robó una gran carcajada: “Papito, ¿por qué te gusta estar pelón, tener tu barba blanca y panzón?”. No lo niego, si me movió algo su pregunta, en efecto, en ocasiones me disgusta mi apariencia, pero dos cosas no puedo ni quiero cambiar de ella: la calvicie y las canas. La gordura, podría trabajar en revertirla, pero me encanta comer... ¿sano o no? Es uno de los placeres de la vida, que es tan corta y hay que disfrutarla. 

Por eso me acepto y me declaro un viejo, pelón y marrano... con ilusiones. 

La rola 

Los dejo con este poema de Caifanes, para que no se claven con la vida ya que no es eterna. 

Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

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Omar González Zárate

Recuerdos, política y lo que surja.

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