Miércoles seis de julio de 1988. México con cruda de sexenio. La crisis muerde bolsillos. La inflación de 1987 rebasa el ciento cincuenta por ciento. El salario mínimo agoniza sin enfermera. El pueblo almuerza frijoles, cena esperanza, merienda ayuno. Tres años antes, el temblor de 1985 enseñó a la capital a desconfiar del Estado. Los escombros se levantaron con manos vecinas, no con oficinas. Los damnificados aprendieron aritmética. El gobierno ofrece promesas, la calle ofrece palas. Arriba, banquete. Los tecnócratas hablan inglés con acento de Harvard. Miran las colonias populares como se mira plato ajeno. Con asco y sin hambre. Para ellos, ser pobre equivale a ser flojo. Lo repiten en sobremesa, entre camarones y whisky. Heredan esa creencia junto con la casa en Las Lomas.
Entra Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Nace en 1934. Carga apellido de petróleo expropiado. Su padre, el general Lázaro Cárdenas, arrebata los pozos a las empresas extranjeras en 1938. Estudia ingeniería civil en la UNAM. Gobierna Michoacán de 1980 a 1986. Habla despacio. Camina erguido. Sonríe a cuentagotas. Carece de fuegos artificiales. Le sobra espina dorsal, mercancía rarísima en la política mexicana. Su pecado: pedir democracia dentro del PRI. Propone abrir la designación presidencial al voto de la militancia. Para la cúpula, tal petición suena como exigir castidad en el burdel. Junto a Porfirio Muñoz Ledo, expresidente del partido, además de Ifigenia Martínez y Rodolfo González Guevara, forma la Corriente Democrática. El dedazo recae en Carlos Salinas de Gortari, economista graduado en Harvard. Cárdenas abandona el tricolor en 1987. Precisión necesaria: Andrés Manuel López Obrador no sale con ellos. Sigue en el PRI de Tabasco. Se suma después. La historia exige exactitud, la leyenda tolera maquillaje.
El PARM postula a Cárdenas. Después llegan el PPS, el PFCRN y, en junio, el PMS, cuyo candidato Heberto Castillo declina en su favor. Nace el Frente Democrático Nacional. La izquierda histórica, pleitista como herederos de rancho, firma tregua. Por primera vez comparte mesa sin lanzar sillas. La campaña llena plazas, ejidos, vecindades. Campesinos, obreras, maestras, estudiantes ofrecen tamales y mantas. La televisión lo ignora o lo regaña. Nadie lo detiene.
Llega el 6 de julio. Cierran las casillas. Empieza el conteo. Cárdenas encabeza los primeros reportes. En Gobernación, Manuel Bartlett preside la Comisión Federal Electoral. Mira las cifras. Suda. Entonces anuncia: se cayó el sistema. La computadora no soporta tanta verdad. Se apaga con elegancia ranchera. Sin aviso, disculpa, justo cuando gana la oposición. Los técnicos señalan la línea telefónica. Los políticos acusan a la tecnología inocente, guarda silencio. En 2021, ya director de la CFE, Bartlett ofrece su versión ante diputados: amasiato entre el PAN y Salinas. El cocinero denuncia al mesero por el guiso quemado. Confesión tardía, pero confesión.
Esa noche, Cárdenas, Manuel Clouthier del PAN, Rosario Ibarra de Piedra y Gumersindo Magaña acuden a Gobernación. Piden anular los comicios. Reciben bostezos. Se retiran. Salinas proclama su triunfo y admite el fin del partido prácticamente único. Ironía deliciosa: el dividido único se despide ganando. Días después, las cifras oficiales entregan a Salinas 50.36 por ciento, a Cárdenas 31.12, a Clouthier cerca de 17. Las urnas aparecen embarazadas, sin padre conocido, con trillizos de tinta oficial. Hasta los muertos votan. Priistas leales, puntuales, jamás protestan. Incluso en esas cuentas, Cárdenas conquista el Distrito Federal, el Estado de México, Michoacán, Morelos y Baja California. Años después, los paquetes electorales terminan en la hoguera, sin autopsia.
Para ciertos señorones, el voto popular pesa menos. El pobre no entiende cifras, dicen. La calle replica: entiende restas. Las practica cada quincena. Sabe contar los días sin carne, también las trampas. Cuauhtémoc responde sin gritar. Rechaza la violencia. Convoca a defender el sufragio con paciencia cívica. Pierde la silla, gana la trinchera. En 1989 funda el PRD. En 1997, nueve años después del apagón, conquista la jefatura de gobierno capitalina, primera elección directa de esa plaza. Ingeniero al fin, calcula a plazos. El sistema colapsó en 1988. El hombre, no. Permaneció erguido mientras las máquinas dormían, las urnas parían fantasmas, la élite brindaba sobre la miseria. Cayeron los números. Resistió la dignidad. Moraleja para todo poder: apagar la computadora no sofoca al pueblo. Esa noche, en la oscuridad fabricada, México descubrió su estatura. Tenía nombre de emperador azteca. Cuauhtémoc, águila en descenso. Bajó solo para tomar impulso.
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