Xavier Velasco: El gladiador solitario

Foto: Xavier Velasco: El gladiador solitario

En cada obra, Xavier Velasco no sólo pone en riesgo la reputación de escritor consumado y el prestigio de ser Premio Alfaguara, sino se juega literalmente su existencia y la pone al servicio de lo que más ama: la novela en turno, ya que si la vida, con cicatrices y heridas, no está al servicio de la literatura de qué sirve ser un autor sin mácula. Eso apenas es una aproximación de lo que es su nueva y más personal obra El último en morir.

En la contraportada del libro, que marca su retorno a la editorial que lo galardonó por Diablo guardián en 2003, el autor sentencia: “Todos pueden morirse, menos el narrador, o la historia también acaba en el panteón”.

Consciente de que hay que escribir con la gracia cuasi musical del ritmo y sin temor a acelerar al tope las emociones y vivencias en beneficio de la narrativa, el también periodista viaja ligero, solo, rápido y encuerado —con outfit de motociclista— ante el espejo, sin pudores, concesiones ni pose de intelectual, en una suerte de reflejo de sí mismo en papel, donde lo que ves es lo que lees.

“Tengo la costumbre de anteponer mi chamba a mi vida, es decir, si una parte de mi vida sirve a mi chamba no me importa exhibirla, con tal de que la historia funcione. Si eso supone desnudarte o enseñar cosas que no te darán prestigio y levantarán varias cejas, eso no me importa. Dicen por ahí que un escritor que no pierde el sueño por escribir, termina durmiendo a sus lectores.

“En este libro dejé toda mi alma. Tiene que ver con un camino muy arduo, pero al mismo tiempo divertido y lleno de aventuras; con un personaje que se obliga a vivir como en una película y desafía constantemente al aburrimiento. Es una novela llena de fracasos y a la vez de aprendizaje, porque el éxito no te enseña nada. Es un compendio de todo lo que aprendí desde la terquedad, es decir, intenté ser novelista y no me para nada. Cuando uno es joven los errores salen más baratos y solo así se aprende”, advirtió.

Al final, Velasco, de 56 años, se mantiene como el enfant terrible de la literatura mexicana de esta centuria. Un cínico encantador consagrado en sarcasmo para el que la lealtad está encarnada en sus cinco mastodónticos perros de la raza Gigante de los Pirineos, que siempre lo acompañan mientras escribe religiosamente al menos tres cuartillas diarias en el jardín de su casa en el barrio de San Ángel.

“Mi manera de tomar en serio la vida es reírme de ella. Me gusta establecer complicidad con los lectores y mis interlocutores a través del humor, que es algo exquisito. Detesto y me enferma la solemnidad, que siempre tiene algo de ridículo; la élite literaria me hace bostezar y además no hago vida social de escritor, sino de persona que saca a pasear a sus perros y va al cine con su mujer.

“Ahora tengo una novela atorada que tiene que ver con el tenis, un deporte del que soy un fanático perdido. Además hice un diario de cuarentena que publiqué en www.zendalibros.com, el sitio de Arturo Pérez-Reverte, con 105 entregas, casi un libro que debo pulir para publicarlo, y tengo otro proyecto del cual tengo prohibido hablar”, reveló.

Cuando se le pregunta si ese secreto tiene que ver con hacer un guión de cine, Velasco responde con una sola palabra: “¡Caliente!”.

A MUERTE SÚBITA

En un ejercicio de ping pong periodístico, Xavier Velasco participa en un retrato hablado donde cada respuesta describe al ser humano detrás del personaje, en una suerte de charla de diván, a través del cuestionario de Proust, en una conversación diferente con un escritor ídem.

— ¿Con qué personaje de la historia te identificas?

— Déjame pensar... Creo que sería Winston Churchill.

— ¿A quién te hubiera gustado conocer?

— A Oscar Wilde.

— Si no hubieras sido hombre, ¿qué mujer te hubiera gustado ser?

— María Magdalena.

— ¿Si pudieras elegir en quién reencarnar a quién escogerías?

— A David Bowie.

— ¿A quién le pedirías un autógrafo?

— Hace dos meses le pedí uno al tenista Roger Federer y luego a Novak Djokovic.

— ¿Qué personaje del Mago de Oz serías?

— El hombre de hojalata.

— ¿Qué superpoder te encantaría tener?

— Ser invisible como el personaje de Alice, en la película homónima de Woody Allen.

— ¿Quiénes son tus héroes en la vida real?

— Los autores del boom latinoamericano: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

— ¿Qué fotografía o imagen nunca colgarías en tu sala?

— Una de Stalin.

— ¿Qué obra ajena te hubiese fascinado dar a conocer?

— Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías.

— ¿Qué libro marcó tu vida?

— La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

— ¿Y cuál no cumplió tus expectativas? 

— Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. A la mitad ya no lo soporté, tenía ritmo pero me aburrió; no es el caso, pero hay otros escritores que no tienen ritmo y además tienen oídos de artillero.

— ¿Con quién nunca trabajarías ni aunque te pagaran el tiple?

— Con el gobierno, cualquiera que sea.

— Si no hubieras sido escritor, ¿a qué te habrías dedicado?

— Al hampa, probablemente.

— ¿Qué canción crees que al escucharla varias veces puede ser equivalente a una tortura?

— Sopa de caracol. Me salgo de las bodas cuando la ponen. Por eso me casé en Las Vegas, Nevada, en una capilla oficiada por un Elvis Presley y yo planeé todo, como las canciones que se pondrían en la ceremonia, y así tener un entorno musicalmente controlado.

— ¿Y cuál te genera inevitablemente el deseo de bailar?

— Herencia africana, con Celia Cruz y La Sonora Matancera.

— ¿Ante qué personaje que coincidieras en la calle optarías por cambiar de acera?

— Hay demasiados políticos para escoger y cambiar de acera. Definitivamente no confío en los políticos.

— ¿Qué película marcó tu vida?

— Naranja mecánica, de Stanley Kubrick.

— ¿Quién es el mejor actor del mundo?

— Robert De Niro.

— ¿Y el más grande tenista de la actualidad?

— Roger Federer, sin duda. El tenis es mi favorito porque, a diferencia de los deportes de equipo, ahí te enfrentas a ti mismo y en esa lucha llegas más lejos. En eso se parece a la literatura, por eso soy un gladiador solitario.

— ¿Qué te remite a tu infancia?

— El ruido de los grillos y el olor a ciertos fijadores de cabello, como The Dry Look de Gillette.

— ¿Qué hábito ajeno no soportas?

— A la gente estúpidamente presumida, que se la pasa haciéndose autopromoción.

— ¿Qué platillo comerías antes de ser fusilado?

— Risotto, es mi platillo favorito.

— ¿A qué político le darías un pastelazo?

— A Donald Trump y sus émulos, como Jair Bolsonaro.

— Si fueras presidente de México, ¿cuál sería tu gabinete ideal?

— Tomando en cuenta mis incapacidades e incompatibilidades que tengo para ejercer un cargo como la Presidencia, trataría de rodearme de personas expertas, con un gran conocimiento del área; es más, partiría del supuesto: Sé poco y necesito rodearme de gente que sepa más.

— ¿De qué te arrepientes?

— De nada. Alguna vez pensé: ¿Por qué no empecé a escribir antes?, pero reflexionando no estaba todavía preparado. Así que no me arrepiento de nada.

— ¿Qué sientes ahora de ser tan o más famoso que tus célebres amistades?

— La fama, como decía Gabriel García Márquez, es una montaña a la que se sube corriendo y a la que después se desliza discretamente por la parte oscura para que no te vean. Porque cuando llegas a la cima te sientes terriblemente intimidado y dices: ¡Ya no quiero seguir aquí!

— ¿Cuál es tu máxima favorita?

— Una que decía mi madre: “No ha nacido quien me mande...” y la remataba con el término “...¡Fíjate!”.

— En la última cena de tu vida, ¿quiénes serían tus 12 hipotéticos invitados?

— Solo la gente más cercana a mí, la que me quiere y quiero.

— Y como tú Judas, ¿quién sería el invitado?

 — Mi ex.

— ¿Cómo te gustaría morir?

— Dormido.

— ¿Qué diría tu epitafio?

 — “Escribió todo lo que quiso” o “Le faltaron algunas cosas por escribir”.

— ¿Qué opinas de un periodista?

— Me inspira flojera, porque trabajan mucho. Es un oficio como el del policía, con demasiados sacrificios para tan poca remuneración.

— ¿Cuánto cuesta un boleto del Metro?

— No tengo la menor idea.

Por Carlos Meraz

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