Por Alejandro Ávila
“Me está matando una vida bastante buena”, canta el músico estadounidense Cameron Winter en la visceral ‘Getting Killed’, cuarto track de su tercera placa discográfica, del mismo nombre, lanzada hace un año. Con su tercer material, el grupo integrado por Winter, Max Bassin, Emily Green y Dominic DiGesu ha conseguido entrar en un nuevo nivel dentro de la escena alternativa a nivel mundial. Después de pasar por festivales como Coachella y Primavera Sound, el grupo de veinteañeros ha demostrado ser una de las maquinarias sonoras más viscerales, emocionales y versátiles de la escena actual.
Es así que, como parte de la gira de promoción de su más reciente trabajo, la banda irrumpió en la capital mexicana el pasado 6 de octubre para presentarse ante una multitud de miles de personas que, desde las 19:00 horas, se dieron cita en el Teatro Metropólitan para comprobar por sí mismas por qué al grupo se le ha denominado como “los mesías del rock actual”.
Comandados por el aclamado Cameron Winter, los integrantes subieron al escenario pasadas las 21:00 horas para hacer explotar, desde la primera canción, la emoción de los 3 mil congregados.
La euforia se sentía desde horas previas. Miles de jóvenes desfilaban por la entrada del Metropólitan luciendo algo alusivo a la banda: desde peluches de ganso sobre la cabeza, sombreros de vaquero y playeras del grupo. Poco a poco, los asistentes llenaron el espacio que sería testigo de la furia neoyorquina.
Una declaración de intenciones
‘Trinidad’ fue la primera declaración de intenciones. Con un juego de luces vibrante y el susurro inquietante de Winter, el silencio de los presentes se convirtió, de un momento a otro, en caos. El vocalista de 24 años desató su furia vocal mientras la gente saltaba y meneaba el cuerpo ante la explosiva interpretación. Con una estructura compleja que deambula entre la serenidad y la paranoia, Winter demostró un rango vocal que puso en trance, desde el primer momento, a los congregados.
Fue en una parte de la canción donde el vocalista se tomó el tiempo de experimentar con la melodía, cantando alguno que otro verso en español. “Le tendieron una trampa… ¿cómo carajos le tendieron una trampa?”, expresó el músico, quien tuvo como respuesta una euforia desmedida por parte de la audiencia. Los quiebres de ritmo, que van desde lo pasivo hasta lo caótico, demostraron la dualidad que el grupo sabe manejar: una maquinaria de cortes feroces, pero también de temas románticos para bailar.
Fue así que, con ‘Cobra’, la banda entregó un corte más meloso, con unas cuerdas armoniosas que marcaron el ritmo de uno de los temas más coreados por la masa humana congregada. La épica ‘Husbands’ entrelazó el caos y la armonía, manteniendo toda la adrenalina de la audiencia.
Con ‘Getting Killed’, los neoyorquinos continuaron la noche en un viaje caótico, construido sobre un bajo corpulento y una guitarra inquietante. Pero fue el baterista Max Bassin quien marcó el pulso de la velada con golpes rabiosos, convirtiendo el concierto en un huracán sonoro.
El momento estelar de la velada fue la ejecución de ‘Getting Killed’ de inicio a fin, pues el disco se convirtió prácticamente en el eje de la presentación y, durante su ejecución, se entrelazaron temas pasados como la tartamuda ‘2122’. En conciertos de este tipo, donde una banda tiene una propuesta tan cambiante, la verdadera prueba no está solamente en reproducir lo que sucede en el estudio, sino en demostrar qué tan lejos pueden llevar esas canciones cuando desaparecen las restricciones de una grabación. Geese entendió esto a la perfección.
Con 15 canciones y una hora y media de duración, el show que ofreció el grupo fue un combo de adrenalina, melancolía y una ejecución de improvisación digna de admirar. El grupo, por momentos, encuentra el espacio preciso para llevar ciertas melodías hacia estructuras nuevas que no provienen de una versión en estudio. Esto hizo que todas las canciones se sintieran como una aventura sonora en busca de algo nuevo por encontrar.
Y esa es, quizá, una de las grandes virtudes de Geese en directo: sus canciones no parecen estar terminadas cuando comienza el concierto. Se transforman frente a la audiencia. Hay pausas que se estiran, cambios que aparecen de manera inesperada y momentos donde parece que los músicos están descubriendo la canción al mismo tiempo que el público. Como sucede con los mejores conciertos de rock, la incertidumbre se convierte en parte del espectáculo.
Sin ninguna escenografía sobre el escenario y solamente con un juego de luces, el grupo entregó una noche donde la gente entró en la locura con temas como ‘100 Horses’ y se agarró el pecho en ‘Half Real’, pasando de una emoción a otra en muy poco tiempo.
La interacción con la audiencia fue mínima, pero la fraternidad se sentía en el ambiente. Los gritos de “ganso, ganso” y “Geese, Geese” provocaron algunas sonrisas tímidas de la banda de Brooklyn. No hacía falta que Winter hablara demasiado: la comunicación estaba sucediendo a través de las canciones, los movimientos de los músicos y las respuestas de una audiencia que parecía conocer cada cambio de ritmo.La precisión de cada tema en vivo confirma que Geese es, a día de hoy, uno de los actos imperdibles de la escena.
Cameron Winter, a su corta edad, demostró por qué es una de las voces más aclamadas de su generación. El joven irradia una seguridad particular en cada una de sus improvisaciones y, aunque por momentos pareciera una especie de copia ridícula de Elvis Presley en sus vocales, lo cierto es que Winter logra dar una identidad propia tanto a su persona como a la de su banda.
El muchacho entrega vocales estremecedores y demenciales. Además, su particularidad de improvisar en el momento menos esperado lo enmarca como una estrella de rock poco convencional. No es un frontman que quiera ser el centro de atención; al contrario, es un compositor que sabe que el tema central es lo que hace: la música. Es por ello que durante la presentación todo el centro de atención estuvo puesto en la manera en la que los músicos fueron esculpiendo cada una de estas figuras sonoras.
A veces frágil, a veces caótica y rabiosa, la voz de Winter es improbable. Lo cierto es que entrega un sonido difícil de digerir, uno que te agarra desprevenido y te sumerge en una experiencia pocas veces experimentada.
El rugido neoyorquino conquista México
Cameron Winter mostró una soltura sin igual, con un carisma helado y una voz que pasó de versos armoniosos a cánticos demoníacos. Por su parte, el resto de la banda mostró la misma precisión para ejecutar cada instrumento. ‘I See Myself’ demostró que Geese puede transitar entre la protesta social y las canciones románticas sin perder su identidad.
La recta final llegó con ‘Taxes’ y ‘Bow Down’, esta última una bomba sonora que hizo saltar a todo el público gracias a un potente solo de batería de Bassin. ‘Au Pays Du Cocaine’ hizo vibrar al recinto con un coro colectivo entre banda y audiencia.
El show terminó con la experimental e hipnótica ‘Long Island’, donde Winter utilizó cuerdas y teclas de piano para crear un viaje épico que estremeció a los asistentes. Fue un cierre que, lejos de buscar una explosión convencional, permitió que el concierto terminara como comenzó: entre la incertidumbre, la intensidad y la sensación de que en cualquier momento la canción podía convertirse en otra cosa.
Con esta visita al Teatro Metropólitan, Geese demostró que es una de las bandas más potentes en directo. Su regreso a la Ciudad de México no fue solamente una presentación más: fue la confirmación de que el grupo de Brooklyn ha encontrado en el público mexicano una audiencia que entiende y abraza su propuesta.
El público alzó las manos, hizo movimientos al aire, saltó y demás, evidenciando que Geese sabe cómo armar un concierto de rock and roll en toda regla, donde las pantallas pocas veces aparecieron y donde la urgencia de la audiencia no era sacar la historia para la red social, sino disfrutar del caos que la banda estaba invocando en directo.
En una época en la que muchos conciertos parecen diseñados para ser vistos a través de la pantalla de un teléfono, Geese apostó por algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: hacer que la gente estuviera presente. No hubo una gran escenografía que distrajera del sonido ni una sucesión de momentos pensados para convertirse en contenido viral. El espectáculo estaba en los cuatro músicos, en sus instrumentos y en la manera en que cada canción podía desmoronarse para después volver a construirse frente a los asistentes.
En directo, cada una de las melodías del grupo cobra una nueva vida. Esperanza, amor, temor y las ganas por permanecer en el amor se hacen presentes en cada una de las canciones, evidenciando que en la vida hay cosas bellas, pero que, en ocasiones, también nos derrumban en el día a día. Sin embargo, es a través de la música que uno puede resistir ante estos infortunios.
La visita de Geese al Teatro Metropólitan fue el testimonio de que la música es un ritual para exorcizar demonios, cantar en comunidad y encontrar, aunque sea por una hora y media, un espacio donde todos los problemas parecen desaparecer.
Aquella noche, los congregados lo hicieron ante uno de los nuevos estandartes del rock and roll. Geese ya no es una promesa para México: demostró ser una banda que, con el paso de los años, podría convertirse en uno de los referentes indispensables de la industria musical.
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