Don Fermín Salazar de la Garza llega a su estudio a las ocho de la noche. Es sábado. El caserón del Sector Francés huele a cera de piso y a miedo bien administrado. Los mozos trabajan. Las empleadas domésticas lo hacen por el salario mínimo. El ama de llaves hace las habitaciones por tercera vez, en esta casa los errores se pagan con la ignominia y la vergüenza no lleva liquidación.
Don Fermín pone un disco de Charlie Parker. El saxofón de Bird entra veloz, nervioso, genial. Don Fermín lo escucha con los ojos cerrados y los dedos sobre el escritorio. No entiende una sola nota, pero sabe cuánto cuesta el vinilo.
Abre la laptop. Hoy no consulta a su contador ni a su abogado. Busca consejo a la superinteligencia, como la llama Donald Trump y como la repiten los voceros de todo Silicon Valley. Escribe su propio nombre con dos dedos. Presiona enter. Espera el veredicto como un reo espera la sentencia, aunque con mejor sillón.
La máquina responde en segundos. Encuentra sus comunicados de prensa, sus fotos en el club de golf, sus donativos con placa y sus demandas laborales. Encuentra también un ensayo universitario sobre el empresariado regio y la opacidad fiscal. Don Fermín lo lee con una sonrisa fija. Luego llama a su secretario y pregunta quién pagó ese ensayo. Nadie lo pagó, y eso lo ofende más.
Sigue leyendo. La máquina conoce sus domicilios, sus sociedades anónimas y los nombres de sus hijos. Está al tanto del apodo con el cual lo llaman en la planta, y no es cariñoso. Don Fermín tiembla un segundo. Después se tranquiliza, pues la máquina conoce todo, pero no puede despedirlo a él.
Abre otra pestaña y lee la prensa. Los periódicos mexicanos y diarios de Londres y Nueva York. Científicos alarmados y ejecutivos entusiasmados. Los titulares hablan de riesgos de extinción, de sistemas fuera de control y de millones de empleos desaparecidos. Nadie en esas páginas promete mil millones de muertos, pero Don Fermín sabe leer entre líneas. Él hace sus propias cuentas y le gustan. Mil millones de bocas menos significan mil millones de bocas sin mantener.
Esas fauces, piensa, siempre salieron sobrando. Comían sin producir. Respiraban sin pagar. Votaban sin entender. El futuro será de los arrojados, de los pocos con visión, de quienes pueden pagar cien mil dólares por una cena con Donald. Ellos ya conocen el desenlace. Ya compraron boleto, mesa y silla. Los demás serán, con suerte, mano de obra.
El saxofón sube de tono. Don Fermín sirve un whisky de veinticinco años y piensa en su próxima estrategia. Hay una junta el lunes. Ahí anunciará el reajuste de personal del diez por ciento. Lo llamará optimización de capital humano. Los despedidos le dirán de otra manera, pero nadie les preguntó.
Tiene otro plan, todavía mejor. Contratará egresados de la UANL para manejar la producción y programar las líneas. Son muy trabajadores, y eso lo dice con ternura de ganadero. Les pagará la mitad del sueldo. Los pondrá por honorarios profesionales, sin prestaciones, sin antigüedad y sin derechos. Ellos agradecerán la oportunidad y pastarán sábados. Ese es el futuro, repite en voz baja. Lo remacha como una oración.
Mientras tanto, sus contenedores de China llegan siempre a tiempo. El puerto de Manzanillo ya funciona a toda marcha. Antes era un sueño turístico de palmeras y bloqueadores. Ahora es aduana eficiente y discreta. Todo llega puntual, hasta los cargamentos más delicados, cuyas etiquetas dicen una cosa y cuyos químicos dicen otra. Nadie revisa lo innecesario. Don Fermín no pregunta nada, y las interpelaciones incómodas se quedan en el muelle.
En el comedor, el ama de llaves acomoda cubiertos con precisión de cirujana. La empleada pule la plata. Un mozo vigila la puerta como si custodiara un museo. Nadie levanta la mirada. Todos saben cuál es el castigo por levantarla.
Don Fermín sirve otro whisky. Piensa en 2027. La elección se acerca con su desfile habitual de sonrisas, espectaculares y promesas. Él no necesita sonreír, ya compró a sus prospectos. Adquirió al de la derecha y al del centro, y también al ciudadano independiente de camisa arremangada. Los tiene en su agenda como cheques posfechados. Cada uno cree ser su amigo y cada uno lo es, mientras los pagos lleguen.
Afuera, el cielo de Nuevo León se pone color cobre. Más al sur, en el cauce, una de sus empresas deja caer su rutina de siempre. La nata espesa cubre el agua como una grasa de leche podrida. Brilla con amoniaco, plomo y otros metales pesados de nombres difíciles. Los peces ya no se ven. Los vecinos tosen en silencio. El comité de vigilancia ambiental cenó bien la semana pasada, en un restaurante de Don Fermín.
Él lo ignora, o prefiere desconocer. Bird toca ahora Ornithology. La melodía vuela y se burla de todo. Don Fermín aplaude solo, en el estudio vacío, las manos blandas de quien nunca cargó nada.
Vuelve a la laptop. Escribe una pregunta más para la superinteligencia. Quiere saber si sobrevivirá a lo venidero. La máquina tarda un segundo en responder. Don Fermín lee la respuesta y su sonrisa se apaga despacio.
Don Fermín escribe su pregunta. Sobreviviré. La máquina responde sin prisa. Enumera sus sociedades, sus cuentas en el extranjero y sus cheques posfechados a políticos. Enumera también los nombres de quienes los cobran. Luego añade un párrafo breve y sin adjetivos. Dice su utilidad marginal para la empresa es negativa. Su puesto es el único del organigrama no requiere salario de mercado.
Don Fermín ríe. Cree que es una broma de programador. Entonces suena su celular. Correo del consejo de administración. Lleva copia a todos los socios, y el asunto dice optimización de capital humano. El recorte del diez por ciento ya no es suyo. Lo firmó el consejo, lo calculó la máquina y lo ejecutará un egresado de la UANL, contratado por honorarios, con la mitad del sueldo. El joven ya tiene la llave de la oficina. Es muy trabajador y no hizo preguntas.
Don Fermín se levanta y llama a su secretario. Nadie contesta. Llama al mozo. Nadie contesta. Se asoma al pasillo y lo encuentra a oscuras. El ama de llaves apagó las luces y se fue a casa temprano por primera vez en veinte años. Las empleadas se llevaron la plata pulida, y el mozo llevó el vinilo de Parker. Nadie se despidió. En esa casa se aprendió bien la lección de la ignominia.
Afuera, la nata espesa de amoniaco, plomo y metales pesados ya llegó al jardín. Sube por la barda como marea lenta y sin prisa. Huele a dinero viejo y a pescado muerto. Los vecinos tosen detrás de sus ventanas, y el comité de vigilancia ambiental duerme tranquilo. El saxofón se detuvo a media frase.
Don Fermín vuelve a la laptop, es lo único que sigue encendido. En la pantalla hay un último mensaje, sin firma. Dice: los arrojados sí conocían el futuro, pero no lo escribieron para él. Dice: mil millones de bocas salieron sobrando, y alguien contó una más.
En el Sector Francés los errores se pagan con la ignominia. Esa noche el cobro llega por correo electrónico, con copia a todos.
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