Por Carlos Meraz

“Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Groucho Marx, actor estadounidense.

Hace casi 25 años viajé por primera vez a Nueva York, enviado a la cobertura periodística de los MTV Video Music Awards, en su regreso a la urbe que los vio nacer en 1984 en el emblemático Radio City Music Hall, luego de ocho ediciones (1986 a 1993) realizadas en Los Ángeles, una ciudad más identificada por sus premios de cine que por las ceremonias musicales.

En 8 de septiembre de 1994, el epicentro de la música global se ubicaba en el 1260 de Sixth Avenue, convertida por una noche en MTV Plaza, con su logo y marca por doquier en una cátedra de branding ante medios de comunicación de todo Estados Unidos y el extranjero, acreditados a la decimoprimera entrega de las estatuillas insignia del astronauta sobre la luna.

Luego del escándalo en la edición 32 de los Grammy de 1990 por premiar como Mejor Artista Nuevo al fraudulento dueto de Milli Vanilli, la reputación de estos premios se hundió más profundo que cualquier estación del subway, mientras los Video Music Awards se catapultaron como rascacielos de credibilidad dentro de la industria discográfica.

En la urbanizada Babilonia del apodado “alcalde de América”, el carismático Rudolph Giuliani, la otrora ciudad más peligrosa de EU se erigía como la urbe más segura, divertida y cosmopolita del planeta, en sintonía con la entrega de los premios más cool del mundo; en tanto, yo me hospedaba en un deprimente Best Western, localizado al lado de un lóbrego callejón sin salida, donde uno podía jurar que ahí habrían asesinado a los papás de Batman.

En mi primera noche en Manhattan, la frágil ventana detonó mi trastorno obsesivo compulsivo y ni con el pestillo de la puerta asegurado pude mantener la calma, sugestionado por la escalera externa de emergencia que invitaba a cualquier archivillano a visitarme mientras yo soñaba con MTV y su insuperable cartel de actuaciones para la gala: Aerosmith (Walk This Way), The Smashing Pumpkins (Disarm), Green Day (Armatage Shanks), Beastie Boys (Sabotage), Stone Temple Pilots (Pretty Penny), Tom Petty And The Heartbreakers (Mary Jane’s Last Dance), Bruce Springsteen (Streets Of Philadelphia) y The Rolling Stones (Love Is Strong/Start Me Up), entre muchos más.

Además la ceremonia tenía tres momentos relevantes para mi novel juicio periodístico: la nominación de Caifanes, con Afuera, al Mejor Video de MTV Latinoamérica, que terminaría en las manos del combo argentino Los Fabulosos Cadillacs, por Matador; el reconocimiento póstumo a Kurt Cobain, de Nirvana, y el Premio a la Trayectoria para The Rolling Stones —entregado por el mismísimo Jan Wenner, co-fundador y director de la revista Rolling Stone—, previo a su primera vista a México con la gira Voodoo Lounge.

“Nunca verás la música de la misma forma” fue uno de los lemas del canal cuando era Music Television y no un receptáculo de acéfalos realities o anodinas series. Y así fue en aquella entrega, donde finalmente y como suele pasar, la gran noticia fue el performance de morbo montado por Michael Jackson y su entonces esposa Lisa Marie Presley, cuando la freakie pareja abrió la transmisión dándose un beso tan falso como su matrimonio. Ese sería el encabezado del día siguiente en todos los titulares, cuando lo realmente sorprendente hubiera sido que Jacko besará a Elvis (si viviera) y no a su hija.

Con la llegada del siglo XXI, el canal escupió para arriba, dejó de innovar y le apostó a lo seguro... a la telebasura. Los videoclips dejaron de ser la oferta que lo encumbró. Adiós a la música, pero no a su último bastión sonoro: los MTV Video Music Awards, que se realizan tan sólo una vez al año, como para autopremiarse con el galardón a la incongruencia, a través de la estatuilla de un astronauta que padece de acrofobia.

Lo que hay que leer.

 

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José Carlos Meraz Díaz


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