Por Carlos Meraz

La palabra se sostiene con algo más que testículos u ovarios y frases demagógicas de un futuro halagador que nunca acaba de llegar, se sostiene no sólo con congruencia, sino con sensibilidad y algo que parece mucho pedir hoy en día a las autoridades capitalinas: inteligencia.

Mientras el gobierno de la Ciudad de México pierde el tiempo y, cuidado, también futuros votantes para las elecciones intermedias, en proponer normas “incluyentes” tan vitales y urgentes como el uso de faldas en varones de educación básica o en absurdos reglamentos de tránsito y estilos de convivencia del “primer mundo” tan ridículos e innecesarios, cuando aún no se ha podido erradicar lo realmente importante para la sociedad de esta surrealista urbe: los alarmantes niveles de inseguridad y la ola de violencia. Solucionarlo eso sí que sería una medida vanguardista y moderna. 

Lo apremiante es combatir al crimen organizado que azota a este agobiado pueblo, porque, entiéndase bien, constitucionalmente pueblo somos todos, no solo los pobres y ya no digo los desprotegidos porque ahí sí que estamos democráticamente en las mismas condiciones... todos encerrados mientras los criminales andan libres. 

Esto no es un asunto político y mucho menos de partido, es de seguridad ciudadana. Uno de los derechos básicos y hasta humanitarios que debiéramos tener y exigir los contribuyentes que pagamos a los servidores públicos para que no anden, como siempre, “chiflando en la loma”.

Por eso cuando vi la noticia de que la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum en su hortera Ley de Cultura Cívica proponía sancionar silbidos hacia las mujeres, no supe si reír, llorar o chiflar a ese tono emitido desde las tribunas hacia los árbitros de futbol. De inmediato vino a mi mente aquella frase de su jefe, cuando era candidato en campaña, al describir una realidad nacional inaudita: “El mundo al revés”. 

Quienes pagamos impuestos y no cometemos delitos —las faltas de tránsito no están tipificadas como tales siempre y cuando no pongan el peligro la integridad física de alguien o no impliquen un daño a la propiedad— cada vez estamos sujetos a más sanciones legales; mientras los verdaderos criminales que violan, torturan, roban, trafican, prostituyen y matan a sus víctimas hasta cínicamente cuando llegan a ser aprehendidos claman por el respeto de sus derechos humanos y la hipotética “fuerza del Estado” los trata con una insultante cortesía para luego dejarlos libres por “buena conducta”. ¿Es eso acaso el concepto de justicia que merecemos?

Y pongo un ejemplo que todos los días veo, como miles de personas que circulan por una calle —llamada Enrico Martínez a un costado de la Biblioteca de México frente a la Escuela Secundaria Técnica No. 6, en las inmediaciones de la Plaza de La Ciudadela—  donde un grupo de sujetos se prostituyen por las noches y hasta se masturban en plena vía pública ante la indiferencia de las autoridades policiales. Esos descarados y exhibicionistas, me refiero a los chichifos, tienen más derechos que quienes pagamos impuestos destinados al erario y ya ni silbar podemos; pero ellos, que están al margen de la ley y en aras de sus derechos humanos, pueden andar semidesnudos y enseñar sus miserias a todos los que circulan por ese lugar.

Al ver la tibia e indiferente respuesta de Sheinbaum ante una sociedad convulsionada y herida, con otra víctima más del secuestro: con el mediático drama del joven universitario Norberto Ronquillo, plagiado y asesinado cobardemente, incluso antes del pago del rescate por su liberación de parte de su lastimada familia —para ellos mis respetos y solidaridad ante su inconmensurable dolor—, y la jefa de gobierno de la CDMX sale con su incoherente propuesta contra los silbidos mientras nos matan a nuestros jóvenes, mi conclusión es que ella es quien está literalmente chiflada y con ello, obviamente, no me refiero a ser objeto de deseo con impensables silbidos de ramplones cortejos de barriada.

En serio, Sheinbaum si no sabes qué hacer es válido, yo en tu lugar estaría igual... con la pequeña gran diferencia de que yo solo cobro por lo que realmente sé hacer; además de que sí conozco mis alcances y limitaciones, pues no soy de esos afortunados que les pagan por aprender, como a Luis Videgaray. Así que mejor te paso un tip para ahorrarte más desilusiones, frustraciones y por ende rechiflas: renuncia. 

Lo que hay que leer.
 

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José Carlos Meraz Díaz


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