"Farmear el aura": El nuevo ritual absurdo de la sociedad mexicana (Foto Cuartoscuro)
"Farmear el aura": El nuevo ritual absurdo de la sociedad mexicana (Foto Cuartoscuro)

Farmear el aura con camisa negra. En Polanco, entre cafés de diseño y camionetas blindadas. Una familia discute con solemnidad el nuevo ritual urbano.

Farmear el aura. El padre, trajeado y con corbata Hermès, asegura es más efectivo a bañarse con agua helada, aquella moda que prometía longevidad y terminó en resfriados. La madre, con voz de influencer, recuerda los días de los patitos en la cabeza y los changos miones de Chapultepec, símbolos de un México surrealista que nunca pidió permiso para existir. El hijo, estudiante de Santa Fe, explica ahora el aura se farmea con cuarzos, playlists de reguetón y un curso exprés en línea. La hija, aspirante a coach espiritual, agrega también sirve para olvidar al ex esposo, al ex novio y hasta al ex perro.

En Zapopan, la conversación es distinta. Allí, entre mariachis, aroma a marihuana y banderas multicolor, otra familia de clase media inexistente intenta farmear el aura en la escuela pública. El padre, chofer de aplicación, dice el aura se limpia con stickers en los autos, esos revelan cuántos hijos tienes y si eres feliz. La madre, vendedora de cosméticos, recuerda la moda de llamar Pepito a los desconocidos, ejemplo de vulgaridad nacional. El hijo, estudiante de secundaria, asegura farmear el aura es más barato a pagar terapia. La hija, fanática del soccer, cree que el aura se fortalece con goles al Bufalo Aguirre y memes de Vucetich.

Gilles Lipovetsky ya lo había advertido. Vivimos en la era del vacío, donde cada moda es un placebo disfrazado de revolución. Zygmunt Bauman lo complementa. La modernidad líquida convierte el aura en mercancía, lista para ser farmeada en cualquier esquina. Los pensadores contemporáneos, entre ironía y resignación, observan cómo la sociedad se aferra a rituales absurdos para darle sentido a la nada.

Antes fue Gangnam Style, ahora es farmear el aura. El resultado es el mismo: un espectáculo colectivo de idiotez voluntaria.

La música de Juanes acompaña la escena. Tengo la camisa negra suena en Polanco como himno de purificación, mientras en Zapopan se interpreta como terapia colectiva. El aura se farmea entre coros y guitarras, con la ilusión de que la vida será distinta después del último acorde.

La ironía es brutal. Nadie cree realmente en el aura, pero todos participan en el ritual, porque la moda no se cuestiona, se consume.

El cierre es inevitable. La temporada de idiota no termina, solo se reinventa. Hoy es farmear el aura, mañana será limpiar chakras con tequila o vender NFTs de energía positiva. La sociedad mexicana, entre lujo y precariedad, entre Polanco y Zapopan, entre Santa Fe y San Pedro, se aferra a la comedia de lo absurdo. El aura se farmea, presume, olvida. Juanes sigue cantando, recordándonos la camisa negra nunca pasa de moda.

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