El retumbar colombiano. No es metáfora. A las siete y treinta y cuatro de la mañana del 10 de agosto, cuando los cafetales del Eje aún dormitaban bajo la niebla, el suelo del occidente colombiano se partió con la furia de un dios antiguo. Magnitud siete punto cuatro. Epicentro: San José del Palmar, Chocó, esa provincia olvidada donde la selva se traga los caminos y los ríos son las únicas carreteras.
El sismo más poderoso registrado en Colombia en lo corrido del siglo XXI, según el Servicio Geológico Colombiano. Veintiuna réplicas posteriores. Ciento once muertos confirmados al cierre. Más de seiscientos heridos. Dos mil desaparecidos. Mil seiscientos edificios dañados. Sesenta y uno colapsados por completo.
Suena exagerado. No lo es. El Eje Cafetero bajo los escombros. Pereira, la ciudad del Risaralda, amaneció entre polvo y gritos. Cuarenta muertos solo en esa región. El techo del aeropuerto se desplomó sobre viajeros aterrados. El alcalde Mauricio Salazar habló por radio local con la voz quebrada. Una cantidad masiva de edificios colapsados. En Manizales, una de las torres de la catedral neogótica, esa joya del siglo XIX, cayó sobre la nave central como un presagio bíblico. En Cali, diecinueve edificios se vinieron abajo. Veintisiete muertos en el Valle del Cauca, tres de ellos niños.
Abelardo de la Espriella, abogado, empresario, apodado "El Tigre", juró el cargo el viernes 7 de agosto en Cali. El lunes, la tierra le respondió. El presidente inauguró su mandato en la misma ciudad donde ahora se buscan sobrevivientes entre los escombros. De la Espriella canceló sus planes de viaje y, desde la sala de crisis, declaró emergencia nacional. "No están solos. El Estado está presente y actuando", dijo.
Entre lo laico y lo metafísico. El mismo lunes del terremoto, la Cancillería colombiana emitió el comunicado reconociendo la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. El gesto marcó la ruptura total con la política exterior de Gustavo Petro. The Washington Post habló de un giro tectónico en la política exterior colombiana.
La provincia suena entre los escombros. Hoy suena La Tierra del Olvido como himno involuntario de un Chocó donde las señales telefónicas se apagaron y San José del Palmar permanece incomunicado. La hermandad continental se hizo presente: desde Brasilia, el presidente Lula da Silva extendió la mano, y desde Ciudad de México llegó la solidaridad con prontitud.
La verdadera catástrofe no es solo geológica. Es la convergencia de un presidente sin experiencia enfrentando su primera crisis, un país polarizado y una región controlada por grupos armados ilegales como el ELN o el Clan del Golfo. Colombia, vecina de una Venezuela devastada por dos terremotos en junio, ahora comparte el dolor sísmico del Anillo de Fuego. El Eje Cafetero intenta ponerse de pie mientras la tierra del olvido ya no deja de lado; hoy recuerda con toda su furia.
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