“Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa sí es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso trata la tormenta”, Haruki Murakami, en Kafka en la orilla.

Por Carlos Meraz

Es insólito. Un nuevo mundo se avecina... Calles sin peatones, oficinas vacías, iglesias sin feligreses, escuelas desiertas, ciudades y poblaciones con sus habitantes confinados en una cuarentena por culpa de un microscópico bicho que ha sacudido a toda la humanidad. La primavera entró como el invierno más crudo del que cualquier ser vivo tenga memoria.

De esto que nadie entiende y que muchos explican cuál científicos improvisados en ese lavadero global que son las redes sociales, hay una infinidad de teorías de la conspiración que van de lo ingenioso a lo ridículo; creencias apocalípticas de un todopoderoso iracundo con sus creaciones o hasta bromas y memes, de la genialidad a la insensibilidad y videos de aislamientos voluntarios, tanto creativos como ramplones. Lo cierto es que después del encierro no podemos darnos el lujo de volver a ser los mismos. El mensaje que deja será lo más importante y si no lo aprendemos estamos irremediablemente condenados a la extinción. “Si en el futuro, el presente no sirve para nada, es como si no existiese”, escribió José Saramago, en Ensayo sobre la ceguera.

En este enclaustramiento no sólo hay espacio para el trabajo a distancia (home office) y el ocio, sino también para la reflexión y la autocrítica de esta sociedad de masas tan deshumanizada que por un ente pandémico nos ha vuelto a lo básico, a lo esencial, a la reclusión ante el enemigo invisible que a través del contagio de una infección atípica que complicándose nos puede reunir con el Creador.

Mientras unos rezan y claman piedad ante el castigo divino manifestado en el omnipresente Covid-19; otros optan por la parsimoniosa estrategia importada del tradicional espíritu flemático británico del keep calm and carry on (mantén la calma y sigue adelante); unos más descubren que tras cuatro paredes se puede convivir con el vecino y que además extrañamente siente temores similares a los propios y algunos, que deseo sean los menos, salen de sus cloacas para aprovechar la tranquilidad para robar y saquear, porque las ratas no respetan cuarentenas. 

Esta pandemia que ha puesto de cabeza al planeta entero no es una selección natural, sino una prueba de humanidad —no dejando morir a los más susceptibles de contraerla como el enfermo, la embarazada o el anciano— , también lo hace con ese individualismo a ultranza que en la soledad, desaparece o se recrudece. El inevitable miedo es un arma de dos filos, el de la serenidad con acciones meditadas y el de la histeria con su respectivo caos.

Justo cuando llega el florecimiento de 2020 y me encuentro recluido voluntariamente en casa veo un inusual concierto online de la banda mexicana Fobia, gratuito y sin público desde un lúgubre Teatro de la Ciudad, un show fuera de serie para el grupo y su audiencia, donde no hay espacio para alimentar el ego con aplausos, que me devuelve la esperanza en el rock como género empático y solidario en momentos de crisis; sentimientos que se detonan cuando me aparece en Facebook, un conmovedor video que la querida Perla Olmeda le dedicó a mi amada Sharon Wilkins —afligida por la llegada de su anhelado cumpleaños, ausente de abrazos, sin fiesta ni invitados, acompañada del procrastinado esposo y su incansable Jack Russell Terrier—, en el tema Volveremos a brindar, compuesto por la actriz española Lucía Gil, con un mensaje de esperanza para su país en plena lucha sin armas contra esa plaga, llamada coronavirus.

...es tiempo de escondernos / tal vez sea la forma de encontrarnos otra vez... romperemos ese metro de distancia entre tú y yo / ya no habrá una pantalla entre los dos...

No dudo que en breve se anunciará con bombo y platillo el descubrimiento de la vacuna contra esta pandemia, pero contra la ignorancia y la barbarie nadie ha encontrado —y ahí sí confirmo que se demorará la patente del antídoto— una cura para esos males que ya no debieran ser parte del historial sociopolítico de este siglo. 

Este virus, a final de cuentas, seguramente expondrá lo mejor y lo peor del ser humano. El tiempo, que es más sabio que cualquiera, nos lo dirá. Después de todo, en esta alerta sanitaria global, la cabeza primero sirve para pensar y luego para colgarse el cubrebocas.

Lo que hay que leer.

Imagen de jose.meraz

José Carlos Meraz Díaz


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