Subimos al taxi de aplicación durante una tarde abrasadora. Monterrey hervía bajo el sol, entre anuncios espectaculares, tráfico eterno y promesas municipales listas para ingresar al museo universal del olvido. El conductor saludó con cortesía antigua, similar a los recepcionistas elegantes, los boleros filósofos o los libreros capaces de recomendar una novela sin consultar algoritmo alguno.
Apenas cerré la puerta inició la ceremonia.
Los primeros acordes surgieron desde las bocinas. Nada de corridos futuristas fabricados por computadora. Nada de ritmos salidos desde laboratorios digitales. Nada de voces afinadas por cirugía electrónica.
Sonaba Caifanes. Luego apareció Soda Stereo. Más adelante, Maldita Vecindad. Después, Héroes del Silencio. Más tarde, Fobia. Al final del recorrido surgirían El Gran Silencio y Celso Piña, patronos informales del mestizaje musical regiomontano.
Durante varios minutos viajé sin hablar. Resultaba imposible interrumpir semejante peregrinación sonora. Aquella cabina móvil parecía cápsula temporal. Afuera circulaban camionetas gigantescas adquiridas mediante créditos infernales. Adentro sobrevivía una civilización completa alimentada por guitarras, bajos, baterías y letras capaces de provocar incendios sentimentales.
El conductor movía la cabeza siguiendo cada compás. Su expresión transmitía orgullo. También cierta superioridad moral. Finalmente lanzó sentencia.
—Toda la música actual resulta un mugrero.
Frase contundente. Frase lapidaria. Frase pronunciada millones de veces desde tiempos romanos, cuando algún veterano seguramente acusó a los jóvenes gladiadores por escuchar flautas decadentes.
Asentí con respeto. No por convicción absoluta. Más bien por simpatía. Caifanes continuaba realizando milagros. Soda Stereo seguía convirtiendo avenidas congestionadas en autopistas espaciales. Maldita Vecindad mantenía vivo al barrio entero. Héroes del Silencio conservaba intacto su dramatismo volcánico. Fobia aportaba ironía elegante.
El Gran Silencio mezclaba frontera, cumbia y rebeldía. Celso Piña aparecía como emperador tropical sin necesidad de corona.
Durante varios semáforos permanecimos inmersos dentro del santuario. Entonces surgió curiosidad legítima. Observé al conductor mediante el espejo retrovisor. Barba discreta. Gorra sencilla. Rostro juvenil.
Ninguna señal visible propia del arqueólogo musical promedio. Realicé pregunta inocente.
—¿Cuántos años tienes?
Esperaba respuesta cercana a cuarenta y tantos. Tal vez cincuenta. Incluso sesenta no habría provocado sorpresa. El conductor respondió sin drama.
—Veinticinco.
Casi solicité detener la unidad para revisar mi presión arterial. Veinticinco. Dos palabras habrían resultado menos impactantes. Meteorito. Apocalipsis. Atlantis.
Veinticinco.
Durante varios segundos imaginé error auditivo. Tal vez mencionó treinta y cinco. Tal vez cuarenta y cinco. Tal vez sufría interferencia acústica provocada por alguna maldición urbana.
No. Veinticinco.
Allí recuperé fe profunda hacia nuestra especie. Todavía existen espíritus libres. Todavía aparecen ciudadanos capaces de explorar bibliotecas musicales sin ayuda pedagógica. Todavía nacen muchachos interesados por sonidos previos al dominio absoluto del algoritmo.
A partir de ese instante el viaje adquirió dimensión filosófica.
Muchos profetas digitales anuncian decadencia irreversible. Según semejantes expertos, la humanidad avanza rumbo a la cañería cósmica. Pantallas por todas partes. Atención pulverizada. Memoria sustituida por almacenamiento remoto. Conversaciones reducidas a emojis. Cultura convertida en mercancía desechable.
Sin embargo, allí estaba aquel joven conductor desmontando teorías catastrofistas mediante una lista musical formidable.
Caifanes circulaba junto a motociclistas imprudentes. Soda Stereo sobrevivía entre baches municipales. Maldita Vecindad resistía bajo anuncios luminosos. Héroes del Silencio atravesaba avenidas saturadas. Fobia sonreía desde alguna curva. El Gran Silencio saludaba a colonias populares. Celso Piña reinaba sobre cruceros imposibles.
Ni inteligencia artificial, ni comité gubernamental, ni plataforma multimillonaria lograron exterminar semejante patrimonio sentimental.
Observé edificios recientes, cafeterías minimalistas, gimnasios abiertos día completo y torres habitacionales destinadas al futuro inmediato. Entre toda esa escenografía aparecía un conductor joven defendiendo canciones nacidas varias décadas atrás.
Hermosa contradicción. Magnífica anomalía. Milagro estadístico.
Según numerosos analistas culturales, cada generación debe consumir únicamente productos correspondientes a su calendario biológico. Bajo tal lógica absurda, un muchacho nacido durante pleno siglo veintiuno jamás habría sentido fascinación por Gustavo Cerati, Saúl Hernández, Rubén Albarrán, Bunbury o Celso Piña.
Por fortuna, la realidad suele burlarse del laboratorio sociológico. La buena música viaja sin pasaporte. Sin fecha límite. Sin permiso institucional. Sin aduanas. Sin fronteras.
Mientras avanzábamos rumbo al destino final, recordé numerosos discursos funerarios dedicados al rock en español. Cada década produce sacerdotes especializados en anunciar entierros. Siempre aparecen columnas periodísticas, programas radiofónicos o paneles televisivos proclamando final definitivo.
Luego surge alguna guitarra. Luego aparece algún coro. Luego cientos cantan al unísono. Luego miles. Finalmente resulta imposible encontrar ataúd suficiente.
El rock en español posee varias vidas. Similar a los gatos callejeros, sobrevive lluvias, gobiernos, crisis económicas, modas pasajeras y expertos profesionales.
A esas alturas del trayecto sonaba Celso Piña. Monterrey parecía sonreír. Incluso el tráfico disminuía su capacidad habitual para generar odio. Llegamos al destino.
El conductor estacionó con precisión admirable. Antes del descenso observé nuevamente aquel rostro juvenil. Veinticinco años.
Todavía me parecía cifra fantástica.
Pagué el viaje. Agradecí la selección musical. Intercambiamos sonrisa cómplice. Luego descendí hacia la banqueta. Durante varios pasos permanecí reflexionando. Tal vez nuestra civilización todavía posee remedio. Tal vez no todo termina dentro del drenaje cultural.
Tal vez aún circulan guardianes invisibles protegiendo tesoros sonoros mediante aplicaciones móviles.
No usan capas. No portan espadas. No aparecen dentro del cine. Conducen automóviles. Cobran tarifas dinámicas. Esquivan embotellamientos.
Además, conservan viva la llama sagrada formada por Caifanes, Soda Stereo, Maldita Vecindad, Héroes del Silencio, Fobia, El Gran Silencio y Celso Piña.
Gracias a personajes similares, el futuro luce menos sombrío. Gracias a personajes similares, la esperanza todavía canta. Gracias a personajes similares, el rock en español continúa viajando por avenidas, puentes y túneles. A volumen suficiente para vencer al ruido del mundo.