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Por María Fernanda Delgado Ortega

Si existe un ejemplo de innovación, desarrollo y crecimiento económico viviente, es la nación japonesa. Con apenas 377 915 km2, siendo conformada por un conjunto de islas, es actualmente una de las principales economías mundiales. Sin embargo, han tenido que pasar más de 50 años para que este país pudiera llegar al lugar en que se encuentra, y lo hizo levantándose de entre el polvo que dejaron las bombas atómicas.

El año de 1945 fue especialmente difícil para lo último de las naciones del Eje, Mussolini ya había sido ejecutado y Alemania se había rendido desde mayo, sólo quedaban los japoneses contra los Aliados.

A pesar de haber entrado a la contienda con una imponente armada, desarrollada sobre todo en el campo de la aviación, pero incluyendo buques, cruceros, acorazados, portaaviones, submarinos, barcos mercantes y un numeroso ejército, Japón se encontraba fuertemente debilitado. Habían pasado ya 5 años desde que se había unido a las fuerzas del Eje, y además de las constantes derrotas que arrastraba desde los últimos 2 años, sus pérdidas materiales e incontables bajas unidas a los diversos bloqueos económicos que le estaban poniendo las naciones Aliadas estaban limitando considerablemente sus acciones militares.

Para entonces también la política japonesa se encontraba fuertemente polarizada. Por una parte, los simpatizantes de la paz, que buscaban por medio de la diplomacia persuadir a Stalin (Unión Soviética) para que mediara una negociación con los Aliados; y los militares, quienes deseaban continuar con la guerra hasta llegar a una derrota decisiva de los oponentes que obligara a los Estados Unidos a buscar el pacto de una rendición.

Con intenciones de comenzar un acercamiento con los Estados Unidos, el 2 de febrero se le hizo llegar al presidente Roosevelt, por medio del general Douglas MacArthur, un dossier que contenía cerca de 40 páginas con propuestas hechas por funcionarios y cercanos al emperador Hiroito, en las cuales la petición central era que se asegurara la autoridad del emperador. Fue rotundamente rechazada por Roosevelt, quien reiteró su exigencia de rendición incondicional.

Para entonces ya tenían muy claro que no tenían oportunidad alguna de vencer en esta guerra; pero veían con repudio la idea de rendición, ya que esta sería la primera y deshonrosa ocasión en que se enfrentarían a una derrota desde la fundación de su país. Por tanto, aún en la situación tan asfixiante en que se encontraron evitaron la rendición hasta obtener un panorama más propicio, que en palabras del emperador significaba “al menos que hagamos una conquista militar más".

En abril comenzó a mostrarse la intención de la Unión Soviética de negociar o unirse a los Aliados, ya que el día 5 anunció que no renovaría su “Pacto de Neutralidad Soviético–Japonés”, poniendo como pretexto el enfrentamiento de Nomonhan de 1939.

 A partir de mayo se mantuvieron las que se conocen como las “Reuniones de los 6 Grandes” en las cuáles estaban presentes los 6 elementos más importantes del ejército, el guardián del Sello Imperial y el emperador mismo, en las cuáles comenzaron a buscar las mejores condiciones para proceder a la rendición. Al final de este mes, y concordando con la costumbre de hacer un informe de sus objetivos, se publicó un comunicado llamado “La política fundamental a ser seguida en lo sucesivo en la conducción de la guerra” (comúnmente conocido como el “EL Plan de los 100 millones de muertos”), en el que se instaba al todo japonés a luchar hasta la muerte.

Durante junio, ya convencidos de que no recibirían el apoyo de la Unión Soviética, decidieron solicitarles su neutralidad. Echando mano de su embajador en Moscú, solicitaron una reunión con el Ministro de Asuntos Exteriores Viacheslav Mólotov, que se llevó a cabo hasta el 11 de julio, resultando por demás infructuosa, puesto que recalcaron que “una rendición incondicional es lo menos que se espera de Japón”. Visiblemente todo este alargamiento del conflicto por parte de los soviéticos era para ganar tiempo a fin de llevar a sus tropas hacia el pacífico e iniciar con su propia invasión a Japón.

Los últimos días de Julio fueron los de mayor agonía para el gobierno japonés. En primera, porque simultáneamente a sus reuniones internas, el gobierno estadounidense estaba gestionando los últimos detalles para la aplicación del “Proyecto Manhattan”, lo cuál incluía la selección de las ciudades dónde serían detonadas las bombas atómicas, (como dato curioso, la prefectura de Kioto encabezaba la lista, pero fue retirada debido a que el secretario de guerra Henry L. Stimson recordaba con cariño dicha ciudad debido a que estuvo ahí en su luna de miel). Mientras también se llevó a cabo la Conferencia de Postdam, en la cuál se adhirió formalmente la Unión soviética a los Aliados (aunque seguía sin anunciarse), además de promulgarse la Declaración de Postdam el día 26, documento que contenía las condiciones finales de rendición.

Aún al día 30 el gobierno japonés seguía esperando la respuesta de los soviéticos, pero las observaciones de su embajador en Moscú sobre las posibles conversaciones de estos con los Aliados, y su recomendación de rendición previa a una posible participación de los rusos en la guerra sólo le trajeron una respuesta en la que se reafirmaba la imposibilidad del acuerdo. Previamente el 27 de julio unos bombarderos aliados habían sobrevolado territorio japonés dejando caer la Declaración de Postnam, ante lo cual el Ministro de Relaciones Exteriores pronunció: “Considero que la Proclamación Conjunta es un refrito de la Declaración de la Conferencia de El Cairo. El Gobierno no le da ninguna importancia en absoluto. Lo único que se debe hacer es simplemente destruirla mediante el *silencio (mokusatsu, que significa “ignorar”). No haremos otra cosa que presionar hasta el amargo final para conseguir un final exitoso a la guerra”. Por desgracia no funcionó su afán por ganar tiempo y dar un discurso neutral ya que sus palabras terminaron por parecer un rechazo.

El infierno terminó por desatarse la mañana del 06 de agosto, el avión estadounidense dejó caer sobre la cuidad de Hiroshima. Las noticias que llegaron al emperador fueron inexactas, pues si bien determinaron rápidamente que se trataba de bombas nucleares, asumieron que por lo complejo de su fabricación era imposible que tuvieran otra. En parte era verdad, ya que Estados Unidos se apresuró a atacar con el fin de anteceder a la invasión soviética, y poseían sólo las dos que se detonaron.

Después, el día 8 se puso en marcha la invasión soviética a través de Manchuria. A pesar del recuento de la incontable devastación y la presencia de los rusos, los almirantes del ejército se negaron a rendirse, y, por el contrario, aún procedieron a planear su ataque e imponer una ley marcial por sobre todo aquel que deseara rendirse. Se reunieron a revisar la situación una vez más, y al filo de las 11:00 hrs., mientras se hallaban aún en la sala se les informó que a las 10:30 habían atacado Nagasaki, en iguales condiciones que Hiroshima.

Para este punto el problema ya no era si se iban a rendir o no, sino si lo harían incondicionalmente o exigirían aún condiciones en el acuerdo. A lo largo del 09 de agosto se llevaron a cavo tres reuniones, las dos primeras con el Consejo Supremo, pero al no haber una decisión colectiva, se dirigieron al emperador, quien optó por la rendición alrededor de las 02:00 am. Por la mañana le hicieron llegar a los Aliados a través del Departamento Político Federal de Suiza la rendición, dejando en claro que no aceptarían ningún intento de omisión a la figura del emperador, la cual contestaron con reservas (el 12 de agosto), entre las que se destacan que la forma de gobierno japonesa sería la que el pueblo decidiera.

Posteriormente, y mientras realizaban un de incesante bombardeo sobre la isla (13 y 14 de agosto), el emperador solicitó finalmente al Consejo Supremo y a los líderes militares que acataran la orden imperial de terminar la guerra. Alrededor de las 02: 49 horas estaban recibiendo en Washington las órdenes enviadas a las embajadas japonesas. Y para las 21:00 hrs. El emperador leyó (y se grabó en una cinta) el Rescripto Imperial de rendición, el cuál sería transmitido posteriormente en la radio.

Los tratados se firmaron el 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri, un barco que se encontraba en la bahía de Tokio, y al que acudieron a firmar representantes del gobierno japonés; todo esto en medio de disturbios y un infructuoso golpe de estado, cometidos por militares que sintieron inverosímil que la nación hubiera aceptado una derrota y que ante esta terminaron con sus vidas.

Hay registros que hablan acerca de dos generales japoneses que se replegaron durante décadas y sólo accedieron a rendirse hasta 1974, uno de ellos lo hizo porque un antiguo superior se reunió con él para ordenárselo.

Sólo nos queda recordar el siniestro contraste que nos deja la historia, la terrible destrucción y muerte que enfrentaron los japoneses contrapuesto con su férrea convicción por conservar el honor de su nación.             

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