Por Alejandro Ávila Peña
Quizás uno de los monstruos más recurrentes dentro de la industria del séptimo arte es la figura de los muertos vivientes, conocidos popularmente como zombies. Cuerpos putrefactos que, tras morir, regresan a la vida de manera misteriosa y que, con el paso de los años, han evolucionado hasta convertirse en una de las criaturas más reconocibles del cine de terror. Desde que ‘Night of the Living Dead’, de George A. Romero, popularizó el concepto, el género ha encontrado distintas maneras de reinventar a estos seres y llevarlos hacia terrenos donde la modernidad y lo real se convierten en pilares fundamentales.
El zombie dejó de ser únicamente un cadáver que camina y comenzó a relacionarse con epidemias, infecciones de alcance global y sociedades al borde del colapso. La amenaza ya no proviene solamente de la muerte, sino de aquello que puede contagiarse, reproducirse y evolucionar. En ese contexto, una de las voces más propositivas de la industria ha sido el aclamado Yeon Sang-ho, quien desde hace más de una década ha demostrado una sensibilidad particular para utilizar el género como un vehículo para hablar de los demonios de la sociedad contemporánea.
En 2016, Yeon hizo vibrar a la industria con la aclamada ‘Tren a Busan’, una reinvención del género que entregó, para muchos, una de las propuestas más interesantes sobre infectados de los últimos años. Su visión discursiva y su extraordinaria labor técnica fueron suficientes para construir una obra inquietante, repulsiva, pero sobre todo reflexiva. Detrás de los cuerpos corriendo y de la violencia había una mirada sobre el egoísmo, la supervivencia y la manera en que las personas reaccionan cuando todo aquello que conocen está a punto de desaparecer.
Ahora, diez años después de haberse consolidado como uno de los realizadores que revolucionaron el cine de zombies y de infectados, Yeon Sang-ho regresa a la pantalla grande con ‘Colony (Zona Cero)’, una película cargada de tensión, horror y una narrativa que intenta tomar distancia de las fórmulas tradicionales del género.
Cuando la ficción se parece demasiado a la realidad
Resulta interesante que, durante los últimos años, el género haya mostrado una evolución progresiva del concepto de muerto viviente hacia el de infectado. Sin embargo, existe un elemento todavía más inquietante: hace apenas unos años, la humanidad fue testigo de una emergencia sanitaria de alcance global.
Un virus de alto contagio impactó al mundo y, aunque el ser humano no mutó hasta convertirse en un monstruo como tantas películas lo habían imaginado, la ansiedad provocada por la posibilidad de infectarse, el aislamiento y el miedo a salir de casa se convirtieron en una experiencia mucho más cercana y perturbadora que cualquier ficción.
En 2023, incluso, la adaptación live action de ‘The Last of Us’ volvió a colocar sobre la mesa las posibilidades de una infección capaz de modificar a los seres humanos. Lo inquietante es que este tipo de relatos dejaron de ser únicamente una fantasía sobre lo que podría suceder y comenzaron a funcionar como un espejo de situaciones que, de una u otra manera, la humanidad ya había experimentado.
Los virus mutan, la tecnología avanza y el miedo hacia aquello que no podemos controlar genera una paranoia colectiva. Durante la pandemia no vivimos una crisis de zombies sedientos de sangre; vivimos algo distinto: aislamiento, incertidumbre, soledad y miedo. La ficción dejó de sentirse tan lejana porque, por primera vez, muchos de sus elementos emocionales se convirtieron en parte de la realidad cotidiana.
Películas como ‘28 días después’ o ‘Guerra Mundial Z’ han conseguido retratar esa angustia colectiva, esa sensación de peligro ante un mundo que se ha perdido por completo. Es precisamente aquí donde la nueva propuesta de Yeon Sang-ho encuentra un punto interesante. El cineasta no construye únicamente una película sobre un caos pandémico o sobre una civilización devastada por un virus letal. Lo que plantea es, en cierta medida, un génesis: el inicio de una catástrofe que anuncia el final de una humanidad egoísta y, al mismo tiempo, el nacimiento de una sociedad diferente.
Un zombie que aprende, pero también pierde fuerza
‘Colony’ es un relato de terror que entrega secuencias llenas de adrenalina y tensión, capaces de inquietar por el peligro que presentan. Sin embargo, la grandilocuencia de la cinta termina reduciendo parte de la fuerza de lo planteado en el terreno narrativo.
La película presenta un “nuevo” tipo de zombie: una criatura que aprende, examina su entorno y es consciente de los peligros que la rodean. Aquí, los infectados forman parte de una especie de organismo colectivo; se comunican, comparten información y actúan como si fueran una colmena. Es una idea que, en un primer momento, impacta y genera la expectativa de que el terror finalmente ha evolucionado.
Ya no se trata únicamente de errantes contaminados que buscan destruir todo a su paso. Ahora existe organización, estrategia e incluso una especie de inteligencia colectiva. El problema es que esta misma decisión termina convirtiéndose en una de las principales debilidades de la película.
‘Colony’ no funciona del todo como una invasión zombie tradicional, sino como un ataque infeccioso que podría derivar en una epidemia global. La reinvención y este nuevo ángulo que propone Yeon son elementos que deben reconocerse, pero el realizador toma la decisión de manufacturar una obra mucho más cercana al espectáculo de acción que a ese cine íntimo y autoral que había caracterizado parte de su filmografía.
Por momentos, la cinta se siente más como una producción comercial estadounidense que como una película asiática de un autor acostumbrado a construir narrativas más íntimas, inquietantes y particulares. Quizás el objetivo de Yeon era confeccionar un espectáculo de infectados que no diera respiro y, bajo esos términos, la película lo consigue: es visceral, asquerosa y logra quitar el aliento con escenas donde los protagonistas se encuentran constantemente al borde de la muerte.
Pero esta decisión también le resta fuerza a una historia que plantea conceptos interesantes como la evolución, el colectivo y la relación entre lo individual y lo grupal.
Y es que, al igual que muchas otras obras del género, ‘Colony’ consigue representar que, en un mundo de infectados, el verdadero problema no siempre son los zombies. Los verdaderos monstruos pueden ser las personas que permanecen libres de la infección y que observan el caos desde su propia conveniencia.
El monstruo también puede ser humano
Yeon ofrece imágenes sobre el egoísmo de las personas, sobre su crueldad y sobre esa necesidad individual de sobrevivir a cualquier precio. La infección que azota a la humanidad no parece construirse únicamente para destruir el mundo, sino para transformarlo. El objetivo final es pasar de individuos aislados a formar parte de un todo: una colonia.
Esta idea es probablemente uno de los elementos más interesantes de la película, porque convierte a la infección en algo más complejo que una simple enfermedad. Puede ser entendida como una amenaza, pero también como una posible evolución. La cinta plantea así una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si aquello que consideramos una enfermedad fuera, en realidad, una nueva forma de existencia?
El drama, los secretos revelados y las distintas relaciones entre los personajes articulan una narrativa que intriga y entretiene. Sin embargo, en buena parte de su recorrido, la película no consigue construir una atmósfera donde pueda sentirse que la sociedad está a punto de corromperse por el virus. En cambio, presenta a la enfermedad casi como una posible cura para un mundo que se encuentra roto.
La historia arranca cuando una conferencia científica se convierte en una pesadilla después de que un virus transforma a los asistentes en criaturas cada vez más impredecibles. Aislados dentro de un edificio sellado, un grupo de supervivientes deberá enfrentarse al brote mientras descubre que la amenaza aprende y evoluciona. A partir de este momento, los personajes comienzan a buscar una manera de escapar del edificio y, al mismo tiempo, encontrar una cura que pueda detener la brutal infección.
Desde esta premisa, el cineasta surcoreano construye una película llena de suspenso. La angustia es constante y se eleva mediante imágenes repugnantes que van desde personas vomitando hasta cuerpos putrefactos y secuencias frenéticas de supervivientes luchando por mantenerse con vida.
Lo más interesante de ‘Colony’ radica en que sus infectados no siguen el típico arquetipo del zombie lento y torpe. Todo lo contrario: son inteligentes, copian los movimientos de las personas, procesan las acciones de sus presas y parecen seguir una estrategia para atraparlas.
La película reinventa el género partiendo de una infección que se siente real y que inquieta por la manera en que está planteado el virus. Sin embargo, la cinta también introduce un elemento que modifica por completo la naturaleza de la amenaza: los infectados responden a una misma voluntad.
Ahí aparece el otro gran punto de interés del filme: el “villano”. ‘Colony’ no es simplemente una sucesión de imágenes que representa el declive de una sociedad. Es el punto de partida de una catástrofe provocada por el resentimiento de uno de sus personajes principales. Existe un rostro detrás de la epidemia, una motivación y, hasta cierto punto, un talón de Aquiles.
Es precisamente en este apartado donde la película presenta uno de sus mayores aciertos y, al mismo tiempo, una de sus principales limitaciones. Yeon Sang-ho demuestra querer ser diferente al resto de las películas del género, pero esta reinvención termina jugando en su contra. En lugar de presentar el caos epidemiológico como una entidad natural e incontrolable, reduce la amenaza al darle un rostro, un sentimiento y una motivación concreta.
La paranoia colectiva, reflejada en persecuciones y personajes angustiados, consigue elevar la adrenalina y mantiene alerta al espectador. Sin embargo, poco a poco esa sensación comienza a diluirse al entender que esta colonia de infectados no es más que una manipulación colectiva provocada por alguien roto.
La escala con la que Yeon dirige es excepcional. Su manejo de cámara consigue capturar la angustia y la furia de los personajes, mientras que las tomas aceleradas retratan con precisión la rabia y lo grotesco de los infectados. Gritos de desesperación, movimientos frenéticos y una estética deplorable consiguen mantener al espectador alerta.
Pero, al final, la película no logra exprimir todas las virtudes con las que cuenta. Todo sucede prácticamente dentro de un edificio; algunos personajes se mueven como si fueran superhéroes y los planteamientos de ética, conciencia y evolución intentan llevar la película hacia una aproximación fresca al género zombie. El problema es que, después de una experiencia colectiva tan cercana como una pandemia, estos elementos ya no son suficientes para aterrorizar por completo.
Ese grado de desolación y ansiedad que la humanidad ya vivió en carne propia, esa preocupación extrema por la posibilidad de que la sociedad que conocemos desaparezca, no termina de sentirse en esta producción. ‘Colony’ es, más bien, un combo de acción con infectados en el camino que una película de zombies en su sentido más clásico.
Yeon Sang-ho lleva el concepto hacia una reinvención interesante, pero en ese proceso olvida mantener aquello que hace verdaderamente terroríficas a estas criaturas: la incertidumbre, la pérdida de control y la sensación de que, frente a ellas, no existe una salida posible.
‘Colony’ tiene ideas suficientes para convertirse en una obra mucho más profunda. Su propuesta sobre la evolución, el colectivo y la transformación de la humanidad resulta estimulante y demuestra que Yeon todavía tiene cosas que decir dentro del género. Sin embargo, la película parece atrapada entre dos caminos: ser una reflexión sobre aquello en lo que puede convertirse el ser humano o convertirse en un espectáculo de acción protagonizado por infectados.
Y aunque el segundo camino funciona en términos de entretenimiento, el primero es el que deja la sensación de una oportunidad parcialmente desaprovechada.
Es de mencionar que, la película se está veniendo como un espectáculo para IMAX, y al menos, la cinta que se proyectó en la función a la que se asistió, no goza de este formato; por lo cual no vimos esa especatacularidad de la que tanto se presume.
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